Fugitiva (La monja detective 2) 11
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El instituto Saint Elms se encontraba al final de una avenida flanqueada por árboles, en la zona norte de la ciudad, en un barrio residencial construido varias décadas atrás.

El edificio principal era una construcción amplia de ladrillo claro, rodeada por un patio interior y varias zonas deportivas.

Sabrina estacionó frente a la entrada principal y observó el lugar unos segundos antes de bajar del coche. A esa hora las clases ya habían comenzado. Un grupo reducido de alumnos cruzaba el patio mientras un profesor vigilaba desde la puerta lateral.

Ella había cursado sus estudios medios en un instituto muy parecido a aquel. Traerlo ahora de vuelta no le devolvía recuerdos positivos, pero tampoco negativos. Aquella etapa de su vida, como la mayoría, la había afrontado como un trámite más con el que había que cumplir.

Se identificó en recepción y pidió hablar con la directora.

La hicieron esperar unos minutos. La mujer que finalmente salió a recibirla rondaba los cuarenta años.

Se esforzaba por vestir con elegancia, pero sus gestos y expresiones eran burdos, ensayados.

Alguien, quiso pensar Sabrina, que aspiraba a ser más de lo que realmente era.

—Subinspectora Metz —dijo la mujer con tono ceremonioso.

—Gracias por recibirme.

La directora la condujo hasta su despacho.

Era una estancia ordenada, con varios archivadores alineados junto a la pared y una estantería llena de expedientes antiguos.

Se sentó e invitó a Sabrina a que también lo hiciera en una silla, al otro lado del escritorio.

Cuando la subinspectora hubo tomado asiento, la mujer se inclinó sobre la mesa, apoyando los codos y entrelazando los dedos, en clara señal de quedar a la expectativa.

—Estoy investigando la muerte de Bastian Murdoch —le informó sin más preámbulos.

La directora asintió con un gesto contenido.

—La noticia nos sorprendió mucho. Murdoch fue profesor aquí durante años.

—Lo sé. —A Sabrina le pareció una respuesta aprendida, carente de toda empatía—. Pero me gustaría saber cómo era en el ámbito escolar.

—De acuerdo. —La otra siguió sin variar la postura.

—¿Era un buen profesional?

—El mejor.

—¿Tuvo algún problema relevante durante su etapa aquí? ¿Con compañeros o alumnos?

—Ninguno… al menos hasta donde yo tengo conocimiento.

—¿Pero se implicaba con ellos? Con los alumnos, quiero decir.

—Si lo que insinúa es si traspasaba ciertos límites, la respuesta es no. Murdoch era un gran profesional.

—Yo no insinúo nada. —Sabrina levantó la vista de la libreta y miró directamente a los ojos de la directora—. Solo constato hechos, esa es mi labor.

Se produjo entonces un silencio tenso en el que ninguna de las dos cedía en el juego de miradas. Luego, sin variar la expresión ni un centímetro, la subinspectora fue directa al verdadero motivo que la había llevado hasta el Saint Elms.

—Me gustaría preguntarle también por otro profesor que trabajó en este centro. Ferenc Sanedor.

Por primera vez la expresión de la directora cambió ligeramente. No fue un gesto evidente, pero sí suficiente para que Sabrina se quedara con él.

—Sí —respondió finalmente—. Sanedor trabajó aquí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Ya estaba antes de que yo llegara. Ferenc era uno de esos dinosaurios que se habían perpetuado en el instituto. Fue alumno antes y luego profesor. Una institución en el Saint Elms.

—¿Qué me puede decir de su salida del centro?

La directora se tomó un momento antes de responder.

—Hubo un incidente. —Sabrina no dijo nada, así que la mujer continuó—. Ferenc perdió los nervios y… Digamos que aquello pudo terminar en tragedia, pero finalmente no fue así.

—¿Cómo que perdió los nervios?

La directora se removió incómoda en la silla. Estaba claro que no se esperaba que la conversación se dirigiera hacia un terreno del que prefería no hablar. Se notaba que trataba de medir sus palabras para elegir las adecuadas.

