Fugitiva (La monja detective 2) 7
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Tras una noche de lluvias intensas, el cielo había amanecido despejado.

También la mente de Sabrina lo estaba. Preparada para abordar de nuevo la investigación del caso Murdoch.

Preparada para no desaprovechar la oportunidad que el comisario Ramírez le había brindado.

Convencida de que el nuevo día traería avances significativos.

A media mañana, se presentó en el anatómico forense para revisar el informe preliminar de la autopsia de Bastian Murdoch.

La forense encargada de la autopsia la recibió en la sala de trabajo con la misma naturalidad con la que lo hacía con cualquier agente que acudiera a interesarse por uno de sus informes. Sobre la mesa metálica había varias fotografías del cadáver y un documento todavía incompleto.

—Subinspectora Metz —se presentó Sabrina cuando la mujer levantó la vista—. Vengo por el caso Murdoch.

La otra la miró y asintió sin mutar el gesto.

—Doctora Martha Norman. Precisamente me estaba encargando ahora mismo de cerrar el informe.

—De acuerdo. ¿Algo relevante que añadir al informe preliminar?

Martha se quitó los guantes de látex y los dejó en una bandeja.

—Varón, cuarenta y cinco años. Cuatro heridas por arma blanca en la región torácica. Dos de ellas mortales por afectación directa al corazón.

Sabrina escuchó sin interrumpir anotando todo lo que la forense decía en su libreta de cuadros.

—¿Hora aproximada de la muerte?

—Entre las trece y las trece y media. A falta de confirmación definitiva.

Sabrina anotó el dato.

—¿Alguna señal de lucha?

Martha negó con la cabeza.

—No hay lesiones defensivas en manos ni antebrazos.

—Eso puede sugerir que la víctima conocía a su atacante —aventuró Sabrina.

—O que el ataque fue rápido. O que la víctima no percibió la amenaza.

La subinspectora anotó también esa observación. Martha recogió varias de las fotografías y las guardó en una carpeta.

—Por lo demás, nada fuera de lo normal para un homicidio con arma blanca.

Sabrina agradeció la información y abandonó el instituto sin añadir más preguntas. El dato sobre la ausencia de defensa encajaba con la hipótesis que manejaban desde el principio: una cita privada que había terminado de forma violenta.

Cuando salió a la calle, el día seguía despejado.

A Murdoch lo había matado alguien en quien confiaba.

O alguien que, al menos, había logrado que bajara la guardia.

La siguiente parada de Sabrina fue la calle Baker. Los agentes apostados frente a la vivienda le habían confirmado que Vega no había regresado a su domicilio, pero eso no significaba que no pudiera encontrar algo positivo de esa visita.

El edificio donde se encontraba la librería Libros Nego no tenía más de dos alturas. Se notaba antiguo. De la fachada destacaba el escaparate repleto de volúmenes antiguos y el cartel desvencijado y descolorido que colgaba por encima de ella.

Cuando entró, una campanilla sobre la puerta avisó de su presencia y un hombre de cabello gris y gafas de pasta levantó la vista desde el mostrador.

—Buenos días.

—Subinspectora Sabrina Metz —dijo ella mostrando su acreditación—. División Criminal.

El hombre se quitó las gafas y dejó el libro que tenía entre las manos sobre el mostrador.

—Conrad Nego.

Sabrina observó el interior del local con rapidez. Estanterías altas, olor a papel viejo, una escalera de caracol al fondo que ascendía hacia el piso superior.

—Imagino que viene por Vega.

—Así es.

Conrad apoyó los codos sobre el mostrador.

—Ya han pasado antes dos agentes.

—Lo sé.

—Y les dije lo mismo que le diré a usted. —Sabrina aguardó a que continuara—. No sé dónde está.

—¿Cuándo fue la última vez que la vio?

—Anteayer por la tarde.

—¿Le dijo a dónde iba?

—No.

Sabrina asintió sin mostrar reacción y luego anotó un par de cosas mientras Conrad la observaba en silencio.

—¿Se puede saber por qué la buscan?

—Para hacerle unas preguntas sobre un caso de asesinato —informó la subinspectora con frialdad.

—¿No creerán que ha tenido algo que ver?

—Yo no he dicho eso.

