14
—Sabíamos que esto llegaría.
Vega pronunció esas palabras con la espalda apoyada en el sofá del salón, todavía medio envuelto en penumbras.
Era imposible que nadie pudiera verlos desde allí, ni nadie podía saber que la detective se escondía en casa de Ferenc.
Y, aun así, ambos preferían mantener la luz apagada aunque el día comenzara a declinar.
—Quizás, pero no tan pronto.
—¿En serio, Ferenc? Eras amigo del muerto, además de compañero de trabajo. Discutisteis y todo el mundo sabía que vuestra amistad se había roto. Solo era cuestión de tiempo que la policía se enterara de que nos conocíamos. Si estuviera en el lugar de esa tal…
—Sabrina Metz.
—Eso. Si yo estuviera en su lugar, llegaría a las mismas conclusiones, aunque estuvieran equivocadas. Así que la visita que te ha hecho hoy, no me sorprende.
—¿Y qué se supone que debemos hacer ahora? —preguntó Ferenc mirando a través de la ventana.
—Necesitamos escondernos en otro sitio.
—¿Por qué? No hemos hecho nada. Desde luego, yo no. —Sanedor miró a Vega y esta se cruzó de brazos en señal de protesta por su comentario—. En mi opinión, creo que deberías ir a la policía y contárselo.
—A veces los hombres sois muy estrechos de miras.
—¿A veces? —Ferenc sonrió con ironía.
—Bueno, casi siempre. —Vega le devolvió la sonrisa y luego continuó hablando—. La cuestión es que ya Argus intentó convencerme de que me entregara. Si recurrí a ti fue porque pensé que me entenderías… Pero hay una cosa que ni tú ni Argus habéis tenido en cuenta.
—¿El qué?
—Mi intuición.
—¿Tu intuición?
—Sí, mi intuición. El arma que mejor me ha servido desde que me metí en esta profesión de mierda.
Si he conseguido salir de una pieza hasta ahora, ha sido gracias a ella.
Y ahora me dice que entregarse es la peor decisión que puedo tomar.
Alguien ha querido cargarme el muerto y estoy convencida de que, encerrada, poco voy a poder hacer para demostrar mi inocencia.
»Que tú quieres presentarte en comisaría, adelante. Que quieres confesar que has tenido escondida a una sospechosa de asesinato, muy bien. Pero no cuentes conmigo.
Ferenc miró a Vega mientras negaba con la cabeza. Qué manera más sutil de decirle que ahora, que la había ayudado a esconderse, estaba implicado le gustara o no. Que, como ella, ya no tenía más opción que la furtividad.
—Está bien —dijo finalmente con expresión resignada—. ¿Cuál es tu plan?
—Conrad.
—¿Quieres meter a Conrad también en esto? No es por nada, pero con amigas como tú no hacen falta enemigos.
—Él me conoce mejor que nadie. Me ayudaría, hiciera lo que hiciera. Porque confía en mí, no como otros. —Mirada de soslayo en dirección a Ferenc.
—¡Oye! ¡Que yo no he dicho que no confíe en ti! Es solo que… ¡Da lo mismo! De todas formas, imagino que la policía tendrá vigilado a Conrad. Esa tía parecía muy lista, no creo que se le haya pasado.
—Doy por hecho que Conrad estará vigilado, pero Talía no.
—¿Vas a meter también a la chica esa en esto? ¡Pero si es solo una cría!
—Bastante más espabilada que algunos hombres que conozco.
El exprofesor volvió a cruzarse de brazos.
—No recurriría a ella si no nos quedara más remedio —continuó Vega—. Solo será nuestra mensajera, la persona que nos mantendrá en contacto con Conrad sin levantar sospechas.
—Como quieras —Ferenc dejó escapar un suspiro de rendición—. Pero yo no quiero saber nada.
—Me temo, amigo mío —dijo Vega tomando el teléfono de prepago que había comprado cuatro días atrás—, que es un poco tarde para eso.
Una hora después, Talía llamaba a la puerta de Ferenc. Traía consigo un juego de llaves y un mapa con unas indicaciones.
—Dice Conrad que os podéis quedar allí el tiempo que necesitéis.
—¿Qué es? —preguntó Vega desconcertada.
—No lo sé con exactitud —respondió la chica encogiéndose de hombros—. Una casa de campo, creo.
