Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 27
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Capítulo 27

—P retendía venderla —suspiró Lord Hamish al ver el ala este de la casa en ruinas.

A sus espaldas, un alboroto tenía lugar. Los oficiales de Scotland Yard no tardaron en llegar y, tras hacerse cargo de Monroe Poe, lo condujeron hasta un coche con rejas y fijaron las esposas a la arandela central.

Lord Brett y el honorable señor Roderick Drummond daban declaración. El duque se había desentendido de la tarea y, sin un ápice de culpa o remordimiento, hizo uso de su título para que no lo importunaran.

En realidad, le resultaba fastidioso explicar los pormenores del problema. Oyó a su primo explicar:

—Monroe Poe ya había hecho de las suyas en América, oficial. Allí boicoteaba la empresa de la señora Melissa Plageman.

—Viajé en persona a solucionar el asunto —agregó el vizconde— y creímos que allí terminaba todo.

—Pero la nueva alianza entre la fábrica de porcelana de Plageman y la importación de los Drummond amenazó el negocio del hombre. Antes de llegar a esto…

Brett ladeó apenas la cabeza. Roderick comprendió. No había necesidad de introducir las cartas ni el chantaje en esa primera declaración mientras nadie preguntara por ellos. Cuanto menos se expusiera el nombre de Joyce, mejor.

—¿Antes de llegar a esto…? —pidió el oficial.

—Pensamos que lo intentaría de nuevo en América —completó Brett de manera apresurada—. Al fin de cuentas, allí creímos que estaba. Nunca supimos que había viajado a Inglaterra.

Las preguntas se siguieron unas a otras. Nadie se preocupó por interrogar a Joyce, y ella agradeció la falta de cuidado. Por una vez, agradeció que la consideraran una débil flor inglesa de nervios frágiles.

Ella se volvió a ver el estropicio en la casa del duque y quedó junto a este, los dos con la vista alzada hacia la parte negruzca del edificio.

—Debo de haber perdido unos miles de libras allí —volvió a lamentarse el hombre.

—Véndala como una «oportunidad de reforma» —sugirió Joyce con la culpa vibrando en su voz.

Lord Hamish se volvió hacia ella y la miró con el ceño fruncido. Parecía a punto de matarla; Joyce estaba segura de que, si existía la posibilidad de asesinar con la mente, ella ya estaría en el más allá.

Se equivocaba.

De pronto, sin previo aviso, esa expresión severa dio paso a una sonora carcajada.

—Tiene usted razón, milady.

—¿La tengo?

—Se me estaba haciendo muy difícil venderla así como estaba. Que si es una reliquia, que si lleva mucha inversión. Ahora es… «una oportunidad de mejora».

La boca de Joyce se curvó. Primero lo hizo apenas, luego se amplió y, por fin, terminó riendo con él.

El duque avanzó camino a la casa en ruinas. Desoyó los gritos de advertencia, y Joyce lo siguió por miedo a que el hombre hubiera perdido la cabeza.

Hamish fue a por su libro contable, que estaba algo húmedo pero legible, y regresó al exterior. Los presentes soltaron el aliento aliviados. Lo vieron sentarse en la escalinata y abrir el pesado libro sobre su regazo.

—Fiuuuu —silbó Joyce al ver los números.

—¿Se arrepiente ahora, milady?

—No —reconoció ella y se sentó a su lado. Alzó la vista hacia Brett; jamás se arrepentiría de la locura de huir con su mejor amigo—, pero tengo un par de amigas para presentarle.

—Lady Joyce… —Él la miró con severidad—.

Creo que es hora de que me sincere: no quiero saber nunca, nada más, ni de usted, ni de su familia, ni de sus amigos.

Regresaré a Escocia, me esconderé en una torre y aguardaré mi muerte antes de correr el riesgo de cruzarme con uno de ustedes otra vez en mi vida. ¿Fui claro?

Joyce le sonrió. Se inclinó sobre la piedra de la escalinata.

—Más que claro. Solo una advertencia.

—No es necesaria…

—Pues se la haré de todos modos.

—Insisto —dijo el duque.

—No tiente al destino; mientras más se empeñe en no saber nada de nosotros, más desafiará a la suerte.

Hamish la miró con pavor.

—Espero que no tenga usted razón, milady, nada me había aterrado tanto desde los cuentos de los hermanos Grimm.

—Seguro los leyó en su alemán original.

—Por supuesto.

—Son menos aterradores en inglés.

—Son menos aterradores que cruzar mi camino una vez más con usted, milady.

—Venga ya…, milord. Ahora no está siendo tan hostil.

—Es por el impacto de lo sucedido, ya regresaré a mis cabales.

Joyce se reservó el impulso de sacarle la lengua solo para irritarlo. Empezó a comprender a su prima Isobel y la necesidad de esta de sacarlo de quicio, de provocarlo, de…

—¡Isobel!

—¿Qué? —dijo él, asustado.

Isobel había sido la enamorada del duque, no su hermana. ¡Qué tonta había sido! Le entró una risa histérica al comprenderlo.

Oh, pobre prima, pensó. Le había arruinado cualquier posibilidad con el duque. Este estaba decidido a mantenerse lejos de las Grigg y…

—Solo espero que el destino juegue su carta.

—Otra vez con el destino —refunfuñó él. Volvió a leer su libro contable y percibió el modo en que Joyce leía sobre su hombro—. ¿Algo que le interese?

