Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Joyce soltó una carcajada limpia. Las tres novias asustadas de la fila se giraron hacia ella y la miraron con desaprobación absoluta. El matrimonio clandestino era un asunto serio, romántico y trágico. Las carcajadas no encajaban en la etiqueta de las fugas.

—Nos juzgan —murmuró Joyce.

—Tienen envidia. Tú luces mucho más tranquila que ellas.

—Llevamos meses viviendo bajo el mismo techo. Conozco tus ronquidos, tu obsesión por el trabajo y tus manías. El misterio del matrimonio se arruinó para nosotros hace tiempo.

—Yo no ronco —se defendió él.

—Roncas cuando duermes boca arriba.

—Es mentira. Y, para que conste, el misterio no se arruinó en lo absoluto. Sigo encontrando fascinante tu habilidad para robarme las mantas cuando giras.

—Es instinto de supervivencia.

—Es vandalismo.

El herrero golpeó el yunque con un martillo pesado. El sonido metálico hizo saltar a las tres parejas de enamorados. Joyce y Brett ni se inmutaron. Habían sobrevivido a un duque furioso, a un chantajista internacional y a un incendio. Un herrero escocés con mal genio no los iba a intimidar.

—¡Siguiente! —bramó el hombre. Se limpió las manos manchadas de hollín en un delantal de cuero.

La primera pareja avanzó con pasos temblorosos. El trámite duró apenas tres minutos. Unas palabras rápidas, un intercambio de anillos y un beso apresurado.

—Es un poco anticlimático —comentó Joyce.

—¿Preferías la catedral de Hanover Square? Con obispo, mil invitados y un escocés dispuesto a encerrarte en una torre.

—No pretendía encerrarme, creo que en una semana me hubiera comprado una casa en un lugar lejos de él y se hubiera deshecho de mí. Si no fuera porque me enamoré de ti, hasta suena a un buen plan.

—Mentirosa.

—¿No crees que me haya enamorado de ti? —coqueteó ella.

Brett la hizo girar en brazos.

—No creo que hubieras podido vivir sin amor.

La inclinó y la besó.

El yunque volvió a sonar.

—¡No puede besarla hasta que los declare marido y mujer! —los reprendió el herrero.

Brett y Joyce se rieron y fingieron compostura.

La fila avanzó con rapidez. El herrero despachaba matrimonios con la misma eficacia con la que herraba caballos. Cuando llegó el turno de ellos, el hombre los repasó con la mirada.

Notó la diferencia al instante. No había pánico en los ojos de Brett ni había lágrimas de histeria en el rostro de Joyce. Parecían cómodos. Seguros. Y, sobre todo, lucían ropa demasiado fina para ese cuchitril.

—Nombres —exigió el herrero.

—Brett Grenville, vizconde de Kinloss. Y Lady Joyce Grigg.

El hombre alzó una ceja tupida.

—¿Están libres de impedimentos legales para contraer matrimonio?

—Completamente —respondió Brett.

—¿Y vienen por su propia voluntad?

—Él me arrastró hasta aquí —intervino Joyce con expresión muy seria.

El herrero se tensó. Levantó el martillo unos centímetros, pues las bodas forzadas eran un delito grave.

—Es una broma —aclaró Brett de inmediato. Lanzó una mirada de advertencia a Joyce—. Yo fui el arrastrado.

El escocés bufó. Dejó el martillo sobre el yunque con un golpe sordo.

—No tengo tiempo para sus juegos de nobles ingleses. Tómense de las manos.

Brett obedeció y cogió las manos de Joyce.

El roce de su piel cálida borró cualquier rastro de burla en la habitación.

Él la miró a los ojos. El marrón chocolate de su mirada se volvió intenso, profundo y cargado de una promesa eterna.

Joyce sintió el habitual vuelco en el estómago.

El rayo volvió a calcinarla y las bromas desaparecieron.

De pronto, el sucio taller escocés se sintió como el lugar más sagrado de la tierra.

El herrero murmuró las palabras de rigor. Lo hizo con un acento cerrado y apresurado. Preguntó si se aceptaban como esposos.

—Sí, acepto —dijo Brett. Su voz sonó firme y clara.

—Sí, acepto —repitió Joyce.

—Entonces los declaro marido y mujer. Pueden besarse, aunque ya lo han hecho, y luego firmen el libro. Siguiente.

Brett no necesitó más permiso. Acortó la distancia, envolvió la cintura de Joyce con sus brazos y la atrajo hacia su pecho. La besó con una mezcla perfecta de ternura y posesión. Fue un beso lento. Sin prisas. Un beso que sellaba meses de enredos, mentiras, cartas escondidas y miedos absurdos.

Joyce respondió con la misma entrega. Se puso de puntillas y enredó sus dedos en el cabello de su esposo. Su esposo real. Su esposo legal. El hombre de su vida.

El carraspeo fuerte del herrero los obligó a separarse.

—El libro no se va a firmar solo, milord.

Brett sonrió contra los labios de Joyce. Se separó a regañadientes. Pagó la tarifa con generosidad. Firmaron el pesado libro de registros con tinta negra.

Salieron de la herrería tomados de la mano. El aire frío de Escocia les golpeó el rostro.

A unos pasos de distancia, el carruaje alquilado los esperaba para emprender el largo camino hacia el sur.

Joyce miró el cielo nublado. Luego miró a Brett. Soltó un suspiro largo y profundo.

—Bueno, ya somos esposos de verdad. Y ahora a regresar, ¡qué agotador! La próxima vez que nos casemos, lo haremos de la forma convencional.

Los dos se echaron a reír.

El carruaje de alquiler se detuvo con un crujido de maderas y ejes cansados. El letrero del león coronado y descolorido se mecía con la brisa nocturna.

Joyce miró por la ventanilla y reconoció la fachada de inmediato.

—¿En serio pararemos aquí? —preguntó ella. Alzó una ceja hacia su esposo.

—Es poético —respondió Brett. Abrió la portezuela y bajó primero para ofrecerle la mano—. Además, los caballos necesitan descanso y nosotros también. Ha sido un día muy largo.

Joyce aceptó su mano y descendió.

—Espero que la posadera no nos eche a escobazos por mentirosos.

—Tengo suficientes libras en el bolsillo para calmar su ira. El dinero siempre suaviza las ofensas morales.

Entraron en el vestíbulo. La luz de los faroles de aceite bañaba la madera oscura con un tono cálido. La posadera estaba en el mismo lugar de la vez anterior. Limpiaba la barra con un trapo húmedo, llevaba la misma cofia blanca y las mismas gafas de montura de latón sobre la nariz.

El chirrido de la puerta la hizo levantar la vista.

La anciana detuvo el trapo, analizando a la pareja de pies a cabeza. En esa ocasión, Joyce no llevaba un vestido de novia lleno de lodo. Lucía un impecable traje de viaje azul. Brett no tenía restos de césped en el cabello.

La mujer se ajustó las gafas.

—Vaya, vaya —dijo la posadera. Su voz no mostró ni una pizca de sorpresa—. Miren lo que arrastró el viento. El señor y la señora Plunket. De Yorkshire.

Brett sonrió. Avanzó hasta el mostrador y apoyó un brazo en la madera.

—Buenas noches, señora.

—O tal vez debería decir, buenas noches, Lord y Lady Grenville —continuó la mujer. Tiró el trapo sobre una jarra de cerveza—. O vizconde de Kinloss. Un investigador vino justo después de que ustedes se marcharon.

Joyce soltó una carcajada limpia.

—¿Lo sabía? —preguntó la muchacha. Se acercó al mostrador junto a su esposo.