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Por instrucciones de Sabrina, la División Criminal había encargado el estudio del manuscrito a un experto, un lingüista forense que tendría que determinar si aquella prueba conducía a algo útil o no. El informe preliminar llegó a media mañana.
No era especialmente extenso ni contenía conclusiones definitivas, pero sí varios apuntes que despertaron el interés de la subinspectora.
El manuscrito incautado en el domicilio de Bastian Murdoch parecía estructurarse alrededor de dos figuras centrales.
La primera era una mujer con pasado religioso que abandonaba un convento y reaparecía años después en un entorno urbano marcado por el engaño y la manipulación.
La segunda, un profesor cuya vida había quedado marcada por un episodio violento ocurrido en un instituto.
La subinspectora leyó con atención el informe. Cuando encontraba algo que, según su opinión, podía ser de interés, se detenía y hacía un gesto extraño con la boca, una especie de mueca hacia un lado.
En el primer caso, el de la mujer con pasado religioso, la conexión resultaba evidente. El expediente de Vega Baker mencionaba su paso por Santa Rosalía. Aquella coincidencia por sí sola no constituía ninguna prueba, pero reforzaba el interés del manuscrito dentro de la investigación.
El segundo personaje era más impreciso. El informe se limitaba a señalar que el texto aludía de forma recurrente a un incidente ocurrido en un entorno académico.
Nada más. Decidió navegar un poco por Internet en busca de alguna noticia que pudiera entrar dentro de ese espectro, pero no tuvo suerte.
Un par de casos de bullying y un profesor de Filosofía acusado de sobrepasarse con sus alumnas.
Sabrina volvió sobre el informe y lo releyó un par de veces.
La mención a Vega era suficiente para justificar un nuevo movimiento.
Había detalles en su expediente que podrían serle útiles en la investigación, pero luego estaba lo que no figuraba por escrito.
Menciones, rumores, habladurías en las que procuraba no enredarse pero de las que a veces se sacaba provecho.
La relación de Vega con Argus Norman, nada menos que el Subdirector General de Operaciones Especiales, era un secreto a voces que circulaba por los pasillos de la División Criminal.
Solo había que preguntar en los círculos adecuados para que dicha relación se diera por confirmada.
Así que el siguiente paso de Sabrina estaba claro.
Hizo un par de llamadas y unos minutos más tarde salió del edificio de la División Criminal para dirigirse hacia la sede de Operaciones Especiales.
El edificio ocupaba una manzana completa en la zona administrativa de la ciudad.
Desde fuera no se diferenciaba demasiado de otras dependencias oficiales, pero el control de acceso resultaba considerablemente más estricto.
Tras identificarse en recepción y esperar unos minutos, un agente la acompañó hasta la planta donde trabajaba Conrad Argus.
El despacho del subdirector general era amplio y funcional. No había objetos personales visibles ni decoraciones innecesarias. Cuando Sabrina entró, Argus se levantó brevemente de su asiento para saludarla.
—Subinspectora Metz.
—Subdirector.
Intercambiaron un apretón de manos breve antes de sentarse frente a frente. Argus se reclinó en la butaca a la espera de acontecimientos pero Sabrina no parecía tener prisa en explicarle los motivos de su visita.
—Me pregunto qué puede necesitar la División Criminal de Operaciones Especiales —se lanzó al fin él en vista de que la subinspectora no lo hacía.
—De Operaciones Especiales nada —habló al fin Sabrina—. De usted, tal vez.
—De acuerdo entonces. Dígame en qué puedo ayudarla.
Sabrina fue directa.
—Estamos tratando de localizar a Vega Baker.
—Ya me lo comunicaron ayer —dijo Argus sin cambiar la expresión de su cara.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo con ella?
—Hace cuatro días. Cenamos juntos y luego la acompañé a casa.
—¿Y desde entonces nada?
—Me llamó antes de ayer, a eso de la una y media.
—A la hora del asesinato —susurró Sabrina más para sí que para Argus.
—¿Cómo dice?
—Ehhh… ¡Nada! ¡Nada! ¿De qué hablaron?
—Aunque no tengo por qué decírselo, lo haré de todas formas. De nada en particular. Me preguntó si nos veíamos para comer y yo le dije que tenía mucho trabajo acumulado. Eso fue todo.
—Entiendo.
Sabrina asintió varias veces y luego se quedó pensativa. A Norman le dio la sensación de que más parecía un ordenador analizando la información que una persona.
—Según nuestros datos —continuó tras esa pausa—, ustedes mantuvieron una relación en el pasado.
—Eso es correcto.
—¿Cree posible que ella esté implicada en la muerte de Bastian Murdoch?
