Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Hamish la observó en silencio. Era la primera vez desde que había comenzado el incendio que advertía verdadero miedo en ella.

Hasta ese momento, había mantenido la compostura de una manera casi admirable dadas las circunstancias.

Había recorrido corredores invadidos por el humo, retrocedido ante el fuego y obedecido sus indicaciones sin perder del todo su particular capacidad para responderle con alguna impertinencia.

Pero la ventana era diferente. La inquietaba de verdad.

El duque se acercó despacio a ella. No había forma de suavizar la situación ni tenía sentido fingir que existía otra alternativa. Solo podía conseguir que lo aceptara y ofrecerle toda la seguridad que fuese capaz de transmitirle.

—Lady Joyce... —dijo en voz baja.

Ella levantó una mano.

—No... No utilice ese tono conmigo.

—¿Qué tono?

—Ese... El tono que utiliza cuando está a punto de decirme algo que no quiero escuchar.

Hamish casi sonrió.

—Lo siento, pero me temo que tendré que utilizarlo.

—Pues utilice otro.

—No dispongo de otro tono apropiado para las circunstancias.

Joyce volvió a mirar la ventana y negó otra vez con la cabeza. Lord Hamish acortó finalmente la distancia entre ambos.

—Escúcheme. —Su voz continuó siendo baja, pero firme—. Solo tenemos dos alternativas en este momento: este tono y usted saliendo de esta habitación por esa ventana.

—Esa es una sola alternativa.

—Me alegra comprobar que continúa razonando con claridad.

—Salte usted primero, Su Gracia.

—No voy a saltar antes que usted.

—¿Por qué no?

—Porque entonces tendría que confiar en que hará lo sensato cuando yo ya no esté aquí para obligarla.

—Eso es ofensivo.

—Y, sin embargo, ambos sabemos que tengo razón.

Otro crujido recorrió el techo. Hamish miró hacia arriba y después a Joyce.

—Discúlpeme de antemano, milady.

—¿Por qué?

—Porque voy a tener que tomarme un atrevimiento.

—Tómese todos los atrevimientos que considere necesarios. En estas circunstancias sabré comprenderlos.

Hamish la rodeó con los brazos y la levantó.

—¡Su Gracia!

—Acaba de concederme permiso.

—¡No pensé que fuese a utilizarlo tan rápido!

El duque consiguió sentarla sobre el alféizar. Joyce se aferró inmediatamente al marco.

—Ahora solo tiene que dejarse caer.

—¿Solo? —repitió ella, mirando hacia abajo—. Lo dice como si fuese tan fácil.

—No lo sé, milady. Dígamelo usted.

Joyce apartó la vista del suelo y lo miró con recelo.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Según tengo entendido, el día de nuestra boda usted escapó por una ventana. Supongo que esta no será su primera vez.

Joyce abrió la boca, pero no encontró una réplica inmediata.

—Buen momento para jugar esa carta, Su Gracia.

—Me pareció oportuno.

—Touché.

Y, por irritante que resultara admitirlo, Hamish tenía razón. Ella misma se había lanzado por una ventana para huir. Claro que aquella ventana no estaba tan alta. Y tampoco había una casa incendiándose a su espalda.

Joyce inspiró profundo.

—Eso es —la animó Hamish—. Respire hondo y salte.

Ella volvió a tomar aire.

—Y recuerde las enaguas.

Joyce le dirigió una mirada asesina.

—Si sobrevivo, jamás volveré a ponerme una.

—Si sobrevive, sospecho que hará lo que le dé la gana.

—Veo que usted también comienza a conocerme.

—Sí... Y, si le soy sincero, Lady Joyce, agradezco que huyera de nuestra boda.

Joyce lo miró sorprendida. Pero antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, mucho menos encontrar una respuesta, una voz llegó desde abajo y dejó ambas cosas en suspenso.

—¡Joyce!

Ella conocía esa voz. Se asomó con tanta rapidez que Hamish tuvo que sujetarla por la cintura para impedir que se precipitara antes de tiempo.

—¡Brett!

Él apareció entre los arbustos unos metros más abajo, respirando agitadamente después de haber rodeado buena parte de la casa. Levantó la cabeza, cubierto de polvo y con una expresión que oscilaba entre el alivio y unas ganas considerables de estrangularla.

—No digas nada —advirtió ella.

—No pensaba hacerlo.

Joyce entrecerró los ojos.

—Mientes.

—Puede ser. Pero, si voy a decirlo, será cuando estés aquí abajo conmigo. ¡Salta!

Joyce miró hacia el suelo. Luego hacia Brett.

—Soy perfectamente consciente de que me he metido en otro problema.

—Joyce... —exclamó él con resignación.

La conocía lo suficiente para saber que, sin importar el contexto ni lo apremiante de las circunstancias, Joyce necesitaba exponer sus argumentos hasta el final.