—Sanedor estaba pasando una mala racha en aquella época. No era alguien de quien pudieras esperar un comportamiento de ese tipo pero…

—Por si no lo recuerda —la atajó Sabrina con mirada fría—, soy la subinspectora encargada de la investigación de un caso de asesinato. Más concretamente de alguien que perteneció al claustro de este instituto. Necesito que se deje de rodeos y me diga de qué manera Ferenc Sanedor perdió los nervios.

—Trajo un arma al centro —dijo la directora con gesto de resignación.

—¿Llegó a usarla? —Si aquella revelación había afectado a Sabrina, se cuidaba mucho de ponerlo de manifiesto.

—No, no. Lo encontraron de rodillas en el pasillo. Se había dado cuenta de su error.

—En el informe no dice nada al respecto.

—La situación se resolvió internamente.

—¿Internamente?

La directora bajó la cabeza antes de responder.

—El centro consideró que lo más adecuado era la salida del profesor.

—Sin intervención policial.

—El asunto no llegó a mayores…. Y conozco a gente importante en la policía.

—Así que todo quedó en una reprimenda de puertas para adentro y una orden de alejamiento.

—Se invitó formalmente a Ferenc para que dejara de ejercer.

—¿Es consciente de la gravedad de lo que me está contando? Y no hablo solo de Sanedor.

La mujer bajó definitivamente la mirada y guardó silencio.

—¿Murdoch estaba presente? —continuó Sabrina ante esa reacción.

—No en ese momento —respondió la directora negando con la cabeza.

—Pero conocía el incidente.

—Todos lo conocían.

La subinspectora permaneció unos segundos en silencio antes de formular la siguiente pregunta.

—Tengo entendido que Murdoch y Sanedor eran amigos.

—Lo fueron, sí.

—¿Y dejaron de serlo?

—Eso parece.

—¿Sabe por qué?

—No.

La respuesta fue apresurada, como si se esperara la pregunta. Sabrina anotó la frase en la libreta sin comentar nada.

—Después de aquel incidente —continuó la directora— Sanedor dejó el centro y Murdoch permaneció aquí un tiempo más. Si después de aquello mantuvieron el contacto o no, es algo que se me escapa.

Sabrina asintió y se puso en pie. Para ella, la conversación había terminado. Agradeció a la directora su tiempo y luego regresó a la División. El edificio estaba más concurrido que a primera hora. Varios periodistas se agrupaban en la acera opuesta, a una distancia prudente de la entrada.

No era lo habitual pero tampoco quiso darle mayor importancia. Aparcó y descendió del coche sin prestarles demasiada atención. Había dado dos pasos hacia la puerta cuando una voz la detuvo.

—Subinspectora Metz.

Sabrina se giró. Una mujer joven la apuntaba con un micrófono acompañada de un tío grande que portaba una cámara al hombro. Les dedicó unos segundos antes de continuar su camino.

—Alma Jensen —insistió la chica—. Del Canal 7.

Sabrina no respondió.

—¿Puede confirmar que están investigando la muerte de Bastian Murdoch como un homicidio?

—No hago declaraciones.

Alma asintió, como si ya esperara esa respuesta.

—¿Y la presencia de una mujer en el hotel?

Sabrina la observó un segundo antes de responder.

—Tampoco voy a decir nada sobre eso.

—Entiendo. —La periodista estaba informada sobre el carácter hermético de Metz, pero eso no le hizo rendirse tan fácilmente—. ¿Cree que el pasado de Murdoch puede tener algo que ver con lo ocurrido?

—Buenos días —dijo a modo de respuesta finalmente, antes de girarse y entrar en el edificio.

No miró atrás pero sabía que, una vez la prensa metía las narices en una investigación, la cosa solo podía complicarse. No pensó mucho en ello, no obstante. Se sentó en su escritorio y repasó las notas que acababa de tomar, como tenía por costumbre.

Murdoch.

Sanedor.

Una amistad rota.

Un episodio violento.

Y ahora un manuscrito en el que Baker y el exprofesor aparecían de algún modo.

La conexión empezaba a tomar forma.