Fugitiva (La monja detective 2) 13
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Ferenc Sanedor cruzó el vestíbulo de la Fundación Lysander con paso firme, sin detenerse a saludar a los visitantes que recorrían las salas a esa hora de la mañana.

La casa museo conservaba intacta la solemnidad de otro tiempo: techos altos, madera oscura, retratos familiares que observaban desde las paredes con una autoridad silenciosa.

Nada en aquel lugar parecía fuera de sitio. Nada había cambiado en años.

Privado de la posibilidad de las aulas, Ferenc había tenido que buscar trabajo en otro ámbito para poder pagar las facturas.

La junta rectora de la Fundación estuvo de acuerdo en que era la persona idónea para cubrir la plaza vacante como gerente del legado de la familia Lysander.

No en vano, no había nadie en el mundo que conociera mejor la vida y obra de Elian, el hijo poeta del malogrado diplomático inglés que se había instalado en el País a principios del siglo anterior.

Sí, todos los miembros de la junta rectora coincidieron en que era la persona más cualificada.

Pero Ferenc tenía claro que la intervención de Argus Norman, el Subdirector General de Operaciones Especiales, también había tenido algo que ver.

Y no por prestarle una ayuda desinteresada.

Sanedor sabía que Norman, quien mantenía una relación con Vega Baker, lo veía como una amenaza de la que había que librarse y mantenerlo entretenido con la Fundación era una solución momentánea a ese problema.

Ferenc subió la escalinata principal de la casa museo y recorrió el pasillo hasta su despacho.

Al entrar, lo primero que hizo fue encender el ordenador.

La pantalla tardó unos segundos en activarse.

Durante ese breve intervalo, se quedó de pie, inmóvil, con la mirada fija en el reflejo tenue del cristal.

Cuando aparecieron las primeras ventanas, abrió directamente el navegador. No buscó nada. Las noticias estaban ahí.

Escritor hallado muerto en el hotel Semiramis.

La policía investiga la muerte de Bastian Murdoch.

Leyó los titulares sin prisa, pasando de uno a otro con movimientos precisos del ratón.

No había demasiados detalles. Hora aproximada, lugar, primeras hipótesis.

Un crimen en una habitación de hotel. La mención a una mujer no identificada.

Incluso se veía una imagen bastante distorsionada del hall del hotel en la que se veía a los dos.

Amplió la imagen. A Murdoch lo reconoció enseguida a pesar de la falta de nitidez. Sus rasgos estaban claros y, además, miraba de frente a la cámara. En cuanto a la mujer…

Tenía la cabeza ligeramente agachada. Cubría su cabeza con una boina y llevaba unas gafas de sol que le cubrían parte del rostro.

Y, sin embargo, algo en ella le resultó familiar.

Cerró la pestaña y trató de centrarse en el trabajo. Sobre la mesa tenía un informe de cuentas a medio revisar. Acometió la tarea con un gesto de fastidio. Él, que era un hombre de letras, se veía en la obligación de despachar documentos contables que, a pesar de todo, formaban parte de su trabajo.

Unos golpes suaves en la puerta lo devolvieron a la realidad del despacho.

—Adelante.

—Señor Sanedor, hay una oficial de policía que solicita hablar con usted —le anunció su secretario asomando la cabeza—. La subinspectora Sabrina Metz, de la División Criminal.

La interrupción le había dado una tregua que le permitía aparcar por el momento el informe de cuentas.

Sin embargo, saber que una policía quería hablar con él lo puso en tensión al instante.

Eso era algo que le sucedía desde lo del instituto: los agentes de la ley no se encontraban entre sus personas favoritas del mundo.

—Que pase.

El secretario dudó apenas un segundo antes de retirarse. La puerta volvió a abrirse casi de inmediato.

—Señor Sanedor.

—Subinspectora —saludó Ferenc ofreciéndole asiento con un gesto de su mano.

Sabrina Metz asintió pero todavía permaneció de pie unos segundos, observando el despacho con rapidez antes de centrar la atención en él. No llevaba nada en las manos, salvo una libreta cerrada que no se apresuró a abrir.

—Gracias por recibirme —dijo mientras ocupaba una de las sillas. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

—Vengo a verle por el caso del hotel Semiramis —informó Sabrina finalmente.

—Entiendo. Pero no sé de qué manera podría yo ayudarle.

Silencio breve.

—Estoy intentando reconstruir los movimientos y relaciones del señor Murdoch en las últimas semanas. Su nombre ha aparecido en ese contexto.

—Coincidimos en el pasado. —Ferenc asintió con la cabeza.

—¿En qué términos?

—Fuimos compañeros de trabajo durante muchos años y aquello terminó derivando en amistad. Los dos éramos profesores de Lengua y compartíamos el gusto por la literatura.

Sabrina anotó algo en su libreta abierta.

Ferenc sintió un déjà vu . Por segunda vez en unas horas, una mujer anotaba lo que decía…

y probablemente también lo que no decía.

Sabrina se quedó mirando la libreta unos segundos más después de dejar el bolígrafo.

Luego, con extremada parsimonia, levantó la cabeza y lo observó con atención.

—Tengo entendido que su relación no terminó bien.

—No.

—¿Puede explicarlo?

Ferenc entrelazó las manos sobre la mesa.

—Fue un malentendido.

—¿Qué quiere decir con un malentendido?

