Fugitiva (La monja detective 2) 2
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El primer día de seguimiento no ofreció nada que justificara la inquietud de Laura.

Bastian Murdoch salió de su edificio a las nueve, exactamente a la misma hora que figuraba en la breve rutina que ella le había descrito.

Caminó hasta la biblioteca donde decía acudir para recabar información, permaneció allí parte de la mañana y salió poco antes de las doce para almorzar en un restaurante cercano.

Comió solo mientras tomaba apuntes en una libreta.

Vega lo observaba desde una mesa lateral sin llamar la atención. Si algo le había enseñado el oficio era que la mejor manera de pasar desapercibida no se lograba ocultándose, sino pareciendo parte del entorno.

La vigilancia de ese día solo le sirvió para ver en Murdoch un hombre corriente haciendo cosas de hombre corriente. Tal certeza no le permitió sacar ninguna conclusión. Las primeras impresiones no sirven para nada y, en este caso, esa máxima se había cumplido a rajatabla.

El segundo día fue ligeramente distinto.

Como el anterior, a media mañana, Murdoch abandonó la biblioteca donde había estado encerrado hasta entonces y caminó hasta una cafetería situada en una plaza discreta, lejos del bullicio principal.

Eligió una mesa exterior. Pidió un café y se acomodó en la silla.

Miraba el reloj con intervalos regulares, como si esperara a alguien.

Vega se instaló en el interior del local, desde donde podía observarlo a través del cristal sin exponerse directamente.

Al poco, apareció una mujer y se sentó a su lado.

Treinta y pocos años. Cuerpo menudo. Cabello castaño recogido con descuido, gesto sereno.

Se saludaron con una cordialidad contenida que, para cualquiera que pasara por allí, habría parecido profesional.

Sin embargo, hubo algo en la manera en que ella tomó asiento —la rectitud de la espalda, el modo de cruzar las piernas, la forma de apartarse un mechón de la cara antes de escuchar— que provocó en Vega una sensación difícil de precisar, como si aquella escena le resultara vagamente familiar.

Y dicha sensación le provocó un ligero estremecimiento.

Murdoch se inclinó hacia ella más de lo necesario y la mujer acogió el gesto con naturalidad, sin incomodidad ni sorpresa. De cuando en cuando, sus rodillas se rozaban bajo la mesa con una familiaridad apenas perceptible para quien no estuviera mirando con atención.

Vega trató de sacudirse la incomodidad que le había provocado la recién llegada.

Salió del local con naturalidad y ocupó una de las mesas vacías de la terraza.

Lo suficientemente cerca como para poder escuchar, sino toda la conversación, al menos sí algunos retazos que le llegaban cuando el murmullo urbano no interfería.

—…aquí no…

—…mañana es mejor…

—…más discreto…

Murdoch bajó la voz pero Vega pudo escuchar las palabras que necesitaba, pronunciadas por la mujer casi en susurro:

—…Semiramis.

—...habitación 313.

El escritor asintió complacido y luego la mujer se puso en pie. No hubo beso ni despedida efusiva. Solo dos personas que intentan evitar cualquier exceso innecesario en mitad de la calle.

Esa tarde, Vega la dedicó a analizar el Semiramis, un hotel de cuatro estrellas situado a las afueras de la ciudad. Los accesos, el aparcamiento, las zonas comunes… cualquier aspecto que redujera la improvisación al mínimo.

Antes de regresar a casa, decidió pasar por la tienda de Laura para ponerla al día de sus avances.

—No esperaba verla tan pronto —dijo ella, intentando sonreír.

—Solo quería confirmar algunos detalles. Eso, e informarle de que su marido se ha visto hoy con una mujer, pero todavía no puedo confirmarle que se trate de una amante. Con toda seguridad, mañana tendré material suficiente para confirmar o desmentir sus sospechas.

Laura negó con la cabeza, pero su mirada se detuvo un instante más de lo habitual en Vega. La recorrió de arriba abajo antes de hablar.

—¿Por qué cree que los hombres actúan de ese modo? —preguntó de repente.

—No sabría qué decirle —respondió Vega con calma—. He visto tantas cosas en este maldito oficio que nada puede sorprenderme ya. Y, en la mayoría de los casos, no hay un motivo detrás, simplemente sucede.

