5
Levantó la vista del escritorio y miró a través de la ventana.
Hacía un día radiante, una de esas mañanas primaverales en las que la temperatura invitaba a estar fuera y no dentro.
Sin embargo, allí estaba una jornada más, rellenando informes con meticulosa profesionalidad mientras eran otros los que se encargaban del trabajo de campo.
Cuando tomó la decisión de hacerse policía, nunca pensó que ese sería su destino: las tareas burocráticas con las que, pese a todo, cumplía sin queja alguna porque no conocía otra forma de hacerlo.
Porque era como la habían enseñado, pero también porque su naturaleza era así, fría, calculadora, complaciente incluso.
Por eso, cuando Elder Ramírez, el comisario de la División Criminal, la llamó, en su cabeza imaginó una pila de documentos nuevos de los que tendría que hacerse cargo. Con esa idea asumida se levantó de la silla, tomó su libreta de cuadros y se dirigió al despacho.
—Pasa —la invitó su jefe a través de la puerta entreabierta.
Ramírez no levantó la vista de los documentos que tenía delante hasta que ella tomó asiento. La dejó esperar unos segundos no porque fuera necesario sino porque era su costumbre. Cuando al fin habló, lo hizo sin preámbulos.
—Escritor. Cuarenta y cinco años. Muerto esta tarde en el hotel Semiramis. Varias heridas por arma blanca.
Sabrina asintió y se mantuvo a la expectativa. Normalmente, el comisario no comenzaba sus encargos de esa forma y no supo a qué atenerse. Aquello no sonaba a «tráeme un café» o «quiero que rellenes estos informes para ayer» sino a otra cosa, pero no era capaz de darle forma a esa «cosa».
—¿Qué pasa? ¿No tomas notas en tu libretita? —le preguntó Ramírez con expresión de desconcierto.
—Es que no sé…
—¿Qué es lo que no sabes? ¿Tomar nota o entender lo que te digo?
La chica se encogió de hombros y su jefe soltó un bufido antes de continuar.
—Veamos: han matado a un tío en el hotel Semiramis. Le han asestado varias cuchilladas. ¿Está claro hasta ahí?
Gesto de asentimiento.
—De acuerdo. Pues quiero que vayas allí e investigues lo que ha pasado.
—¿Yo? —Sabrina miró detrás de ella para asegurarse de que Ramírez no le hablaba a otra persona.
—¿Eres policía, no?
—Sí, pero…
—¿Sí pero qué? Mira, Metz, si no te sientes preparada, le doy el caso a otro.
—¡No! ¡No! —Sabrina dio un respingo en el asiento mientras agitaba las manos—. Es solo que… ¿Qué pasa con Santos y Márquez ?
—No es un asesino en serie. Es un homicidio en una habitación de hotel. Y ellos están ocupados.
—De acuerdo —dijo entonces la chica asintiendo con determinación mientras abría la libreta y empezaba a anotar. Fecha en la esquina superior. Título breve. Después una línea horizontal que separaba hechos de suposiciones. Puro método—. ¿Indicios de robo?
—Ninguno. Todo apunta a un asunto personal. Al parecer, había reservado habitación con una mujer.
Sabrina fue anotando todos los detalles que Ramírez iba enumerando. Luego, le pasó el expediente y ella lo hojeó con detenimiento.
—¿Tengo compañero asignado? —preguntó reparando de pronto en una circunstancia en la que no había pensado hasta ese momento.
—Te seré sincero, Metz. Este es un caso menor y en la División estamos bajo mínimos entre enfermedades y vacaciones. Sé que estabas esperando la oportunidad y te la estoy ofreciendo.
—¿Eso significa que me voy a encargar yo sola?
—Sí, eso es lo que significa.
Sabrina dejó escapar un suspiro de alivio mal disimulado. No era para menos. Antes de aquella, había tenido otras dos oportunidades de hacer trabajo de campo y ambas experiencias no habían sido satisfactorias.
La primera de ellas, con el inspector Hargreaves.
Al veterano policía le quedaban dos meses para la jubilación.
Tardó más en colocarse los guantes que en revisar la escena.
«Todo tiene su ritmo», había dicho mientras ella ya había enumerado mentalmente los detalles relevantes de la escena del crimen.
Aquella lentitud le resultaba insoportable.