Sanedor tardó un segundo en responder.

—Como le he dicho, Murdoch y yo nos hicimos muy amigos.

Y no solo eso. También con Laura, su mujer.

Muchas veces salíamos los tres a cenar. Incluso llegamos a hacer algún viaje juntos.

Pero luego algo se torció. Bastian se volvió un poco paranoico, por así decirlo.

Creyó ver algo que no existía entre Laura y yo —continuó Ferenc con el mismo tono—.

Interpretó, lo que no era más que una buena relación, como otra cosa.

—¿Y cómo reaccionó?

—De forma desproporcionada.

—¿Qué ocurrió exactamente?

—Me zarandeó en la sala de profesores. Incluso me amenazó con golpearme.

Sabrina anotó sin bajar del todo la mirada.

—¿Hubo testigos?

—No. Estábamos los dos solos.

—¿Presentó algún tipo de denuncia?

—No lo creí necesario. Él era mi amigo y simplemente había malinterpretado la situación. Eso le puede pasar a cualquiera.

—¿Qué ocurrió después? —volvió a preguntar Metz sin dejar de escribir en su libreta.

—Dejé que pasaran unos días y traté de hablar con él, de aclarar las cosas. Pero Bastian no se mostró muy dispuesto a escuchar mis explicaciones. Luego, comenzó a evitarme y la cosa se fue enfriando poco a poco.

La policía siguió escribiendo unos segundos más. Luego se quedó pensativa antes de volver a preguntar.

—¿Han tenido algún tipo de contacto desde entonces? ¿En los últimos días?

—No.

—¿Ninguno?

—Ninguno.

Ella asintió levemente, como si tomara nota de algo más allá de las palabras. Afuera, el murmullo de los visitantes al museo conseguía filtrarse a través de la puerta del despacho.

—También quería preguntarle por Vega Baker —dijo Sabrina a continuación de forma casual.

—¿Qué pasa con ella? —preguntó Ferenc sin ninguna reacción.

—¿Qué relación mantiene con la señorita Baker?

—La ayudé hace unos meses con una investigación.

—¿Son amigos?

—Amigos es decir mucho. Colaboré con ella porque así me lo pidió. Tomamos un par de cafés después pero poco más.

—Sin embargo, su nombre aparece vinculado al de ella en varias ocasiones.

—Eso no implica una relación personal.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaron?

—No lo recuerdo con exactitud.

—¿Recientemente?

—No especialmente.

Otro silencio.

—Señor Sanedor, la señora Baker estuvo en el hotel Semiramis el día de la muerte de Murdoch.

—Entiendo.

—Y actualmente se encuentra en paradero desconocido.

—No puedo ayudarla con eso.

—¿Está seguro?

—Completamente.

La subinspectora lo observó durante unos segundos más, evaluando algo que no expresó. A Ferenc le fastidiaba sentirse analizado de ese modo y era la segunda vez esa mañana. Aun así, trató de mantener la calma.

—De acuerdo —dijo Sabrina levantándose—. Si recuerda cualquier detalle que considere relevante, le agradecería que se pusiera en contacto conmigo.

—Por supuesto —aceptó Ferenc mientras tomaba la tarjeta que la subinspectora le ofrecía.

Sabrina asintió y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Una última cosa —Ferenc levantó la mirada y se tensó de nuevo—. ¿Diría que Murdoch era una persona impulsiva? ¿Alguien que se deje llevar por el deseo? ¿Alguien capaz de ser infiel a su esposa?

—Nunca me lo pareció.

—Entonces, ¿qué cree que pudo pasarle?

Ferenc meditó las palabras antes de ponerlas en sus labios.

—No tengo la menor idea. Y me temo que él ya no nos lo podrá decir.

Ante esa respuesta, Sabrina mantuvo el gesto inalterable. Salió del despacho y cerró la puerta tras de sí. El silencio regresó de inmediato. Ferenc permaneció inmóvil unos segundos, con la vista fija en la puerta cerrada. Luego bajó la mirada al informe que había dejado a medias.

Leyó una línea.

La releyó.

Finalmente dejó el bolígrafo sobre el informe.

Abrió de nuevo el navegador.

Los titulares seguían ahí. La imagen de Murdoch en el hall del hotel también.

Sí, Vega Baker había estado en el hotel el día de la muerte de Bastian y la mujer que lo acompañaba en aquella grabación se parecía a ella, no cabía duda.

Pero eso no significaba nada. Solo era una persona con ropa oscura a la que apenas se le veía el rostro.

Cerró la pantalla.

Se levantó, tomó el abrigo y salió del despacho. Le dijo a su secretario que se marchaba a casa, que no se encontraba bien. Este lo miró sin decir nada, pero a Ferenc le importó muy poco lo que pudiera estar pensando de él. Había cosas más importantes en ese momento.

El trayecto hasta su casa transcurrió sin incidencias. Aparcó el coche en el garaje y subió a la vivienda. Al abrir, no encendió la luz. Cerró la puerta tras de sí.

—Pensé que no volverías hasta la noche —dijo una voz desde la penumbra del salón.

Ferenc dejó las llaves en el mueble de la entrada.

—He recibido una visita.

—¿Quién?

—La policía.

Se hizo un silencio breve. Entonces, desde las sombras del salón, Vega dio un paso al frente.

—Sabíamos que terminaría pasando.