Fugitiva (La monja detective 2) 1
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La pantalla del ordenador proyectaba una luz fría sobre la mesa despejada de la oficina. Vega llevaba más de una hora revisando los mismos documentos sin obtener nada distinto de lo que ya sabía: Nadia Minsk no existía en ningún registro accesible. Al menos, no con ese nombre.

La ficha de ingreso en Santa Rosalía estaba completa. Demasiado completa para no conducir a nada.

Vega la había revisado tantas veces que conocía el orden exacto de los campos sin necesidad de mirarlos: nombre completo, fecha y lugar de nacimiento, nacionalidad, nombres de los padres, dirección anterior al ingreso, parroquia de procedencia, nivel de estudios, fecha de bautismo.

Todo encajaba con una normalidad casi irritante.

Nadia Minsk, nacida en una ciudad del este europeo, hija de Sergei y Tatiana Minsk, residente durante varios años en el País por motivos laborales del padre.

No había tachaduras, ni añadidos sospechosos, ni inconsistencias evidentes.

La documentación aportada en su momento figuraba en el expediente como válida.

Nada falso. Nada oculto.

Nada útil.

Había pasado un año desde que sor Eloísa le revelara la verdad sobre sus orígenes, y en ese tiempo Vega había agotado todas las vías razonables.

Había visitado el pueblo al norte del que le hablaron, un lugar pequeño donde todavía recordaban vagamente a «la familia extranjera» que vivió un tiempo allí.

Gente discreta que regresó a su país cuando terminó el contrato del padre.

Había intentado rastrear a Natasha, la hermana menor que figuraba en la ficha conventual como familiar directo.

El único miembro de los Minsk que se había quedado en el País.

Nombre completo. Fecha de nacimiento. Incluso un número de teléfono antiguo que ya no existía.

Durante semanas cruzó registros civiles, matrimonios, posibles cambios de apellido. Nada.

Incluso echó mano de Argus para que le ayudara a indagar en su país de origen, pero el camino se volvía difuso a partir de ahí. Un gobierno opaco poco dispuesto a abrir archivos igual de opacos.

Se reclinó ligeramente en la silla y observó el techo durante unos segundos.

No le molestaba trabajar con incertidumbres; formaba parte del oficio.

Lo que la inquietaba era la sensación de estar siempre un paso por detrás de una historia que se había cerrado antes de que ella supiera que formaba parte de ella.

El teléfono vibró sobre la mesa, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Miró la pantalla para comprobar que se trataba de Argus.

Respondió sin demora.

—Imagino que no llamas para darme un dato trascendental sobre Nadia Minsk —dijo, acomodando el brazo libre por detrás de la nuca.

—¿Todavía sigues con eso? —contestó Argus con un tono que oscilaba entre el cansancio y la ironía—. Creía que habías dicho que ese asunto era un callejón sin salida.

—Sí, sí que lo dije, pero eso fue antes de que me muriera de aburrimiento. Llevo semanas sin que entre ningún trabajo y no me apetece bajar a la librería. Talía y Conrad siempre andan discutiendo. Jamás imaginé que esa cría pudiera tener tanto carácter.

—Fíate tú de las mosquitas muertas —coincidió Argus con tono irónico—. En realidad llamaba para confirmar nuestra cena de mañana.

—No se preocupe usted, señor Subdirector General de Operaciones Especiales, no pienso dejarlo plantado. —Esta vez era Vega la que tiraba de ironía.

—Eso espero. También llamaba para contarte las últimas novedades de la «Operación Custodes», aunque no sea mucho.

—Soy toda oídos.

—Avanzamos, más lento de lo que querríamos, pero avanzamos. Algunos de los implicados están colaborando, otros no tanto. Lo habitual.

—¿Crees que ocultan algo?

—No es tanto lo que ocultan como lo que evitan. Hay preguntas que responden con excesiva rapidez y otras que prefieren no oír. Cuando insistimos en ciertos movimientos de fondos, en determinadas decisiones estratégicas, el ambiente cambia.

Vega permaneció en silencio unos segundos, procesando la información.

—¿Lealtad?

—No exactamente. La lealtad suele ser orgullosa. Esto es… otra cosa.

—¿Miedo?

Argus tardó un instante en contestar.

—No tengo pruebas de nada. Solo intuiciones.

—Las intuiciones no surgen de la nada.

—Ni tú ni yo trabajamos con fantasmas, Vega. Ignoro si hay alguien por ahí que no estaba en la lista. Ignoro si existe una persona o varias por encima de toda esta gente a la que hemos detenido. Lo que sí sé es que no me gusta demasiado el cariz que está tomando la investigación.

Esta última frase quedó suspendida entre ambos y Vega dejó escapar un suspiro.

Necesitaba que aquel asunto quedara definitivamente cerrado.

Por ella y también por la memoria de la hermana Ángela, víctima principal del hallazgo del Códex Execratio .

Sin embargo, dicho asunto seguía presente en su vida.

—¿Eso es todo? —preguntó con un punto de decepción en su voz.

—Por el momento sí.

Se produjo un silencio al otro lado de la línea. Estaba claro que Argus quería decir algo delicado pero no se atrevía a hacerlo.

—¿Nos vemos entonces mañana por la noche? —preguntó en su lugar.

Vega asintió con la cabeza aunque él no pudiera verla.

—Está bien… —El policía volvió a dudar—. En mi opinión, deberías dedicar tu mente a otras cuestiones más sanas. No conviene que todo tu tiempo esté dedicado a… archivos muertos.