—Conrad nunca me habló de esa casa.
—¿Acaso importa? —intervino Ferenc cogiendo las llaves y el plano—. Querías un lugar donde esconderte y ya lo tienes. Así que salgamos cuanto antes. No quisiera que esa Sabrina Metz se presentara delante de mi puerta en plena huida.
—Con tu coche no —dijo Vega sin moverse del sitio.
—¿Cómo?
—¿Acaso crees que no te tendrán a ti también vigilado?
—¿Entonces cómo lo hacemos?
—Talía nos sacará. Nos esconderemos en el maletero de su coche.
—Creía que habías dicho que solo iba a ser una mensajera.
Unos diez minutos más tarde, Talía conducía en dirección a las afueras.
Sin prisa. Sin precipitación. Vega y Ferenc permanecían en silencio dentro del maletero.
El trayecto los alejó progresivamente de la ciudad.
El tráfico fue desapareciendo, sustituido por carreteras secundarias y tramos cada vez más vacíos.
Vega iba dando indicaciones a Talía hasta que, la mismas, condujeron el vehículo hasta un desguace apartado de todo.
La detective conocía al dueño, un mecánico del distrito sur que le debía un favor desde hacía años y que no hacía demasiadas preguntas cuando alguien aparecía con dinero en efectivo y la necesidad urgente de un vehículo discreto.
Uno de esos contactos que no conviene guardar en ninguna agenda.
El resultado había sido un utilitario gris, anodino hasta el aburrimiento, con un par de golpes en la carrocería y el tipo de aspecto que lo convertía en invisible.
Nadie recordaba un coche así. Nadie se giraba para mirarlo.
Precisamente por eso era perfecto. No era elegante, no era cómodo.
Ferenc lo definiría más adelante como «una metáfora deprimente de nuestra situación actual”», pero les permitiría ir y venir a la ciudad sin dejar un rastro evidente.
Los dos coches se pusieron en marcha camino de la casa de campo de Conrad. Tras varios kilómetros más, el navegador marcó el último desvío. Un camino estrecho, sin señalizar, que se adentraba entre árboles. Finalmente, la casa apareció tras una curva.
Aislada.
De líneas limpias, sin ostentación, pero con una solidez evidente. No parecía una vivienda abandonada ni improvisada. Tampoco una residencia habitual. Talía detuvo el coche y Vega aparcó detrás.
—No, definitivamente Conrad nunca me habló de esta casa —dijo la detective mientras salía.
Ferenc sacó la llave del bolsillo y abrió la puerta. El interior estaba limpio. Ordenado. Demasiado para tratarse de un lugar que, en teoría, no se utilizaba.
—No viene mucho —dijo Ferenc, entrando.
—Pero viene —añadió Vega.
Cerró la puerta tras ellos. Vega recorrió el espacio con la mirada.
—Esto nos dará algo de margen.
—Eso espero.
Dejaron sus cosas y se despidieron de Talía.
—Ten cuidado a la vuelta —le pidió Vega—. Recuerda que apenas tienes el carné un par de meses.
—Tranquila —respondió Talía sonriendo abiertamente—. No soy yo quien está en un aprieto.
—Aun así.
La chica asintió y luego salió camino del coche. Vega y Ferenc se acomodaron en el sofá y encendieron la tele. Milagrosamente, dio señal, aunque no dispusiera de muchos canales. La detective fue pasando con el mando hasta que apareció en pantalla el Canal 7 y el reconocible rostro de Alma Jensen.
Sin embargo, lo que llamó su atención no fue lo que decía, sino las palabras que habían sobreimpresionadas:
Profesor implicado en un altercado violento en un instituto, relacionado con el caso Murdoch.
El pasado de Ferenc Sanedor sale a la luz tras el crimen del Semiramis.
Ferenc no se movió y Vega tampoco lo hizo. Alma Jensen narraba la noticia con su énfasis habitual, y de su boca salían palabras que a los dos les iban llegando de forma intermitente.
Arma.
Instituto.
Conducta violenta.
Personalidad inestable.
Vega Baker apagó la tele y dejó el mando sobre la mesa. Luego se volvió a mirar a Ferenc con gesto de incomprensión.
—Creo que me debes una explicación —le dijo tratando de mantener la rabia que amenazaba con escapar.