Fugitiva (La monja detective 2) 15
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ALMA

Cuarenta y ocho horas antes

Sin embargo, no pudo librarse del susto esta vez. Cuando ya se disponía a sacar las llaves, una sombra apareció de la nada y la abordó por detrás. Alma sacó el bote de pimienta que llevaba en el bolso pero la cara de la mujer y sus manos abiertas le dejaron claro que no pensaba hacerle daño.

—¿Qué… qué quiere? —le preguntó la periodista sin dejar de apuntarle con el bote de pimienta.

—Disculpe si la he asustado, señorita Jensen —se excusó la desconocida—. Llevo horas esperando a que salga y, en cuanto he visto que se iba a subir a su coche, me he apresurado para alcanzarla.

A pesar de que el tono de voz de aquella mujer era tranquilo y no parecía suponer una amenaza, Alma prefirió mantenerse en guardia.

—No pasa nada… pero dígame qué quiere. Tengo prisa.

—Sí, sí, lo entiendo. Permítame que me presente. Me llamo Leilah Sinclair. —La mujer alargó la mano pero Alma no respondió, así que se quedó en nada—. Mi hijo estudia en el instituto Saint Elms y… Llevo mucho tiempo luchando para que se haga justicia pero nadie me hace caso.

La periodista no se fiaba de aquella mujer a pesar de sus maneras tranquilas, pero esa última frase había conseguido llamar su atención. Sobre todo una de las palabras que la formaban: justicia . La que más le gustaba a ella y a la que peor se trataba en aquel condenado país.

—¿A qué se refiere? —preguntó sacando su móvil con clara intención de grabar la conversación. Sin embargo, esta vez fue Sinclair quien se puso tensa.

—No, por favor. Si he acudido a usted es porque sé que es la mejor, pero no quiero que mi nombre y mi apellido se relacionen con su investigación, si decide que mi historia es lo suficientemente interesante para usted.

Llevo mucho en esta lucha y creo que haría más mal que bien, porque hay gente a la que no le interesa lo que tengo que decir.

—Está bien, lo dejaremos por el momento —dijo Alma guardándose de nuevo el teléfono—. Pero va a tener que ser muy convincente.

La mujer asintió despacio y bajó un momento los ojos, como pensándose lo que tenía que decir. Luego, volvió a mirarla y comenzó a hablar.

—Hace algo más de un año, un profesor que daba Lengua en la clase de mi hijo, entró con un arma en el instituto. No llegó a usarla porque, al parecer, alguien lo detuvo antes, pero podía haber habido una matanza ese día.

—¿Cómo se llama ese profesor?

—Sanedor. Ferenc Sanedor.

—¿Qué pasó entonces? —volvió a preguntar la periodista mientras anotaba el nombre en una libreta.

—Casi nada.

—¿Qué quiere decir con casi nada? ¿No fue detenido?

—Bueno, en un principio eso parecía. Se lo llevó la policía pero lo pusieron enseguida en la calle. Al parecer, la dirección del centro educativo tenía mano e intercedió por él. No tenía antecedentes y su hoja de servicios era impecable. Así que lo dejaron marcharse sin más.

—¿Quiere decir que no tuvo ningún tipo de sanción?

—Hasta donde yo sé, una orden de alejamiento. Solo eso.

Alma levantó la vista de las anotaciones que había ido añadiendo en la libreta y comprobó que la expresión de la mujer se había ido tensando conforme le relataba los hechos.

—Parece que nadie se da cuenta de que ese tío está loco y es un peligro en potencia —continuó Sinclair tratando de mantener la calma sin mucho éxito—.

¿Quién nos asegura que no se le crucen un día los cables y vaya a por mi hijo o a por cualquiera de sus compañeros cuando estén en la calle?

¿Quién nos asegura que no le dé por cargarse a cualquier persona con la que se encuentre en su camino?

»Ese hombre debe estar encerrado. Así se lo dije a la policía y también al juez por carta, pero nadie me hace caso. Por eso he recurrido a usted…

Leilah Sinclair respiró profundamente una vez hubo terminado de hablar. Alma la miró durante un rato, sopesando las posibilidades reales de lo que le había contado. Las morales y las periodísticas. Luego, se acercó despacio y le puso una mano en el hombro.

—Haremos una cosa —le propuso—. Voy a indagar un poco, a ver qué encuentro. Pero no le prometo nada.

—Eso ya es mucho para mí —dijo Sinclair esbozando algo parecido a una sonrisa—. Se lo agradezco.

No dijo nada más. Ni falta que hacía.

Alma asintió y luego subió a su coche. Una vez en casa, se sirvió una copa de vino y se sentó delante del ordenador. Buscó el nombre que Sinclair le había dado. Tardó poco en encontrarlo.