—¿Del escritor? —Gesto de asentimiento por parte de Sabrina—. No lo creo. ¿Por qué lo pregunta? ¿La División Criminal la considera sospechosa?
—De momento estamos reuniendo datos.
—Entonces será mejor esperar a que los datos hablen.
El tono era neutro. No había reproche ni defensa. Así lo entendió Sabrina.
—Murdoch había reservado una habitación de hotel con una mujer. Las cámaras muestran a una persona que coincide con la complexión de Vega Baker. Y su coche ha aparecido en los aparcamientos del hotel.
Argus permaneció en silencio.
—Desde que se produjo el crimen —continuó Sabrina— Baker se encuentra en paradero desconocido.
—Eso no es buena señal.
—No.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Aunque sabía que era poco probable que sucediera, Sabrina había esperado algún tipo de reacción por parte de Norman, alguna fisura en la expresión de su cara o en sus palabras. Pero nada de eso había pasado. Argus permanecía impasible.
—¿Han encontrado algo más? —preguntó este, inclinándose hacia delante.
—Estamos revisando el coche de la señorita Baker. También varios elementos del entorno de la víctima.
—¿Correspondencia? ¿Dispositivos?
—Entre otras cosas.
La subinspectora hizo una breve pausa antes de continuar.
—En el registro de su domicilio apareció también material literario. Un manuscrito en el que estaba trabajando.
Argus frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué puede tener de interesante para la investigación de un caso de asesinato lo que la víctima pudiera estar escribiendo? Era escritor, ¿no?
—Lo era, sí.
—¿Acaso Murdoch estaba escribiendo sobre el caso? —La pregunta vino cargada de más ironía de la que Argus pretendía.
—No exactamente —respondió Sabrina sin inmutarse.
—¿Entonces?
—El texto menciona a una mujer con pasado religioso que abandona un convento.
En esta ocasión, la policía quiso atisbar una fisura en el rostro de Norman, pero solo fue un espejismo. El Subdirector General de Operaciones Especiales no había llegado a serlo solo por su cara bonita. Sabía manejar los tiempos y sabía manejar el discurso.
—El experto que lo está revisando —continuó Sabrina por ese camino a pesar de todo— cree que podría tratarse de un personaje inspirado en alguien real.
—¿Y piensa que esa persona es Vega?
—De momento solo es una coincidencia.
Argus asintió lentamente.
—Las coincidencias suelen multiplicarse cuando la investigación avanza.
—Eso esperamos.
La conversación se mantuvo unos minutos más en un tono similar. Ninguno de los dos parecía dispuesto a revelar más información de la necesaria.
Finalmente Sabrina se levantó.
—Gracias por su tiempo, subdirector.
—No tiene que agradecérmelo —le dijo Argus cuando ya se encontraba junto a la puerta—. Estamos en el mismo bando.
—Sí, eso dicen.
Sabrina abandonó el despacho de Argus con la misma sensación con la que había entrado: la de haber hablado con un hombre acostumbrado a medir cada palabra.
El ascensor descendió lentamente hasta el vestíbulo.
Mientras esperaba a que se abrieran las puertas, repasó mentalmente la conversación.
Argus no había mostrado reacción alguna al escuchar el nombre de Vega Baker, ni tampoco había intentado defenderla.
La había atendido de manera educada, había respondido a lo que se le preguntaba y había evitado cualquier afirmación que pudiera interpretarse como una toma de posición.
Era una actitud profesional.
Quizá demasiado.
Atravesó el control de seguridad y salió a la calle. Caminó unos metros más antes de detenerse junto al coche y sacó el teléfono. Se apoyó en él y miró de nuevo el informe sobre el manuscrito, que seguía abierto en la pequeña pantalla.
Una mujer con pasado religioso.
La conexión con Vega era evidente. Cualquiera que revisara su expediente llegaría a la misma conclusión. No hacía falta forzar nada.
Lo que no terminaba de encajar era el resto:
Un profesor marcado por un episodio violento todavía sin determinar. Una historia que parecía girar alrededor de secretos que salían a la superficie. Un texto lleno de correcciones y anotaciones.
Murdoch no era un escritor desconocido. Si aquel manuscrito se encontraba en su escritorio, debía de tener algún significado dentro de su vida.
Sabrina guardó el teléfono y dejó escapar un suspiro.
La investigación apenas había comenzado y ya había demasiadas piezas sobre la mesa: una detective privada desaparecida, un escritor muerto en una habitación de hotel y un manuscrito que parecía señalar en la misma dirección.
Subió al coche y puso el motor en marcha.
De momento todo apuntaba hacia Vega Baker.
Y, cuando tantas cosas apuntaban hacia una misma persona, la única forma de saber si era culpable consistía en encontrarla.