Fugitiva (La monja detective 2) 3
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El tercer día de vigilancia confirmó lo que ya intuía, aunque no de la manera en que esperaba.

Murdoch, lejos de tomar el camino de la biblioteca, se montó en un autobús y Vega, segura de dónde se dirigía, subió a su vehículo y condujo camino del hotel Semiramis. Eso le permitió llegar antes y apostarse en el amplio vestíbulo a esperar su llegada.

El escritor entró primero y la mujer lo hizo poco después.

Vega no necesitó acercarse demasiado. La complicidad era ahora evidente entre los dos.

Murdoch se acercó a recepción para hacer el check in .

La mujer prefirió mantenerse a cierta distancia, actitud que a Vega le pareció lógica.

Trataba de mantener a salvo su identidad.

Por eso no se había quitado, con toda probabilidad, ni las gafas de sol, ni la boina ni tampoco el abrigo negro, a pesar del calor que hacía en el vestíbulo.

La observó por un momento y volvió a notar cierto aire de familiaridad en ella, como ya le había sucedido el día anterior en la cafetería.

Luego, Murdoch y ella se encaminaron hacia los ascensores y, mientras lo hacían, no paraban de darse caricias sin ningún disimulo, sin preocuparse por quién pudiera verlos.

Pero Vega sí los veía.

Hizo algunas fotos con el móvil y luego los vio desaparecer dentro del ascensor. Observó el panel digital sobre las puertas para confirmar lo que ya sabía: el aparato se había detenido en la tercera planta.

Tenía evidencias, pero no era suficiente.

Necesitaba algo más que darle a Laura Murdoch, necesitaba algo mucho más explícito y eso significaba, entre otras cosas, correr algunos riesgos.

Tras dejar que pasaran unos minutos más, se dirigió también hacia los ascensores con paso decidido.

Pulsó el botón. Las puertas se abrieron con suavidad y entró sola.

El trayecto hasta la tercera planta duró apenas unos segundos, pero una sensación de incomodidad se había apoderado de ella. La impresión de ser continuamente observada seguía ahí pero se había acentuado desde que había puesto un pie en el vestíbulo del Semiramis.

Las puertas se abrieron y accedió a un pasillo alfombrado y silencioso. La recibió esa iluminación tenue tan característica en casi todos los hoteles. A un lado y otro, se repartían puertas idénticas de un blanco inmaculado.

A pesar de que su exhaustivo análisis previo le había confirmado que no había presencia de cámaras en los pasillos superiores, Vega avanzó despacio, fingiendo buscar su propia habitación.

Encontró la 313 sin dificultad. No porque estuviera marcada de manera especial, sino porque el murmullo que se filtraba desde dentro era extraño, más grave que el rumor de una televisión o una conversación normal.

Era un sonido apagado, irregular. Vega se detuvo a un par de pasos, lo justo para no parecer pegada a la puerta.

Miró a un lado y otro del pasillo para asegurarse de que no había nadie y luego acercó el oído todo cuanto pudo.

Escuchó algo que no supo interpretar al instante: una respiración entrecortada, un golpe sordo, un crujido breve que pudo ser un mueble…

o algo más. No se escuchaban risas. Tampoco palabras claras.

Y, por primera vez desde que empezó la vigilancia, un pensamiento le atravesó la mente con una frialdad que no admitía réplica.

Aquello no sonaba a una cita.

Se obligó a apartarse, a tomar aire, a no precipitarse.

Sacó el móvil y fingió revisar un mensaje, aunque la pantalla estaba en negro.

La lógica le decía que no tenía nada que hacer allí, que no era su caso, que solo necesitaba pruebas y no una escena.

Pero el oficio le había enseñado que los malos presagios, cuando se ignoran, suelen terminar mal.

Se giró con intención de alejarse de aquella puerta, de buscar las escaleras y bajar. Fue un movimiento mínimo. Lo suficiente para ver, por el rabillo del ojo, una sombra que se despegaba de la pared de enfrente.

No tuvo tiempo de reaccionar.

Sintió un impacto seco en la parte posterior de la cabeza.

Solo necesitó un segundo para comprender lo que pasaba, pero no fue suficiente.

Intentó agarrarse a algo, a la pared, al aire, a su propia voluntad, pero los dedos no obedecieron.

Lo último que vio fue la moqueta del suelo acercándose peligrosamente hacia ella.

Luego, nada.

Cuando volvió en sí, no supo cuánto tiempo había pasado.

Abrió los ojos con esfuerzo, como si las pestañas pesaran.

La luz le resultó demasiado intensa, aunque fuera tenue.

Notó la mejilla pegada a la alfombra, la garganta seca, un dolor punzante en la nuca que parecía latir con incómoda insistencia.

Intentó incorporarse pero todo le daba vueltas.

Se quedó un instante quieta, respirando despacio, esperando a que la realidad dejara de moverse.

Se arrastró con gran dificultad hasta la pared más cercana y consiguió incorporarse lo suficiente como para tratar de centrarse. Solo entonces comprendió que ya no estaba en el pasillo de la planta tres del hotel Semiramis.

Levantó la cabeza unos centímetros y lo vio sobre la cama.

Murdoch estaba a pocos metros, tumbado boca arriba, con los ojos abiertos en una expresión vacía que ya no era humana.

La sangre manchaba la ropa, la cama, el suelo.

Había demasiado rojo para que la mente pudiera negarlo.

Vega tragó saliva y no le llegó aire a los pulmones.

Quiso apartar la mirada y no pudo. Quiso entender y el cuerpo se le adelantó al pensamiento.

Estaba en la habitación 313.

Y Bastian Murdoch estaba allí con ella. Muerto.