8
La ciudad amaneció envuelta en niebla, lo que confería a sus calles una atmósfera espectral.
Sabrina Metz se subió la cremallera del abrigo cuando la humedad la recibió nada más poner un pie fuera.
Condujo con cuidado de camino al domicilio de Bastian Murdoch.
En la calle ya la esperaban dos agentes de la División Criminal.
En apariencia, no había nadie más en la ciudad y solo a lo lejos se vislumbraba alguna sombra caminando entre la espesura.
Laura Murdoch los recibió en la puerta con una expresión agotada.
Había dormido poco, eso estaba claro, posiblemente por el dolor de su pérdida.
Sabrina quiso solidarizarse con la mujer, pero no supo cómo.
De hecho, era incapaz de comprender cómo podía sentir algo por su difunto marido, el esposo infiel, que no fuera odio.
—Hagan lo que tengan que hacer —les dijo haciéndose a un lado.
La subinspectora le agradeció la colaboración y entró en la vivienda seguida de los dos agentes.
Dedicó un segundo al salón, demasiado ordenado y limpio dadas las circunstancias recientes, pero solo fue eso, un instante mínimo.
Su objetivo estaba claro: el despacho de Murdoch, su lugar de trabajo.
Si había algo en esa casa que pudiera ayudarles en su investigación, debía estar sin duda allí.
—El despacho está al fondo —indicó Laura señalando el pasillo.
Sabrina avanzó por el pasillo acompañada de los dos agentes y abrió la puerta. El espacio era pequeño pero luminoso. Un escritorio junto a la ventana, una estantería repleta de novelas y varios cuadernos apilados en un lateral. Nada que llamara especialmente la atención.
Uno de los agentes comenzó a revisar la estantería mientras el otro se ocupaba del ordenador. Sabrina se acercó al escritorio. Había un cuaderno abierto, un bolígrafo y varios folios con anotaciones dispersas. Los observó brevemente antes de abrir el cajón superior.
Dentro había correspondencia, un par de recibos y un conjunto de páginas impresas sujetas con una pinza metálica.
Las sacó y leyó la primera de ellas.
El título aparecía centrado en la parte superior.
LA MUJER EN LA SOMbrA
Una línea gruesa lo atravesaba.
Debajo, escrito con tinta oscura:
LA MUJER DE NEGRO
Más abajo figuraba el nombre de Bastian Murdoch y la palabra borrador .
Sabrina pasó algunas páginas. Había correcciones a mano, frases tachadas y pequeñas anotaciones en los márgenes.
El texto comenzaba sin prólogo ni dedicatoria.
La vio antes de que ella lo viera a él. Estaba sentada a dos mesas de distancia, de espaldas a la calle, vestida de negro de la cabeza a los pies.
No había nada especialmente llamativo en su aspecto y, sin embargo, resultaba imposible no fijarse en ella.
Tal vez fuera la quietud con la que observaba pasar la vida ante sus ojos, como si todo lo que sucedía a su alrededor formara parte de una historia que ya conocía.
Sabrina avanzó un par de páginas más y luego volvió a la primera hoja.
La mujer de negro.
En su mente apareció una imagen concreta: la secuencia del hotel Semiramis. La figura que acompañaba a Murdoch en el vestíbulo. Abrigo oscuro, boina, gafas de sol.
También recordó las fotografías del álbum que Conrad Nego había sacado del cajón de su mostrador. Vega Baker en distintos momentos de su vida. En muchas de ellas, en la mayoría, vestía de negro.
La coincidencia no demostraba nada, pero tampoco podía pasarla por alto.
—Incluyan esto en el material incautado —dijo entregando el manuscrito a uno de los agentes.
El policía lo guardó en una bolsa de evidencias mientras el otro terminaba de revisar el ordenador.
—Hay varios documentos literarios —informó—. Borradores, notas, capítulos sueltos. Nada que parezca relevante.
—Dejará de ser relevante cuando lo examinemos —replicó Sabrina dedicándole una mirada fría—. Copiadlo todo. Quiero una revisión completa.
El agente asintió.
La subinspectora permaneció unos segundos más observando el despacho. Todo permanecía tal y como lo había dejado Murdoch. Había salido de aquella casa una mañana sin imaginar que no volvería. Sabrina pensó que la vida era una ironía en sí misma.
Regresó al salón.
Laura limpiaba con gesto distraído una mesa que se veía impoluta desde lejos. Sabrina imaginó que era su forma de luchar contra lo que fuese que hirviera en su interior tras la muerte de su marido, haciendo cosas sin hacer realmente nada.
—¿Han encontrado algo? —preguntó en cuanto la vio entrar.
—Material de trabajo —respondió Sabrina—. Es habitual incautarlo en este tipo de investigaciones.
—Por mí se pueden llevar el despacho entero si quieren —dijo Laura tensando por un momento el gesto.
Sabrina intercambió unas últimas palabras formales con ella y abandonó la vivienda. Ya en la calle, se reunió con los agentes y les dio instrucciones precisas.
—Quiero que busquen a un experto en textos y le hagan llegar una copia digitalizada de eso —les dijo señalando el manuscrito.
—¿Cree que tiene que ver con el caso? —preguntó uno de los agentes.
—Todavía no lo sé —respondió Sabrina. Después miró hacia la fachada del edificio durante un instante—. Pero no creo que sea una coincidencia que Murdoch escribiera sobre una mujer de negro antes de citarse con una en el lugar donde encontró la muerte.
El agente no respondió.
Sabrina ya caminaba hacia el coche.
Aquel detalle por sí solo no probaba nada.
Pero empezaba a dibujar una línea que merecía ser seguida.