Capítulo 26 #3
Roderick observó por encima del hombro de Joyce. Desde su posición podía ver la fachada de la casa y a Brett, que ya había comenzado a subir.
—De acuerdo, milady.
—Gracias. —Apoyó cuidadosamente el pañuelo contra la herida—. Y, ya que usted sí puede verlo... —Bajó un poco la voz—. Hágame el favor de mantenerme al tanto.
—No se preocupe. —Roderick mantuvo la mirada fija en la escalera—. Está subiendo.
Joyce hizo una pequeña presión con el pañuelo.
—¡Auch!
—Lo siento.
—No lo sienta. —Roderick continuó mirando hacia la casa—. Ya llegó a la planta alta… Ya está entrando por la ventana —informó él.
Joyce apretó un poco más el pañuelo.
—¡Auch!
—Perdón.
—Puede seguir haciéndolo si la ayuda.
Roderick entrecerró los ojos, intentando distinguir algo a través del humo que escapaba por la abertura.
Brett pasó una pierna sobre el alféizar y se introdujo en la habitación.
—Ya está dentro... —Hizo una pausa—. Ahora he dejado de verlo.
El humo le dificultó la visión durante los primeros segundos. Se cubrió la boca con el antebrazo y avanzó agachado, intentando distinguir algo entre el polvo, el yeso y los restos de madera esparcidos por el suelo.
—¡Su Gracia! —llamó.
Escuchó una tos.
—Aquí.
Encontró a Lord Hamish unos metros más allá. Estaba en el suelo, apoyado sobre un codo y con una pierna atrapada bajo los restos de una viga y varias tablas. Una mancha de hollín le cubría buena parte del rostro y tenía una pequeña herida junto a la sien.
Brett llegó hasta él y se agachó.
—¿Está herido?
—Mi cabeza sostiene que sí. El resto de mi cuerpo todavía está decidiendo.
—Entonces procure que decida rápido. —Sujetó uno de los maderos y lo apartó.
Hamish hizo una mueca de dolor.
—¿Ha venido hasta aquí para maltratarme?
—En realidad, he venido a saldar una cuenta pendiente con usted. —Consiguió apartar otra de las tablas y le tendió una mano.
—¿Qué cuenta?
—Le robé a su novia.
—Ah... Esa cuenta.
—¿Acaso la había olvidado?
—Prefiero las cuentas que involucran números. Suelen ser bastante menos complicadas.
Brett tiró de él hasta conseguir sentarlo.
—Como sea. Le robé a su novia y ahora estoy salvándole la vida. Creo que eso debería equilibrar bastante el debe y el haber.
El duque consideró la cuestión con toda la seriedad que las circunstancias permitían.
—Si vamos a analizarlo en términos contables...
—Analícelo mientras se pone de pie, por favor.
—Tiene razón.
Brett pasó uno de los brazos del duque alrededor de sus hombros y lo ayudó a incorporarse. Hamish comprobó con cautela que podía apoyar la pierna.
—Sí —concluyó—. Creo que podemos considerar saldada la deuda.
—Gracias.
—Aunque, teniendo en cuenta la novia en cuestión... —El duque dejó escapar una tos que terminó pareciéndose a una risa—. Quizá me haya salvado la vida dos veces. Lady Joyce es una mujer un tanto... un tanto...
—¿Especial?
—Particular. Iba a decir particular, pero si usted prefiere especial, que así sea.
—Como sea, Su Gracia. Mi esposa especial y particular está abajo y, si nos demoramos mucho más, probablemente considere la posibilidad de subir a buscarnos ella misma.
—No. Por favor, no. He tenido suficiente de Lady Joyce por un día. Démonos prisa.
Con Brett sosteniéndolo, consiguió recorrer los últimos pasos hasta la ventana.
Subir al alféizar resultó bastante menos sencillo de lo que había sido para Joyce.
Hamish era un hombre corpulento, estaba dolorido por el golpe y su pierna todavía parecía poco dispuesta a colaborar, pero entre ambos lograron acomodarlo hasta que pudo sacar una pierna al exterior y encontrar con el pie el primer peldaño.
Miró hacia abajo.
—¡Eh, Drummond! —gritó Brett en dirección a su amigo—. ¡Ahora sí!... Tu primo necesita ayuda. ¡Sujeta la escalera!
Roderick se puso de pie con demasiada rapidez y tuvo que detenerse un instante para recuperar el equilibrio.
—¡Voy!
—Despacio —le advirtió Joyce, siguiéndolo.
Avanzó todavía algo tambaleante hasta la base de la escalera y la sujetó con ambas manos. Joyce permaneció a su lado, preparada para ayudarlo si volvía a perder el equilibrio.
Desde arriba, Brett guio al duque durante los primeros peldaños hasta asegurarse de que podía continuar por sí mismo.
El descenso fue lento, pero unos minutos después Hamish alcanzó el suelo.
Solo entonces Brett pasó al otro lado del alféizar, bajó con mucha rapidez y, cuando sus botas tocaron el césped, quedaron finalmente a salvo.
Joyce apenas esperó a que se apartara de la escalera. Corrió hacia él y le rodeó el cuello con los brazos. Su esposo la recibió por la cintura y la estrechó contra sí. Permanecieron así unos segundos.
—Conque estos eran tus recados en Londres —murmuró él junto a su oído.
Joyce asintió sin apartarse.
—Sí... Lo siento.
—Está bien. Solo procura que tus próximos recados sean un poco menos incendiarios, ¿de acuerdo?
Ella se apartó lo necesario para mirarlo a la cara, aunque mantuvo los brazos alrededor de su cuello.
—Que conste en actas que yo no provoqué el incendio.
—Usted llegó y comenzó la catástrofe —intervino Lord Hamish.
Joyce volvió la cabeza hacia él.
—¡Yo no...! —Se detuvo al descubrir la expresión del duque—. ¿En serio piensa que...?
—Está bromeando contigo, Joyce —aclaró Brett.
Ella entrecerró los ojos. Hamish dejó escapar una breve risa.
—No, milady. Por mucho que me complaciera responsabilizarla también de esto, me temo que no puedo hacerlo. Lo que sí me gustaría es comprender qué demonios ha ocurrido. Por más que lo intento, no consigo encontrarle ninguna lógica.