—Claro. Mire aquí —le señaló en el libro una columna que marcaba los gastos en mantenimiento de cimientos. ¡Eran elevadísimos!—. Antes esta casa tenía celdas, de la época en que los señores feudales impartían justicia. Las celdas quedaron cubiertas por las despensas, pero aún están debajo, ¿verdad?

—Sí.

—Pues ahí tiene su posibilidad de venta. Son perfectas para convertirlas en una bodega y ahora, gracias al incendio, tiene acceso a ellas. Además, quien compre la propiedad se ahorrará esos gastos de mantenimiento de los cimientos.

Hamish la miró de manera inexpresiva. Su boca hizo una mueca desagradable y la oteó de pies a cabeza.

—Bah… —finalizó.

—Bah, ¿qué?

—Bah, puede que tenga razón.

—Bueno, se lo debo por las desgracias acontecidas en mi nombre.

—Creo que la peor desgracia hubiera sido casarme con usted, así que… —La mueca se hizo sonrisa irónica—, gracias por eso también.

—De nada. Fue un placer.

Brett y Roderick terminaron de declarar y los oficiales se llevaron a Monroe Poe lejos de allí. Ambos jóvenes caminaron hacia la escalinata, algo curiosos de atestiguar una conversación pacífica entre Joyce y el duque.

—¿De qué hablan? —preguntó Roderick.

—De agradecer —dijo Joyce.

—De cimientos —dijo Hamish.

Los dos se miraron y asintieron:

—De agradecimiento y cimientos.

—¿Ha notado que tienen semejanza ambas palabras? —preguntó Joyce—. ¿Compartirán etimología?

—Joyce, esa es una pregunta para el barón, Lord Hayden. Creo que nadie aquí sabe de esas cosas.

—Como sea —intervino el duque y se puso de pie, con el libro bajo el brazo—. En este caso, a modo de «agradecimiento», les recomendaré, Lady y Lord Grenville, que pongan en orden sus papeles. Hagan lo que debieron hacer el día que huyeron de mi boda… ¡Cásense de una buena y maldita vez! —espetó.

—¿Cómo sabe…? Oh, las cartas —dedujo Brett.

—No, lo supe antes. ¿O acaso creía, Lord Brett, que no me aseguraría de que mi prometida estaba en buenas manos?

Contraté un investigador privado y ¿qué descubrió?

Que ningún vizconde y ninguna lady llegaron a Gretna Green; en cambio, un tal señor Plunket y su reciente esposa, la señora Plunket, se hospedaron en una posada a mitad de camino.

Se comportaron de manera extraña y luego regresaron a Londres.

Brett y Joyce compartieron una mirada y se sonrojaron.

—Ahí supe que mi prometida estaba en buenas manos y no había sido secuestrada. Toda esa locura había sido decisión suya y se encontraba en pleno uso de sus facultades. Las cuales encuentro, como mínimo, cuestionables. Pero ese ya es su problema, milord.

—Lo es —respondió Brett con una sonrisa orgullosa. Joyce y sus facultades eran su delicioso problema.

—De modo que, antes de que esto estalle por los aires y se convierta en un verdadero embrollo que embarre a la señorita Isobel…

—Y a Lady Arabella —agregó Roderick.

—Claro, claro. Es lo que yo he dicho, solo me ahorré un par de palabras.

Joyce se contuvo de chillar. Isobel era quien se había inclinado por el duque, pero el duque no era del todo indiferente.

—Como sea, antes de que haya más heridos por sus locuras, tomen de la casa cuanto necesiten para el viaje y… —Cogió aire antes de rematar con voz firme—. ¡Desaparezcan de mi vista!

No era una orden que pudiera ser desoída. Mucho menos si venía acompañada de la generosidad de, en esa ocasión, otorgarles algunos víveres para el viaje.

Joyce le sonrió cuando hizo una reverencia. El duque bufó. Esa muchacha lo desquiciaba. ¡Todas las Grigg lo hacían! Jóvenes del demonio.

Pero antes de que Joyce se perdiera de vista, puso los ojos en blanco y volvió a admitir:

—Ha sido una buena idea lo de la bodega, milady.

Si fueran tontas, sería más fácil despreciarlas. Se dio la vuelta y caminó hacia la parte quemada, quería ver el potencial y, quién le decía, quizá se quedaba con la propiedad después de todo.

Llegaron a Gretna Green tras dos días de viaje. En esa ocasión, lo hicieron a un ritmo normal, con posadas limpias y cambios de ropa.

¡Gracias, Lord Hamish!

Joyce no sabía qué había esperado de ese sitio, se dio cuenta de que las damas de la sociedad lo tenían demasiado idealizado. Era una simple herrería.

Joyce se cruzó de brazos y observó la fila delante de ellos.

Había al menos tres parejas en espera. Todos lucían exactamente igual: las señoritas apretaban pañuelos de encaje con manos temblorosas, los jóvenes caballeros mantenían el pecho inflado y miraban a su alrededor con una mezcla de orgullo y terror.

Suspiraban. Se miraban a los ojos. Volvían a suspirar.

—¿Crees que nosotros nos veíamos así de ridículos el día que huimos de la catedral? —preguntó Joyce.

Brett siguió su mirada. Una parejita frente a ellos acababa de entrelazar los dedos por quinta vez en menos de un minuto.

—Nosotros huimos en un solo caballo. Tú llevabas el velo enganchado en el cabello y yo tenía hojas de hortensia hasta en los bolsillos. —Brett le sonrió—. Nos veíamos mucho peor.