La expresión en la cara de Laura no le dejó claro a la detective si su respuesta, neutra sin duda, le había resultado satisfactoria. Ni siquiera si estaba de acuerdo con ella. Se limitó a asentir y Vega decidió que había llegado el momento de marcharse.

Fue a su apartamento. Se duchó, se vistió y se preparó para la cena que tenía con Argus.

Lo cierto es que estaba cansada y habría preferido quedarse tapada con la manta en el sofá mientras veía alguna película, pero el acuerdo al que había llegado con él de llevar su relación poco a poco obligaba a dar pasos en ese sentido y aquella cita era uno de ellos.

Al descender las escaleras de caracol, se encontró a Conrad detrás de su mostrador, revisando papeles. Como siempre.

Acabaría de cerrar y el establecimiento estaba casi en penumbras. Conrad levantó la vista desde el mostrador y esbozó una sonrisa que no intentaba esconder la curiosidad.

—Estás espectacular —dijo mientras se quitaba las gafas—. No sabía que ese policía tan estirado se mereciera tanto.

—Muy gracioso—respondió Vega, acercándose al mostrador—. ¿Y Talía?

—La he mandado a comprar algo de cena.

—¿Sabes que no es tu esclava, verdad?

Conrad se encogió de hombros con gesto despreocupado.

—Tú fuiste la que se empeñó en que viviera con nosotros. Yo solo la enseño a vivir la vida.

—Ya —dijo Vega con expresión distraída.

—¿Qué hay del trabajo?

—Ya sabes, lo de siempre. Vigilancia, archivos, documentación…

—Eso suena menos emocionante de lo que debería.

—Es que lo es. —Vega se quedó pensativa y luego preguntó de golpe, como si le acabara de venir una idea a la mente—. ¿Conoces a Bastian Murdoch?

—¿El escritor? Claro que lo conozco. He leído sus dos últimas novelas.

No escribe mal pero es meticuloso en exceso.

Algo frío diría yo. En mi opinión, si escribiera más con las vísceras le iría mejor porque no vende mucho.

Eso sí, no suele dejar cabos sueltos ni escenas abiertas, lo cual es de agradecer.

Vega frunció el ceño.

—No te había pedido un informe editorial completo.

—Ya sabes que no tengo término medio para esas cosas. Pero, ¿por qué me preguntas por él?

—Oh, por nada —Vega le quitó importancia con un gesto de la mano—. Digamos que, ahora mismo, me interesa más su vida que su obra.

Dicho esto, la chica se puso la chaqueta y se giró dispuesta a marcharse.

—Pues lleva cuidado —le advirtió Conrad guiñándole un ojo cuando ella se dirigía hacia la puerta—. Los escritores no son gente de fiar.

—Es solo trabajo.

—Siempre dices eso.

Al salir a la calle, Vega sintió una leve presión en la base del cuello, como si alguien la observara.

Se detuvo unos segundos y recorrió la acera con la mirada.

No vio nada fuera de lo normal. Personas caminando con prisa.

Una pareja discutiendo en voz baja. Un hombre apoyado en una farola consultando el teléfono.

Nada que justificara la sensación.

Aun así, no consiguió que desapareciera durante el resto de la noche.

Ya en la cena, Vega estuvo poco habladora. Escuchaba más de lo habitual y, en un par de ocasiones, miró por encima del hombro de Argus hacia el resto del restaurante con una atención que no parecía casual.

—¿Te ocurre algo? —preguntó él. Estaba molesto, era evidente, pero trataba de que no se le notara.

Ella dudó un segundo antes de responder.

—Puede que sea deformación profesional, pero desde hace unos días tengo la sensación de que alguien me vigila.

—Supongo que el caso de los Custodes nos ha afectado más de lo que pensábamos —argumentó el policía restándole importancia.

—Tal vez sea eso —dijo ella con un suspiro mientras intentaba volver a la cena.

Esa misma noche, cuando regresó a casa, revisó de nuevo el perfil de Murdoch. No encontró antecedentes relevantes. Ni siquiera una multa de tráfico. Era un ciudadano modelo que, no obstante, puede que no lo fuera tanto.

Y, si tenía algo que ocultar, ella se encargaría de sacarlo a la luz.