Fugitiva (La monja detective 2) 16
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SAbrINA

Cuando cerró la puerta detrás de él, el silencio regresó a la casa con una rapidez casi más placentera que el sexo que acababa de tener.

Sabrina se sirvió un vaso de agua y se apoyó en la pared, observando a través de la ventana cómo el coche se alejaba por el camino hasta perderse entre los árboles.

Ni siquiera esperó a verlo desaparecer del todo.

Sabía exactamente cómo había sido la expresión de aquel tío al marcharse: una mezcla de fastidio, orgullo herido y esa decepción absurda de quien, a pesar de todo, espera algo distinto.

Nunca entendían que no había nada más.

La copa de vino, la de él, seguía a medias sobre la mesa del salón.

Dos platos en la cocina. En la librería, olvidado, el paquete de tabaco del último amante que pasaba por su cama.

Al instante lo sintió como una pequeña invasión doméstica que ya empezaba a molestarle y a la que había que poner remedio.

Lo cogió con un gesto rápido y lo tiró a la basura junto a los restos de comida en los platos.

Habían cenado, habían hablado poco y se habían acostado sin mayores preámbulos. Él había intentado prolongar la noche con esa clase de preguntas suaves que en realidad son trampas mal disimuladas.

¿Te quedas despierta mucho después de que me vaya?

¿Nunca te cansas de estar sola?

¿Siempre echas a todo el mundo tan rápido?

Sabrina le había respondido con la misma honestidad seca con la que hacía casi todo.

Sí.

No.

Y no a todo el mundo, solo a los que empiezan a hacer demasiadas preguntas.

Aquel tío no se lo había tomado bien.

Nunca lo hacían.

Se quitó los zapatos en mitad del pasillo y caminó descalza hasta la cocina.

Recogió la copa, dejó correr agua sobre el cristal y observó durante unos segundos la oscuridad que rodeaba la casa.

A esa distancia de la ciudad no había ruido de tráfico, ni vecinos, ni sirenas lejanas.

Solo campo, viento y esa calma tensa que había aprendido a preferir.

No era paz lo que buscaba en realidad, sino orden, aunque aquella casa de estructura maltrecha fuera cualquier cosa menos eso.

El teléfono sonó sobre la mesa. Sabrina miró la pantalla y respondió sin urgencia.

—Metz.

La voz al otro lado pertenecía a uno de los agentes de guardia de la División Criminal. Breve. Directo. El coche de Vega Baker, abandonado en el parking del Semiramis, ya había sido registrado.

Nada.

Ni arma, ni documentos relevantes, ni una nota milagrosa que resolviera el caso en dos líneas. Solo la confirmación objetiva de que Baker había estado allí. Ese día. A esa hora. Y después había huido sin volver a por él.

Sabrina se acomodó en el sofá y abrió el informe del caso Murdoch con una mano mientras sujetaba el teléfono con la otra.

—¿Nada más? —preguntó aunque ya supiera la respuesta.

—Ferenc Sanedor también ha desaparecido.

Sabrina sintió cómo la incredulidad inicial se fue transformando en algo mucho más cálido e incómodo, en rabia. Y no le gustaba sentir rabia. No le gustaba verse dominada por ninguna emoción que no fuese capaz de gestionar.

—¿A pesar de la vigilancia? Fui muy concisa en ese aspecto.

—Verá, subinspectora —trató de justificarse el agente con voz temblorosa—. Como sabrá, estamos bajo mínimos y hay varios puntos del entorno de Baker que controlar. Apenas descansamos y…

—En resumen, que lo habéis dejado escapar.

—No sabemos cómo pudo salir de su casa sin que…

—Está bien, vamos a dejarlo por ahora. —Sabrina atajó sin miramientos unas excusas que no quería escuchar—. Ya lo hablaremos mañana.

Colgó y volvió sobre unos informes que ya había revisado decenas de veces. Vega Baker había estado allí. Eso ya no admitía discusión.

Laura Murdoch la había reconocido en las grabaciones. El personal del Semiramis recordaba a una mujer que encajaba con su descripción. Su coche seguía abandonado en el aparcamiento del hotel. Y, después del asesinato, había desaparecido. Y ahora también Sanedor.

Demasiadas casualidades para seguir llamándolas coincidencias.

Sabrina pasó otra página del expediente y se detuvo en la tarjeta de visita encontrada entre las pertenencias de Murdoch. El nombre de Vega parecía repetirse en todas partes, como si el caso insistiera en devolverla siempre al mismo punto.

Era la sospechosa lógica. La evidente. Y precisamente por eso le molestaba.

Los casos fáciles no existían. Solo existían los casos mal dirigidos.

Si Baker había matado a Murdoch, tarde o temprano cometería un error.

Y si no lo había hecho, entonces alguien se estaba tomando muchas molestias en asegurarse de que pareciera lo contrario.

En cualquiera de los dos escenarios, la respuesta seguía siendo la misma.

Encontrarla pronto.

Encontrarla primero.