—Tampoco es necesario. Ya sé cómo funcionan estas cosas. —Nego miró a la policía con el ceño fruncido—. Así que le voy a ahorrar el trabajo: si busca a una sospechosa, se ha equivocado de sitio. Vega es inocente… De cualquier crimen que se le impute.

—Eso está por ver. —Sabrina no se arrugó ante las palabras del librero—. Pero sería de gran ayuda que pudiera echar un vistazo a su lugar de trabajo. Imagino que no me dejará sin una orden.

—Pues imagina mal.

—¿Cómo dice? —Esta vez Sabrina no pudo disimular una expresión de desconcierto, aunque mínima.

—Estoy tan seguro de Vega que yo mismo la acompaño.

Dicho esto, Conrad salió de detrás del mostrador y se dirigió directo a la escalera de caracol. Al ver que Sabrina no se movía, le hizo un gesto para que lo acompañara y comenzó a subir los peldaños metálicos. La subinspectora fue detrás de él.

En la planta superior se encontró con una puerta en la que había una placa.

Investigaciones Baker se podía leer. Al otro lado, había una sala no muy grande, con un escritorio y varios archivadores.

Al fondo, un gran ventanal que daba a la avenida principal y un crucifijo sobre la pared.

También una puerta semioculta tras uno de los archivadores.

En el escritorio no había gran cosa que pudiera servirle en su investigación.

Carpetas, papeles cogidos con clips, un par de bolígrafos…

Poco más. Sabrina sintió tentación de pedir permiso para registrar los cajones, pero sabía que el librero no se lo iba a permitir y lo entendía.

Posiblemente habría material sensible que una detective privada guardaría con celo.

—Necesitaré una fotografía reciente de Vega —solicitó en su lugar.

Conrad la observó durante unos segundos antes de responder.

—Claro. Pero, para eso, tendrá que acompañarme de vuelta a la librería.

Sin esperar respuesta, Conrad se colocó junto a la puerta, sujetando la manilla, para dar a entender que la visita a Investigaciones Baker había terminado.

Ambos bajaron y Nego fue hasta el mostrador.

Abrió uno de los cajones y de su interior sacó un álbum de tapas oscuras que colocó sobre la madera.

—Elija la que quiera —dijo mientras lo abría—. Siempre que luego me la devuelva.

Sabrina se acercó y abrió el álbum. Las primeras páginas mostraban imágenes de varios años atrás. Fotografías tomadas en la misma librería, en calles que parecían del centro de la ciudad, en cafeterías o en algún viaje.

Vega aparecía en muchas de ellas. En algunas estaba sola. En otras, junto a Conrad o con otras personas que Sabrina no reconoció.

Decenas de imágenes que resumían una vida.

La subinspectora fue pasando las páginas para encontrarse con la cotidianeidad de una extraña que, sin embargo, ahora lograba conocer un poco mejor.

Vega en la terraza de un café arrebujada en un abrigo negro.

En unos grandes almacenes junto al librero.

En la siguiente, apoyada contra la barandilla de un puente mientras el viento hacía ondear la bufanda oscura que llevaba al cuello.

Sabrina observó las imágenes con la misma atención con la que habría revisado un expediente. No parecía alguien especialmente interesado en las fotografías. En varias de ellas ni siquiera miraba directamente a la cámara.

Pasó otra página.

—¿Esta le sirve? —preguntó Conrad señalando una en la que Vega aparecía de perfil.

—Sí —respondió Sabrina después de examinarla.

Conrad extrajo la fotografía con cuidado y se la tendió.

—Devuélvamela cuando termine —insistió.

—Por supuesto.

La subinspectora guardó la imagen en una carpeta transparente y luego se despidió del librero no sin antes agradecerle su colaboración. Antes de marcharse, volvió a mirar el interior del local.

—Si Vega se pone en contacto con usted, ¿me avisará?

Conrad no respondió de inmediato.

—¿Para hablar con ella o para detenerla?

—Para hablar con ella.

—Entonces espero que la encuentren pronto.

—¿Por qué?

El hombre volvió a tomar el libro que había dejado sobre el mostrador.

—Ya se lo he dicho antes: porque no fue ella.

Sabrina no respondió. Salió de la librería y se detuvo un momento en la acera.

Tenían una víctima, una cita en un hotel y una mujer desaparecida cuya fotografía ahora llevaba consigo.

Ramírez había catalogado aquel como un caso menor. Sobre el papel lo parecía.

Pero algo en su interior le decía que no era así.