Dicho esto, Argus se despidió y colgó. Vega dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a mirar la pantalla. «Archivos muertos». La expresión le resultaba inapropiada. No estaba segura de que aquello estuviera muerto.

Cerró la carpeta con rabia y la guardó en el cajón. Le había molestado el comentario de Argus. No porque fuera inapropiado, sino porque sabía que tenía razón. Y, sin embargo, necesitaba aferrarse a una posibilidad que, según como ella lo veía, todavía respiraba aunque lo hiciera débilmente.

Fue entonces cuando escuchó los pasos en el pasillo y, casi de inmediato, un golpe contenido en la puerta.

—Adelante.

La mujer que abrió lo hizo con las mismas dudas con las que entraba todo el mundo en aquel desván reconvertido en agencia de detectives.

Llevaba un abrigo largo abotonado hasta el cuello pese a que hacía calor.

Tendría poco más de cuarenta años. Su expresión no era la de alguien acostumbrado a pedir ayuda, sino la de quien se ha convencido de que ya no tiene alternativa.

—¿Es usted Vega Baker? —preguntó sin decidirse a ocupar la silla que tenía delante.

—Pues o soy ella o su secretaria. Y este no parece un lugar con categoría como para que haya una secretaria, ¿no cree?

La mujer esbozó una sonrisa breve, nerviosa. Con toda seguridad, no había pillado la ironía, así que Vega le hizo un gesto para que se sentara.

—Me llamo Laura Murdoch. Necesito contratar sus servicios —dijo sin rodeos.

—De acuerdo. Dígame en qué puedo ayudarla.

La mujer miró a su alrededor, como temiendo ser escuchada, como si creyera que estaba haciendo algo malo. Vega sintió cierta lástima por ella.

—Creo que mi marido me es infiel —se atrevió finalmente.

La detective tomó un bolígrafo y su cuaderno de notas y se inclinó un poco hacia delante.

—¿Lo cree o lo sabe?

—Lo sospecho. Y necesito saberlo con certeza.

—¿Qué le hace sospechar?

Laura volvió a mirar a todos lados, como si buscara fantasmas en el reducido espacio que formaba la oficina.

—Hace unos días una mujer se me acercó por la calle.

No la conocía de nada. Me llamó por mi nombre, lo cual ya me pareció inquietante, y me dijo que mi marido no era quien yo creía.

Que había mantenido una relación con él.

Que no era la única amante. No gritó ni montó una escena; habló en voz baja, casi con serenidad.

Antes de irse, añadió algo más: que entendía que no la creyese pero que solo tenía que buscar pruebas.

Entonces me dio un nombre, el suyo. Vega Baker.

Dijo que usted era la única que podía dar por ciertas sus palabras.

Vega no interrumpió.

—No le hice caso —continuó Laura—. Me pareció una desquiciada o alguien que quería hacer daño. Pero esa misma tarde empecé a fijarme en cosas que antes no veía. Los horarios. Las excusas repetidas. El modo en que evitaba mirarme cuando hablábamos de su trabajo.

Respiró hondo antes de seguir.

—Un día dijo que iba a la biblioteca. Lo seguí. Tomó el camino correcto, así que por un momento pensé que me estaba volviendo una paranoica. Pero pocos días después noté un olor diferente en su chaqueta, un perfume que no era suyo, un perfume femenino.

Laura bajó la vista, como si se sintiera avergonzada al decir aquellas palabras en voz alta.

—Puede no significar nada pero también puede significar algo.

Ese es el problema. —En ese instante, la mujer levantó la vista—.

Pero si me enfrento a él sin pruebas y me niega todo, lo único que conseguiré será que sea más cuidadoso o que se marche.

Y yo necesito saber la verdad antes de dar un paso que no tiene vuelta atrás.

Vega no dijo nada mientras la mujer exponía sus argumentos. Había escuchado testimonios parecidos muchas veces antes. Sin embargo, había algo en el modo en que Laura hablaba que no era puramente emocional.

—¿Ha dicho que su marido pasa muchas horas en la biblioteca? —preguntó—. ¿A qué se dedica?

—Es escritor. —La palabra quedó suspendida en el aire unos segundos—. No es que sea famoso… pero al menos vive de ello.

Vega tomó la libreta y anotó el nombre del marido cuando la mujer lo pronunció. Bastian Murdoch. El nombre le resultaba vagamente familiar, pero no lo identificó de inmediato.

—¿Hay algo más? —preguntó de nuevo sin levantar la vista de la libreta.

—Si me equivoco, destruiré mi matrimonio por nada. Y si tengo razón… necesito pruebas. No puedo permitirme actuar solo por intuición.

Vega la miró con gesto tranquilo.

—No debe preocuparse —le aseguró—. Seré discreta. Tanto si tiene razón en sus sospechas como si no, su marido nunca llegará a saber que lo he seguido.

La mujer asintió algo más convencida.

—Necesito que me facilite detalles concretos. Rutinas, horarios, cualquier cambio reciente en su comportamiento.

Mientras Laura comenzaba a hablar, Vega sintió que el día se desplazaba, casi imperceptiblemente, hacia otro terreno. Había empezado revisando un pasado borroso y terminaba aceptando un caso aparentemente trivial.

Argus le había reprochado que perdiera su tiempo en «archivos muertos».

Tal vez había llegado el momento de regresar con los vivos.