Después de eso, el subinspector Leandro Lake, quien se había pasado una hora explicándole cómo un homicidio doméstico podía estar vinculado con una red internacional de tráfico de armas. Sabrina había tomado notas por educación, sabiendo que no había nada que sostuviera aquella teoría.
Pero ahora sería diferente. Este sería su caso y no pensaba desaprovechar la ocasión.
—No lo compliques, Metz —le advirtió Ramírez cuando Sabrina se disponía a abandonar su despacho—. Parece bastante claro.
—Entendido —dijo ella mientras cerraba con cuidado.
El hotel Semiramis estaba acordonado cuando llegó.
Dos patrullas en la entrada principal y un grupo reducido de curiosos retenidos a distancia.
Mostró su acreditación y cruzó el vestíbulo y, mientras lo hacía, dirigió la vista a los detalles que consideró relevantes: cámaras, ángulos muertos, accesos a la vista. ..
En el vestíbulo, un agente de uniforme hablaba con un recepcionista. Sabrina se acercó lo justo para escuchar sin interrumpir.
—Subieron juntos —decía el trabajador del hotel—. Él hizo el registro. Ella se quedó un poco atrás.
—¿La reconocería? —preguntó el agente.
—No sabría decirle. Se quedó a cierta distancia. Además, llevaba gafas de sol y una boina sobre la cabeza.
Sabrina anotó en silencio.
Subieron juntos. Identidad femenina sin confirmar.
—Hola, subinspectora —dijo el policía al reparar en su presencia—. Habitación 313.
El agente hizo un gesto con la mano y Sabrina lo acompañó hasta los ascensores. Subieron sin hablar y al llegar a la planta tercera, lo dejó salir primero cuando se abrieron las puertas.
La habitación 313 estaba iluminada con una luz blanca uniforme. Dos técnicos forenses trabajaban ya alrededor del cuerpo. Murdoch yacía sobre la cama, la camisa abierta y el torso cubierto de manchas oscuras que ya empezaban a perder brillo.
Sabrina no se acercó de inmediato. Observó primero la distribución: la puerta, la cama, el baño, la chaqueta de la víctima sobre el respaldo de una silla... Nada fuera de lugar. Demasiado contenido para lo que cabría esperar de una discusión violenta.
Se aproximó finalmente al cadáver.
—Hora estimada de la muerte —preguntó.
—Entre las trece y las catorce —respondió uno de los forenses—. A la espera de confirmación.
Sabrina asintió y tras dedicar un análisis somero al cuerpo, fue hasta la chaqueta del fallecido. Un técnico le indicó que ya había sido revisada superficialmente.
—Hay algo en el bolsillo interior —le dijo.
Sin mediar palabra, el forense fue a por unas pinzas y extrajo un trozo pequeño de papel del interior del bolsillo.
Sabrina lo tomó entre los dedos. Se trataba de una tarjeta profesional.
Vega Baker
Investigaciones Baker
Le dio la vuelta.
HS. 313. 13:00
Escrito a mano. Mayúsculas limpias.
Sabrina sostuvo la tarjeta unos segundos más. No comentó nada. Anotó en la libreta bajo la categoría de hechos.
—Localicen a esta mujer —dijo finalmente—. Quiero saber si conocía al fallecido y cuál era la naturaleza de esa cita.
—¿Cree que es ella? —preguntó el agente.
—De momento no creo nada.
Se acercó a la ventana y observó el exterior. El día seguía igual de radiante. Desde su posición, pudo ver el aparcamiento del hotel. Se giró y volvió a mirar la cama.
Crimen pasional. Eso era lo que parecía. Una cita. Un encuentro. Una discusión. Varias puñaladas.
Encajaba con facilidad.
Y, cuando algo encajaba con demasiada facilidad, prefería comprobarlo dos veces.
—Quiero las grabaciones del vestíbulo y del ascensor —añadió—. Desde una hora antes de la llegada del fallecido. —Giró la cabeza de nuevo hacia la ventana—. Y también las del aparcamiento si las hay. Matrículas, marcas de los vehículos… cualquier cosa que pueda ayudar.
Dicho esto, anotó un par de cosas más en su libreta de cuadros y luego la guardó en el bolsillo interior de su mochila. Miró una última vez a Bastian Murdoch y salió de la habitación 313.
El caso era sencillo.
O eso parecía.