Fugitiva (La monja detective 2) 4
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Se acercó a la cama. Murdoch estaba sobre ella, boca arriba, con los ojos abiertos y la camisa empapada. No parecía haber confusión en la escena, ni signos evidentes de lucha prolongada. O se había visto sorprendido o conocía a la persona que le había hecho eso.

Tal vez esa mujer, su amante.

Tal vez quien la había golpeado a ella en el pasillo.

Porque estaba claro que alguien la había agredido mientras escuchaba frente a la puerta de la habitación. Conforme iba siendo más consciente de la realidad, más segura estaba de esa sombra que había advertido antes de perder la consciencia.

No había entrado por su propio pie, eso estaba claro. Alguien debía haberla arrastrado hasta el punto en el que había despertado.

Esa idea se impuso con claridad. Si había perdido el conocimiento en el pasillo y ahora estaba dentro de la habitación, alguien la había introducido. No por accidente. No por descuido.

La habían colocado allí de manera intencionada.

Fue entonces cuando escuchó ese sonido lejano atravesando el silencio de la habitación. Vega se quedó inmóvil, tratando de identificarlo. Volvió a oírlo con mayor nitidez.

Eran sirenas.

No eran muchas, pero se aproximaban. Miró la puerta. Calculó distancias, tiempos, posibilidades. No sabía cuánto había permanecido inconsciente. No sabía qué más habían tocado, qué habían dejado, qué habían retirado.

Se obligó a pensar con frialdad, a imaginar lo que la policía deduciría cuando irrumpieran en la habitación 313. Porque no era difícil imaginar que esas sirenas que se escuchaban cada vez más cerca, venían directas al hotel Semiramis.

Si la encontraban allí, junto al cadáver, con sangre en las manos y sin una explicación coherente del golpe, no habría margen para nada. Ni para reconstruir, ni para cuestionar, ni para demostrar que aquello era una trampa.

Porque era una trampa. No cabía duda.

No sabía de quién ni por qué, pero no era un hecho fortuito. No había discusión previa, no había forcejeo visible, no había nada que indicara una pelea espontánea. Todo apuntaba a algo rápido y dirigido.

Miró por la ventana y vio los coches de policía a lo lejos, recorriendo la gran avenida en dirección al hotel.

No le quedaba mucho tiempo.

Se dirigió al baño y abrió el grifo. Se lavó las manos con movimientos firmes, sin perder tiempo en exceso.

No intentaba borrar pruebas; intentaba no parecer recién salida de una carnicería.

Se miró en el espejo. Tenía el cabello desordenado y el rostro pálido, pero lo que más la inquietó fue la expresión: desconcierto mezclado con una lucidez incómoda.

Cerró el grifo, salió de nuevo al dormitorio y miró por última vez el cuerpo de Murdoch. No sentía miedo por lo que pudiera pasar sino por la certeza de que alguien había anticipado cada uno de sus movimientos.

Se acercó a la puerta, la abrió con cautela y asomó la cabeza al pasillo. Vacío.

No utilizó el ascensor. Se dirigió hacia las escaleras y descendió sin correr, apoyándose en la barandilla para mantener el equilibrio. En la tercera planta oyó voces. Órdenes breves. La policía ya estaba allí.

Continuó bajando.

Salió por una puerta lateral que daba a un aparcamiento secundario y caminó tratando de aparentar normalidad. Desde allí se veían las luces azules reflejándose en la fachada principal del Semiramis.

Para entonces, tenía claro que no iba a poder llegar hasta su coche.

El dispositivo policial ya se había desplegado y había agentes por todas partes.

Soltó un bufido de fastidio. No ya porque tuviera que huir a pie, sino porque el vehículo abandonado en el aparcamiento principal confirmaría su presencia en el hotel cuando se iniciara la investigación.

Se alejó caminando con paso firme hasta la avenida más cercana y levantó la mano para detener un taxi.

No dio la dirección de su casa. De momento le interesaba poner distancia entre el hotel y ella.

Entre la escena de un crimen y la posibilidad de ser incriminada en ese mismo momento, sin posibilidad de defenderse.

Durante el trayecto mantuvo la vista baja, con la intención de que el conductor del vehículo no se quedara con su cara.

—Pare aquí —dijo Vega cuando pasaban por delante de Balisne, un de los barrios humildes de la ciudad. Si necesitaba discreción ese era el lugar indicado.

Pagó, descendió y caminó durante un rato hasta que vio una tienda de artículos económicos. Compró unas gafas de sol y una gorra y regresó a la calle. Al poco, entró una pensión de mala muerte. Reservó una habitación y usó efectivo.

El habitáculo por el que acaba de pagar 55 liberios daba pena pero le daba la discreción que necesitaba. Se sentó sobre la cama y respiró con fuerza para recuperar el aire que no se había atrevido a respirar desde que salió del Semiramis. Luego, sacó el móvil.

Dudó unos segundos antes de marcar el número.

Argus respondió al segundo tono.

—¿Dónde estás?

No había alarma en su voz, solo tensión.

—En un lugar seguro —dijo ella—. Necesito que me escuches sin interrumpirme.

Le relató lo esencial, sin adornos: la vigilancia, la subida al hotel, el golpe, el despertar junto al cadáver, las sirenas.

Al otro lado se hizo un silencio prolongado.

—¿Te has ido ya de allí? —preguntó él finalmente.

—Sí.

La respuesta tardó en llegar.

—Vega, si estabas en la escena de un homicidio y te has marchado, has cometido un error muy grave.

—Me golpearon —replicó ella—. Perdí el conocimiento en el pasillo. Alguien me metió en esa habitación. Cuando desperté, él ya estaba muerto.

—Eso tendrás que explicarlo en una comisaría, no por teléfono.

—Si me presento ahora mismo, sin entender qué han hecho ellos ni qué han dejado allí, llevo las de perder. Lo sabes tan bien como yo.

—¿Ellos?

—Quien haya decidido colocarme en esa habitación. Quien haya decidido tenderme una trampa.

Argus hizo una pausa y luego volvió a hablar con impaciencia contenida.

—Lo que importa es que había un cadáver y tú estabas dentro. No puedes desaparecer después de eso. Entiéndelo. La única forma de limpiar tu nombre es colaborar desde el principio.

—Colaboraré —dijo ella—. Pero antes necesito contar con ciertas garantías.

—No puedes manejar esto sola.

—No pienso hacerlo.

Hubo otro silencio. Esta vez más breve.

—Entrégate mañana a primera hora —insistió él—. Te acompañaré. Pero no te escondas. Eso solo empeorará las cosas.

Vega cerró los ojos un instante.

—Si mañana todo apunta hacia mí, no habrá nada que limpiar. Necesito unas horas.

—Vega…

Colgó antes de que terminara la frase.

Se tumbó sobre la cama, con el teléfono todavía en la mano. No sabía qué pruebas habían colocado ni qué rastros habían fabricado. Solo sabía que, si habían sido capaces de anticipar su presencia en aquel hotel, quien estuviera detrás la conocía lo suficiente como para no dejar cabos sueltos.

Alzó la vista hacia el techo amarillento de la habitación y trató de buscar algo que no encajara.

Nada. Había actuado como debía, siguiendo el procedimiento.

Alguien había decidido escribir el final antes de que ella supiera que formaba parte de la historia.

Ignoraba quién e ignoraba qué le había hecho a ese alguien, pero lo que sí sabía es que no pensaba permitirlo.