Fugitiva (La monja detective 2)
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PRÓLOGO
Admiraba a Marcel Proust desde que leyera sus obras en la juventud. A partir de entonces había querido parecerse a él, pero solo lo había conseguido en cuanto a sus rutinas. Como él, escribía medio tumbado. Como él, se alimentaba prácticamente de café. Y, como él, prefería la noche para trabajar.
No era un autor desconocido, pero tampoco uno de esos nombres que llenaban auditorios.
Vivía en ese territorio ambiguo de quienes han publicado lo suficiente como para ser respetados y lo bastante poco como para necesitar el siguiente contrato.
En lo demás, se había convertido en un mercenario de la escritura que aceptaba encargos para pagar las facturas.
Y aquel encargo parecía imposible de rechazar.
El correo electrónico llegó un martes a las seis y trece de la mañana, cuando la ciudad todavía no había terminado de desperezarse.
Se disponía a descansar un poco tras estar corrigiendo de manera compulsiva el tercer capítulo de una novela que no terminaba de convencerle cuando el móvil le avisó de que le había entrado un mensaje.
El asunto era escueto: Propuesta de colaboración privada .
Lo habría archivado sin leerlo de no haber sido por la cifra que aparecía en el cuerpo del texto.
No estaba acompañada de explicaciones, ni de biografía editorial, ni de elogios exagerados.
Solo una suma concreta, seguida de una frase igualmente concreta: A cambio de la redacción de una obra de ficción ajustada a las directrices que se adjuntan .
Abrió el documento por curiosidad profesional. Lo terminó de leer por interés económico.
El encargo no era una novela al uso. Se le proporcionaba una estructura básica, una serie de temas que debían abordarse —culpa, responsabilidad, pérdida de control, reputación— y, lo que resultaba más desconcertante, perfiles psicológicos extremadamente detallados de dos personajes que no parecían fruto de la imaginación, sino de una observación minuciosa.
Había fechas, episodios inusuales, decisiones que rozaban lo íntimo.
No se mencionaban nombres reales, pero el grado de precisión no era habitual en un simple proyecto de ficción.
Releyó el documento, esta vez más despacio. El encargo exigía discreción absoluta y establecía plazos estrictos. No se permitían entrevistas ni consultas externas. Tampoco se contemplaba la publicación bajo su nombre, aunque se le garantizaba la cesión íntegra de derechos mediante contrato privado.
Hasta ahí, todo podía justificarse como excentricidad de un cliente adinerado. Lo verdaderamente extraño aparecía en el último apartado.
El desenlace quedará pendiente de instrucciones posteriores.
Frunció el ceño. Aquello no era una sugerencia estilística. Estaba redactado como una cláusula contractual.
Respondió al correo solicitando aclaraciones.
No preguntó por la identidad del cliente; sabía que no obtendría respuesta.
Se limitó a formular la cuestión que le parecía profesionalmente inevitable: si la obra debía desarrollarse con coherencia interna, necesitaba conocer el arco final de los personajes.
La contestación llegó menos de una hora después.
El final se discutirá más adelante.
No había firma. Solo una dirección de correo que no remitía a ninguna entidad reconocible.
El escritor permaneció unos segundos con la vista fija en la pantalla. No era la primera vez que aceptaba un trabajo por encargo, pero sí la primera en la que alguien parecía interesado en apropiarse del desenlace antes incluso de que la historia hubiera empezado a escribirse.
Cerró el portátil y fue a la cocina para servirse su quinto café de la noche. A través de la ventana fue testigo del lento despertar del barrio. Comenzaba a clarear y el tráfico resucitaba en la calle. El mundo despertaba y él estaba a punto de irse a dormir.
Repasó una vez más el contenido del correo, esta vez en el móvil, y se sintió asaltado por la incómoda impresión de que el encargo no consistía en escribir una novela, sino en construir una estructura que otros habrían de habitar.
En ese instante, el teléfono volvió a sonar, esta vez procedente de la aplicación de su banco.
La abrió para constatar que había recibido una transferencia de tres mil liberios en concepto de anticipo desde un emisor sin determinar.
No había nombre, ni referencia, ni pista alguna: solo la cifra exacta brillando en la pantalla.
Como prueba de confianza , le escribió el misterioso cliente en un nuevo correo.
El escritor todavía se debatió durante un rato para terminar aceptando.
No por ambición literaria, sino por una mezcla de curiosidad y necesidad. La cifra seguía resultándole difícil de ignorar. Además, había algo intelectualmente estimulante en la idea de diseñar una ficción sabiendo que su conclusión era todavía un interrogante por resolver.
Durante las semanas siguientes trabajó con una disciplina casi metódica.
Los personajes cobraron forma con sorprendente facilidad.
No necesitó inventar demasiado; las directrices eran precisas, casi clínicas.
El hombre arrastraba un pasado que había puesto en cuestión su equilibrio.
La mujer parecía vivir sostenida por una convicción férrea de control.
Ambos orbitaban alrededor de un episodio que ninguno de los dos había logrado cerrar del todo.
A veces, mientras escribía, se preguntaba hasta qué punto aquellas biografías eran pura invención. Había detalles —gestos, reacciones, pequeños matices de lenguaje— que no podían deberse a la ficción o a la improvisación.
Cuando terminó el penúltimo capítulo, dudó unos minutos antes de abrir un nuevo documento. Sabía cómo podría concluir la historia. Había imaginado varias posibilidades. Podría ofrecer redención, o castigo, o una revelación inesperada. Pero recordó la cláusula.
El final se discutirá más adelante.
Guardó el archivo sin añadir una sola línea más y luego lo imprimió. Lo había corregido decenas de veces durante el proceso de escritura, pero siempre le tranquilizaba hacerlo una vez más en el papel. Decía que siempre se ve de manera diferente cuando el texto no está en la pantalla del ordenador.
Esa misma noche envió el manuscrito, acompañado de un mensaje breve y profesional en el que indicaba que la obra se encontraba completa conforme a las condiciones establecidas.
La respuesta llegó de inmediato.
Recibido.
Nada más.
Decidió dormir un poco, aunque estuviera alterado. De hecho, tuvo un sueño inquieto en el que se sentía el protagonista de su propia novela viviendo una historia a la que faltaba su último capítulo.