10
Sabrina Metz se puso en pie a las seis en punto, como cada mañana.
No necesitaba despertador. Su cuerpo llevaba años acostumbrado a la misma rutina. Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando el sonido del viento que llegaba desde el mar. La casa crujía con ese murmullo leve que había aprendido a reconocer desde que se había instalado allí.
Se levantó y caminó descalza por el suelo frío de la habitación. Se puso una bata que colgaba de un perchero en la puerta y salió al pasillo.
La casa era demasiado grande para una sola persona.
Se trataba de una construcción antigua situada en una ladera a las afueras de la ciudad, desde donde se veía el mar cuando el día estaba despejado.
Si solo se tenía en cuenta la ubicación, se podía concluir que aquella había sido una buena compra en su momento.
El precio era razonable y el entorno, tranquilo.
El problema era que la casa llevaba años pidiendo una reforma que nunca llegaba.
Una reforma que no entraba en los planes de Sabrina a corto plazo. Probablemente en ningún momento.
Le gustaba ese aire antiguo y desvencijado que ofrecía la casa.
Le había gustado desde siempre. Eso, y la permanente sensación de soledad y aislamiento que le procuraba.
A Sabrina le gustaba ser policía y sabía que moverse por las calles de la ciudad, entre la gente, era una desagradable pero indispensable condición para serlo.
Pero cuando la jornada de trabajo finalizaba, aquella vieja construcción que amenazaba con caerse en cualquier momento era su refugio, su hábitat natural, el lugar en el que se sentía realmente ella.
Atravesó el pasillo y abrió la puerta trasera. Tres gatos entraron inmediatamente, acostumbrados al mismo horario que ella. Les sirvió comida en silencio mientras preparaba café.
La cocina era la única estancia de la casa que estaba completamente ordenada. Así era su vida profesional, todo orden, método, mecánica. No era capaz de concebirlo de otra manera. Pero cuando llegaba a casa, necesitaba entregarse a ese caos del que solo se mantenía al margen la cocina.
Mientras el café terminaba de hacerse, Sabrina apoyó el teléfono sobre la mesa y repasó los apuntes del caso Murdoch. Vega Baker. Detective privada. Presente en el hotel Semiramis. Desaparecida desde la tarde del crimen.
Después estaba el manuscrito.
Un elemento extraño dentro de la investigación. Un objeto que, en principio, pertenecía al ámbito personal de la víctima, pero que empezaba a adquirir cierto peso dentro del conjunto.
Terminó el café sin prisa. Alimentó a los gatos por segunda vez —una costumbre que había adoptado para evitar que pelearan entre ellos— y salió de la casa unos minutos más tarde.
El mar estaba en calma. Lo observó unos segundos antes de subir al coche. La brisa de la mañana, ligera, hizo que su pelo ondeara hacia un lado.
A las siete y media ya estaba en la División Criminal.
El especialista al que habían remitido el manuscrito llegó sobre las nueve a petición suya. Ya lo esperaba en una de las salas de trabajo cuando un agente la avisó de su llegada. Era un hombre delgado, de cabello gris y expresión concentrada. Traía cara de cansancio y un portátil bajo el brazo.
—Subinspectora Metz —dijo a modo de saludo—. Soy Severus Reich.
—El lingüista forense.
—Exacto.
Sabrina le hizo un gesto para que sentara frente a ella y este aceptó la invitación. Abrió el portátil y le mostró una versión digital del manuscrito.
—¿Ha encontrado algo?
Reich no respondió de inmediato. Movió el cursor sobre el documento y amplió una de las páginas.
—No exactamente lo que esperaba —dijo finalmente—. Pero sí algo interesante.
En la pantalla apareció un fragmento del texto. Varias letras estaban subrayadas con una línea tenue, casi imperceptible.
