Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

—Por supuesto que lo sabía, milady —respondió la anciana.

La miró por encima de los cristales—. Su acento de Yorkshire fue una ofensa al oído humano.

Además, el lodo no oculta la seda francesa ni las botas de cuero a medida.

Solo un idiota confundiría a un noble londinense con un comerciante accidentado.

Y yo no administro esta posada desde hace treinta años por ser idiota.

Brett soltó una risa ronca. Metió la mano en el bolsillo de su chaleco.

—Tiene usted toda la razón. Le pido disculpas por el mal teatro.

—Debería pedir disculpas por el dolor de cabeza que me dio escucharlos mentir tan mal.

—Prometo compensarla. —Brett sacó un par de monedas de oro y las deslizó sobre la madera—. Necesitamos una habitación, la mejor que tenga. Esta vez no huimos, se lo prometo. Venimos de Gretna Green y estamos legalmente casados.

La mujer tomó las monedas. Las hizo tintinear en el bolsillo de su delantal con evidente satisfacción.

—Felicidades. Me alegra saber que regularizaron su situación. La última vez estaban tan asustados que la tensión en la habitación cuatro casi hace saltar las bisagras de la puerta.

Las mejillas de Joyce se encendieron. El rubor le cubrió el rostro entero.

—No estábamos asustados —se defendió ella de inmediato.

—Claro que no. —La posadera asintió con sarcasmo—. Por eso el vizconde pasó la noche en el mostrador bebiendo mi mejor whisky mientras usted tomaba un baño en soledad. Pura valentía.

Brett se aclaró la garganta. Su propio rostro se tiñó de un ligero color rojo.

—Fue una noche complicada.

—Espero que esta noche sea más sencilla para ambos. —La anciana se dio la vuelta. Descolgó una llave pesada del panel de madera—. Les daré la habitación principal. La cama es de caoba. Los colchones son de plumas de verdad. No de paja. Y la puerta tiene un cerrojo nuevo.

—Suena perfecto —dijo Brett. Tomó la llave.

—Les enviaré una cena fría y una botella de vino.

Esperaba que en esa ocasión hicieran un verdadero uso de la cama, no había nada más decepcionante que limpiar sábanas impecables luego de que en ellas pasara la noche una de las parejas más bellas que había visto en su vida.

¿Tanto habían tardado en darse cuenta de que eran el uno para el otro?, pff.

Joyce dio media vuelta y caminó hacia las escaleras con pasos rápidos. Necesitaba escapar de la mirada perspicaz de la mujer.

Brett agradeció a la posadera con una inclinación de cabeza. Siguió a su esposa por los escalones de madera.

La habitación principal era, en efecto, mucho más lujosa que la pequeña alcoba número cuatro. Una gran cama con dosel dominaba el centro del cuarto. Una chimenea pequeña ya tenía los leños encendidos. El fuego proyectaba sombras danzantes en las paredes empapeladas.

Joyce se detuvo en el centro de la alfombra. El bochorno del vestíbulo dio paso a un nerviosismo distinto. Un cosquilleo cálido le recorrió la columna vertebral. Estaban solos. Casados de verdad. Ya no había duques, ni cartas amenazantes, ni excusas.

Escuchó el sonido metálico del cerrojo. Brett cerró la puerta.

El clic resonó en la quietud de la alcoba.

Él se quitó la chaqueta y la dejó sobre una butaca. Sus movimientos eran lentos. No había prisa en su actitud, pero el fuego en sus ojos color chocolate era inconfundible.

—Esa mujer es aterradora —murmuró Joyce. Buscó romper el silencio.

—Esa mujer es muy sabia. —Brett acortó la distancia entre ellos. Se detuvo a un palmo de su rostro—. Tiene razón en algo.

—¿En qué?

—En que mi acento de Yorkshire es terrible.

Joyce soltó una pequeña carcajada. La tensión en su pecho se aflojó apenas.

—Fue un desastre absoluto. Casi muero de la vergüenza.

Brett levantó una mano. Acarició la mejilla de Joyce con el dorso de los dedos. El toque fue suave, pero bastó para provocar en ella un estremecimiento.

—También tenía razón en otra cosa —susurró él. Su tono se volvió grave.

—¿Ah, sí? —La respiración de Joyce se volvió irregular.

—En que aquella vez estaba demasiado nervioso, te tendría que haber confesado mis sentimientos y aprovechado esa cama contigo. De ahora en adelante, me niego a no hacer uso de cada colchón que se cruce en nuestro camino.

—¿Cada uno? —rio ella—. ¿Y si se nos cruza el de mi madre?

—¡Joyce!, tú sí sabes matar la pasión.

Ella rio. La pasión de Brett era inmortal y, de hecho, estaba demasiado viva en esos momentos.

El corazón de Joyce galopó desbocado. Levantó la vista y encontró la mirada de su esposo.

Le sonrió. Levantó las manos y las apoyó en el pecho firme de él, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela del chaleco.

Brett no necesitó más invitación. Sus manos envolvieron la cintura de Joyce. La atrajo contra su cuerpo con una fuerza abrumadora y posesiva. Sus bocas se encontraron con renovada urgencia.

El beso borró el mundo exterior. El cansancio del viaje desapareció. Las bromas quedaron atrás. Solo quedó el calor del fuego, la suavidad de las sábanas nuevas y la promesa cumplida de un amor que había sobrevivido a la hermosa locura que significó fugarse con un vizconde.