Ferenc Sanedor. Experto en la obra de Elian Lysander. En la página web del Saint Elms encontró algún listado en el que aparecía. Profesor de Lengua. En una de las imágenes se le veía trabajando codo con codo con un tal Bastian Murdoch.

Era una coincidencia que no le pasó desapercibida.

No era suficiente, pero era un punto de partida. Le haría una visita al Saint Elms. No tenía nada más que perder que su tiempo.

La directora del instituto no la recibió precisamente con los brazos abiertos cuando se presentó en su despacho a la mañana siguiente.

—No tenemos nada que declarar —respondió una y otra vez a las insistentes preguntas de la periodista.

Alma se dio finalmente por vencida. Sabía cuándo no tenía sentido continuar. También cuando había que buscar otras fuentes.

Esa fuente fue un profesor que sí accedió a hablar con ella. No mucho, pero sí lo suficiente para confirmar la versión de Sinclair.

—Fue una situación complicada, confusa diría yo.

—¿Hubo un arma?

—Ferenc no es un mal tipo, ¿sabe? No digo que esté de acuerdo con lo que hizo, pero esta profesión se ha vuelto difícil y muchas veces nos lleva hasta el límite.

—No ha respondido a mi pregunta. ¿Es cierto que Sanedor trajo un arma al instituto?

El hombre evitó mirarla.

—No llegó a usarla.

—¿Pero entiende la gravedad de los hechos?

El hombre se limitó a hacer un gesto de asentimiento.

—Y también entenderá que el castigo por sus actos no fue precisamente severo.

—Se le apartó. Se le obligó a abandonar la docencia. —El profesor hizo una pausa—. Y también se le recomendó… más bien se lo obligó a que buscara ayuda.

—¿Qué tipo de ayuda?

—Ya sabe, profesional. Según tengo entendido, ha estado viendo a una tal doctora Flow o Fleck. No lo sé con exactitud.

Alma anotó la frase tal cual y se despidió del hombre.

Se planteó la posibilidad de acercarse a un grupo de adolescentes que estaba fumando a la salida del instituto, pero pensó que igual se metía en problemas si no eran mayores de edad.

Sin embargo, no había dado más que un par de pasos fuera del recinto, cuando uno de los chicos se acercó a ella.

—¿Eres periodista? —le preguntó con la insolencia de su edad.

—Eso creo, sí.

—¿Lo veis? Ya os lo había dicho —le dijo al resto volviéndose hacia ellos—. Lo que no sabía es que las periodistas pudieran estar tan buenas.

Alma lo fulminó con la mirada y luego continuó su marcha.

—¡Espera! ¡Espera! Tengo información para ti.

—Permite que lo ponga en duda —replicó la periodista continuando la marcha.

—Sé que has estado haciendo preguntas sobre el profesor Sanedor. Yo estaba en su clase. Todos lo estábamos.

Esta vez, Alma sí se detuvo, aunque no se volvió todavía.

—¿Y?

—Que son todos unos mentirosos. Ese tío está como una cabra. Entró raro en clase y luego salió, para sacar la pistola de donde la escondía. Lo pillaron en el pasillo, cuando ya regresaba. Venía a matarnos, eso está claro.

—Ya. Hay otro alumno, Sinclair, que dice algo por el estilo.

—¿Sinclair? No conozco a nadie con un apellido tan ridículo. —El adolescente se volvió y el resto del grupo le rio la gracia—. Pero sí puede apuntar mi nombre para su artículo. Me llamo Reuben Brocol.

—Hablando de apellidos ridículos —replicó Alma marchándose definitivamente.

De camino a la redacción, repasó mentalmente lo que tenía. Las versiones, con sus matices, concordaban. No era suficiente pero sí lo bastante como para darle un enfoque periodístico.

Luego había una frase que había remarcado por encima de las demás. A Ferenc Sanedor lo invitaron a buscar ayuda. También un apellido vago: Flow o Fleck . Tal vez esa persona, de existir, podría aportar una visión diferente del asunto.

Buscó en Internet a los psiquiatras y terapeutas que pasaban consulta en la ciudad, hasta que dio con una doctora Flick que tenía su despacho en la parte alta de la ciudad. Marcó el número y esperó respuesta. A los pocos segundos, una voz cantarina y simpática, contestó.

—Consulta de la doctora Flick.

—Hola, sí. Quería pedir cita.

—¿Para cuándo?

—Lo antes posible.

Hubo un breve silencio al otro lado.

—Tenemos una cancelación mañana por la mañana.

—Me viene bien.

—Nombre, por favor.

Alma dudó una fracción de segundo.

—Alma Jensen.

—De acuerdo, señorita Jensen, la esperamos mañana a las diez.

Cuando colgó, Alma se quedó unos segundos con el teléfono en la mano.

Luego lo guardó y abrió el portátil.

No empezó a escribir.

Todavía no.