—Al principio pensé que se trataba de marcas de trabajo del autor —continuó Reich—. Algo habitual cuando alguien revisa un borrador. —Señaló las palabras una a una con el cursor antes de continuar hablando—. Pero cuando las aislé y las ordené según su aparición en el texto… este fue el resultado.
Amplió otra ventana.
V E G A
—Vega —constató Sabrina sin alterar la expresión.
—Eso parece. No sé si tiene sentido para usted.
—Así se llama la principal sospechosa —informó la subinspectora y se sorprendió a sí misma dándole a Vega Baker esa categoría.
Hasta ese momento, solo era una persona de interés para el caso, nada más, pero cada vez había más evidencias que apuntaban en su dirección.
Y aquel hallazgo no venía más que a confirmarlo.
—Entonces el autor del manuscrito debía conocerla.
Sabrina no respondió. Su mirada volvió al documento.
—¿Alguna otra cosa que destacar? —preguntó señalando la pantalla con un gesto de la cabeza.
—Quiero pensar que sí, pero en este caso no estoy tan seguro.
—Reich movió el cursor hacia otro conjunto de páginas—.
En este caso el patrón es distinto. No se encuentra en los subrayados.
—Amplió varias correcciones realizadas en el texto—.
El autor sustituyó ciertas palabras en diferentes revisiones.
Cuando se examinan las letras introducidas en esas correcciones aparece otra secuencia.
Escribió en un documento vacío.
F E R E N C
Sabrina tardó un segundo en leer el nombre completo.
—Ferenc.
—Exacto —asintió Reich recostándose en la silla—. No es un nombre especialmente común.
Sabrina tomó nota en su libreta de cuadros sin comentar nada.
—No puedo asegurar que sea intencionado —continuó el lingüista—, pero las probabilidades de que dos secuencias coherentes aparezcan de manera casual en un mismo texto son bastante bajas.
—Entiendo. —Sabrina se quedó pensativa un momento—. ¿Algo más?
—El manuscrito parece incompleto. Y hay demasiadas revisiones para tratarse de una copia limpia.
—¿Eso es relevante?
—Podría serlo. O podría ser simplemente un borrador. En cualquier caso, seguiré analizándolo. Es posible que se me haya escapado algo.
Sabrina se levantó y el lingüista hizo lo propio.
—Gracias, señor Reich —dijo ella ofreciéndole la mano. Este se la estrechó y luego salió de la sala.
De regreso a su escritorio, la subinspectora abrió el ordenador y comenzó a trabajar sobre el segundo nombre.
Ferenc.
La búsqueda tardó menos de lo que esperaba. Uno de los primeros resultados correspondía a un ensayo académico publicado varios años atrás.
Ferenc Sanedor.
Las estructuras narrativas en la obra de Elian Lysander.
Sabrina abrió el archivo y revisó los datos biográficos del autor. Además de por ser un experto conocedor de la vida y de la obra de ese poeta de origen inglés, Sanedor destacaba por haber ejercido como profesor de literatura durante varios años en el instituto Saint Elms.
La subinspectora se detuvo un instante al leer el nombre del centro educativo. Releyó sus notas hasta que dio con lo que andaba buscando: Saint Elms era el mismo instituto donde Bastian Murdoch había trabajado antes de dedicarse por completo a la escritura.
Continuó leyendo.
La carrera docente de Ferenc Sanedor terminaba de forma abrupta. No había explicaciones detalladas, solo una referencia administrativa a una orden de alejamiento relacionada con un incidente ocurrido dentro del propio centro.
Nada más.
Y nada menos.
Porque, al igual que ocurría con el personaje ficticio del manuscrito de Murdoch, Sanedor, persona vinculada a la enseñanza, se había visto involucrado en un incidente dentro del ámbito académico.
Sabrina anotó los datos principales en su libreta.
Murdoch. Sanedor. El mismo instituto.
Volvió a revisar sus apuntes de manera metódica durante veinte minutos más y luego cogió su chaqueta dispuesta a marcharse.
La siguiente parada era evidente.
Saint Elms.