12
El reloj marcaba las diez y diez cuando la doctora Flick dejó de anotar cosas y le habló por primera vez a Ferenc desde que se saludaran a la entrada.
—Ha pasado un tiempo desde la última sesión.
Ferenc asintió levemente.
—Tres semanas.
—Sí.
Flick lo observó en silencio unos segundos antes de continuar. Parecía evaluarlo. Siempre lo hacía o esa era la sensación que le generaba a Ferenc.
Y esa sensación le resultaba muy incómoda.
—¿Cómo se encuentra?
—Bien.
—¿En todos los aspectos de su vida?
—Diría que sí.
—¿Diría o lo sabe con seguridad?
—A estas alturas de mi vida, no hay diferencia.
—Pues la hay.
La terapeuta volvió a escribir algo rápido y luego devolvió la mirada a su paciente. Ferenc quiso detectar un gesto de contrariedad en su cara y probablemente no estaba desencaminado a tenor de sus palabras posteriores.
—Señor Sanedor —le dijo dejando escapar un suspiro apenas perceptible—, necesito que le quede claro que estoy aquí para ayudarle.
—Lo sé, si no, ¿para qué sigo viniendo?
—Sin embargo, cuando creo que estamos teniendo progresos, usted se cierra en banda.
Lo que quiero decir es que esto a veces parece una partida de tenis.
Yo le pregunto y usted contesta apenas un par de palabras que, en realidad, suenan ensayadas y que no lo comprometen. Y así estamos durante toda la sesión.
Ferenc cambió la postura en el sofá pero no dijo nada. Flick le dedicó una mirada larga y luego volvió a escribir.
—¿Cómo le va en su nuevo trabajo? —volvió a preguntar cuando terminó de anotar lo que fuera que tuviera que anotar. Estaba claro que el intento por provocar a su paciente no le había dado resultado y había decidido cambiar de estrategia.
—¿La Fundación Lysander? Estoy contento. Me permite tener un propósito en la vida.
—Me alegro. Aunque eso no tiene nada que ver con su anterior trabajo.
—No.
—¿Lo echa de menos?
—¿El qué? ¿Enseñar? —Ferenc esbozó una sonrisa que se quedó apenas en una mueca amarga—. ¿Sabe? Durante mucho tiempo creía que estaba hecho para eso, creía tener vocación. El tiempo me ha demostrado que estaba equivocado.
—Creo que no está siendo justo consigo mismo.
—No vivimos en un mundo que presuma precisamente por la justicia.
—Ya. —Flick hizo una pausa y decidió dar un paso atrás—. Hábleme de la Fundación Lysander. ¿Cuál es su grado de implicación?
—Total.
—¿Gestión o contenido?
—Ambas cosas.
—Eso implica exposición. Decisiones. Interacción.
—Sí.
—¿Le resulta cómodo?
Ferenc tardó un instante más en responder.
—Es necesario.
—¿Y fuera de eso?
—No hay mucho más.
Un nuevo silencio solo alterado por el garabateo de Flick sobre el cuaderno. Ferenc desvió la mirada hacia la ventana. Desde aquella altura la ciudad se veía ordenada, distante, como si no formara parte de nada que tuviera que ver con él.
—¿Has tenido pesadillas?
—No.
—¿Pensamientos recurrentes?
Ferenc dudó un instante.
—Depende de a qué llame recurrente.
La doctora dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—A aquello que vuelve sin que lo invites.
Ferenc esbozó una media sonrisa que solo quedó en una mueca.
—Entonces sí.
—¿El mismo contenido de siempre?
Sanedor no respondió y la doctora no quiso insistir.
—La última vez hablamos de la necesidad de poner límites a esos pensamientos —continuó—. De no permitir que definan el presente.
—No lo hacen.
—¿Está seguro?
—No estoy aquí por eso —respondió Ferenc mirándola directamente. La terapeuta sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir levemente.
—¿Por qué está aquí entonces?
—Por costumbre —dijo Ferenc tras meditarlo un momento.
La respuesta quedó suspendida en el aire.
—La costumbre también es una forma de evitar algo —replicó ella.
—O de mantenerlo bajo control.
—¿Y lo está?
Ferenc tampoco contestó en esta ocasión. El nuevo silencio se alargó unos segundos más. Luego Flick volvió al cuaderno.
—¿Ha tenido algún episodio de descontrol?
—No.
—¿Alguna situación que le haya exigido contenerse?
Ferenc negó con la cabeza.
—Nada relevante.
Flick terminó de escribir y luego cerró el cuaderno, como dando por terminada la sesión.
—Está respondiendo bien —dijo cuando Ferenc ya se ponía en pie.
—Algo me dice que eso no es un elogio.
—La cuestión no es cómo responde cuando no ocurre nada —añadió ella—. La cuestión es qué hace cuando algo cambia.
Ferenc dejó la mano sobre la manilla de la puerta y respondió sin volverse hacia la terapeuta.
—No ha cambiado nada.
—Ambos sabemos que eso no es cierto. —Pausa—. Y el problema no es perder el control. Es creer que ya no se puede perder. Piense sobre ello.
Sanedor no respondió. Salió de la consulta sin añadir nada más.
Una vez fuera de la consulta, caminó hacia el ascensor con la misma calma con la que había entrado. Pulsó el botón y entró en el cubículo. Las puertas se cerraron y mientras el aparato descendía, se dedicó a mirar su rostro en el espejo.
Nada había cambiado, en eso no había mentido.
Pero, en las últimas semanas, en sus sueños emergía el rostro de Bastian Murdoch.
Quien había sido su amigo, su confesor. La persona de la que no había encontrado apoyo tras su incidente del instituto.
Alguien a quien había decidido olvidar voluntariamente.
Alguien en quien no había pensado en mucho tiempo.
Hasta que había aparecido en sus sueños.
Y ahora Murdoch estaba muerto.