Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

—No la encontrarás —dijo Roderick.

Los tres se volvieron hacia él. Continuaba junto a la escalera, todavía algo pálido y con el pañuelo de Joyce presionado contra la herida de su cabeza.

—Porque el incendio no fue accidental.

Brett soltó la cintura de Joyce.

—Algo me dice que sabes más de lo que nos has contado.

—Mucho más. —Roderick señaló en dirección a las caballerizas—. Para empezar, tengo a dos hombres maniatados allí dentro.

El duque arqueó las cejas.

—¿Perdón?

—Eran cinco, además de Poe. No pude con todos.

—¿Monroe Poe? —preguntó Brett.

—El mismo malnacido. Les pagó para iniciar varios focos de incendio en distintos puntos de la casa.

Dos de ellos no consiguieron escapar. Los otros tres sí.

Y Poe... —Roderick apretó la mandíbula—.

Poe se me escapó delante de las narices después de golpearme en la cabeza.

No veo la hora de volver a encontrarlo para devolverle la cortesía.

Brett dejó de escucharlo durante un instante... Monroe Poe . Algo terminó de encajar en su cabeza.

—La carta... —susurró para sí.

Joyce lo miró.

—¿La carta?

—La caligrafía. —Brett se pasó una mano por el rostro—. Por eso me resultaba familiar. Había visto esa letra antes. En América... Era Poe. El hombre que te escribió esas cartas amenazantes fue él.

—Ese malnacido —masculló Roderick, todavía más furioso—. No sé de qué cartas están hablando, pero, sea lo que sea que haya hecho, no me sorprende. Poe nunca hace nada a medias cuando pretende perjudicar a alguien.

Joyce alternó la mirada entre los hombres.

—¿Quién es ese tal Poe?

El duque tampoco lo sabía. Hasta ese momento jamás había oído ese nombre y, dadas las circunstancias, tampoco sentía particular interés por conocer la historia completa.

Le bastaba saber que ese hombre había falsificado su sello, utilizado su nombre, incendiado su residencia y puesto en peligro la vida de todas las personas que se encontraban dentro.

—Créame, Lady Joyce. No necesita saberlo. Con que lo sepa Scotland Yard será más que suficiente.

—Estoy de acuerdo con mi primo —añadió Roderick.

—Y yo —dijo Brett.

Joyce abrió la boca, dispuesta a reclamar más información. Y consideraba que la merecía, teniendo en cuenta que las amenazas habían estado dirigidas contra ella.

Brett se anticipó.

—Ni te molestes en indagar.

—No iba a indagar. Solo pensaba decir que...

—Joyce.

—Está bien. Pero, como sea, voy a enterarme de quién es ese tal Munroe Poe.

Brett dejó escapar una risa. No iba a corregirla. Munroe resultaba más simpático.

—De eso no tengo ninguna duda —dijo y la besó en la frente.

Una voz los interrumpió antes de que Joyce pudiera continuar.

—¡Su Gracia!

El señor Connor se aproximaba con premura hacia ellos. Se detuvo frente al duque, todavía intentando recuperar el aliento.

—Acaban de llegar los bomberos. Ya están trabajando sobre el ala oeste y creen que podrán contener el fuego antes de que alcance el resto de la residencia.

Lord Hamish exhaló aliviado.

—Gracias a Dios.

—Y hay algo más, Su Gracia.

El mayordomo volvió la cabeza hacia un grupo que se aproximaba desde uno de los laterales de la propiedad. El señor Whitmore venía hacia ellos acompañado por dos criados. Entre los tres conducían a un hombre que, a juzgar por la resistencia que ofrecía, no parecía complacido con la situación.

A diferencia de los empleados que iban y venían por los jardines, tenía el aspecto de un caballero. Su ropa estaba sucia y desordenada, pero era de buena calidad. Definitivamente no pertenecía al servicio de la residencia.

Whitmore se detuvo frente al duque.

—Lo encontramos intentando abandonar la propiedad, Su Gracia. No lo reconocí y, teniendo en cuenta las circunstancias, le pregunté quién era y qué hacía aquí.

—¿Y qué respondió?

—Nada. Echó a correr.

Hamish miró al hombre y después volvió los ojos hacia Whitmore. Siempre le había llamado la atención el buen estado físico de su administrador.

—Deduzco que no corrió lo suficiente.

—No, Su Gracia.

—Excelente trabajo. Recuérdeme aumentarle el sueldo.

—No es necesario, Su Gracia.

—Después de hoy, señor Whitmore, no pienso discutirlo.

Roderick avanzó hacia Poe.

—Justamente con usted quería hablar.

El hombre retrocedió cuanto le permitieron los dos criados.

—Roderick —advirtió Brett.

—Tranquilo. Solo quiero conversar. —Señaló la herida de su cabeza—. El señor Poe y yo dejamos un asunto pendiente hace un rato.

—No creo que sea el momento —dijo Brett.

—Yo creo que es un momento excelente.

Fue Hamish quien intervino. Probablemente era el único hombre capaz de conseguir que Roderick pusiera en pausa una mala decisión con una sola palabra.

—Drummond. —El tono seco bastó. Roderick se detuvo—. Los oficiales se ocuparán de él en cuanto lleguen.

Roderick apretó la mandíbula, pero finalmente retrocedió un paso.

—Entonces espero que no se demoren. Porque, si lo hacen, no respondo por mí.

Hamish dirigió la mirada hacia Poe y después hacia su residencia, donde los bomberos comenzaban a desplegar hombres y equipos alrededor del ala este.

—Créeme —murmuró—. Yo también.