Podía tener una casa incendiándose a su espalda y dos hombres ordenándole que saltara por una ventana, pero hasta que no dejara establecida su posición al respecto, no conseguirían que hiciera nada.

—Y también soy consciente de que probablemente vas a recordármelo durante el resto de nuestra vida.

—Joyce, por favor, salta.

—Solo quería dejar establecido que...

—¡Salte! —ordenó Hamish desde atrás.

—¡Salta! —repitió Brett desde abajo.

Joyce volvió la cabeza hacia el duque.

—Entre los dos están empezando a irritarme.

—Excelente. Irrítese abajo.

Brett abrió los brazos y, cuando volvió a hablar, su voz había perdido toda impaciencia.

—Vamos, cariño. Salta. Estoy aquí para recibirte. Yo te sostendré.

Quizá fue la forma en que lo dijo. La serenidad de su voz en medio del estruendo, o la absoluta certeza con la que la miraba desde abajo, como si no existiera la menor posibilidad de que pudiera hacerse daño mientras él estuviese allí.

Joyce dejó de mirar la distancia. Dejó de mirar los arbustos, la pared y el espacio que hasta ese momento le había parecido enorme entre esa ventana y el suelo.

Solo miró a Brett... Y saltó.

El impacto estuvo muy lejos de ser elegante. Brett consiguió recibirla, pero el peso y el impulso los hizo retroceder contra los arbustos. Las ramas cedieron bajo ambos y Joyce cayó sobre él mientras Brett recibía buena parte del golpe contra el suelo. Durante unos segundos ninguno se movió.

—¿Brett?

Él soltó el aire.

—Estoy bien.

Joyce intentó incorporarse.

—¿Seguro?

—Ahora que te tengo aquí conmigo, sí.

Ella apoyó las manos en su pecho y lo observó con atención.

—Eso ha sonado demasiado romántico para un hombre al que acabo de aplastar contra unos arbustos.

—Dame un minuto. El dolor todavía no me permite enfadarme contigo.

Joyce sonrió. Él también. Solo entonces ambos recordaron que continuaban junto a una casa en llamas.

Brett levantó la cabeza hacia la ventana.

—Bien, Su Gracia. Ahora es su turno.

El duque apoyó una mano sobre el alféizar.

—Me temo que no llevo suficientes enaguas.

Joyce soltó una risa todavía entrecortada por el esfuerzo.

—Puede quedarse con las mías si consigue bajar.

Lord Hamish negó con la cabeza y se dispuso a subir al alféizar... Pero no llegó a hacerlo. Un estruendo surgió desde el interior de la habitación.

Brett apenas alcanzó a ver al duque volverse antes de que algo cediera sobre él. Una parte del cielo raso se desplomó arrastrando consigo madera, yeso y una nube de polvo y ceniza que salió despedida por la ventana.

El duque desapareció.

—¡Su Gracia! —gritó Joyce.

No hubo respuesta. Ella se incorporó con tanta rapidez que Brett tuvo que sujetarla por el brazo.

—¡Su Gracia!

Nada. Ni respuesta ni movimiento.

—¡Lord Hamish!

Brett se puso de pie y observó la ventana. Esta permanecía abierta, pero detrás de ella solo podía distinguir una nube gris que comenzaba a disiparse.

—Tengo que subir —dijo. Miró alrededor. Las ventanas del primer piso quedaban demasiado altas y no había nada junto a la fachada que pudiera utilizar para alcanzarlas—. Necesito una escalera.

Se volvió hacia las construcciones próximas a las caballerizas. En ese preciso momento vio aparecer a un hombre entre el humo. Era Roderick. Desde aquel sector debía de haberlos visto junto a la ventana, porque avanzaba hacia ellos arrastrando una larga escalera de madera.

—Ahí voy, primo... —alcanzó a gritar—. Ahí voy.

Brett frunció el ceño. Algo no estaba bien, corrió hacia él.

Cuando acortó la distancia lo suficiente, descubrió un hilo de sangre que descendía desde la sien de Roderick hasta uno de sus pómulos.

—¿Qué demonios te ha pasado?

—Es largo de explicar.

Roderick intentó continuar avanzando. Brett le quitó la escalera de las manos.

—Estás sangrando.

—Ya me había dado cuenta.

—Siéntate.

—Mi primo continúa ahí dentro.

—Y tú apenas puedes mantenerte en pie.

Las piernas de Roderick parecieron decidir en ese momento que ya habían colaborado bastante. Perdió el equilibrio y Brett alcanzó a sujetarlo antes de que cayera.

Joyce llegó junto a ellos.

—¿Qué le ha ocurrido?

—No lo sé. Ayúdalo —respondió Brett.

Sin demorarse un instante más, tomó la escalera y se dirigió hacia la fachada, buscando el mejor punto donde apoyarla para alcanzar la ventana.

Joyce pasó uno de los brazos de Roderick sobre sus hombros. El hombre la duplicaba en tamaño y peso, pero consiguió sostenerlo mientras lo conducía hasta un banco de piedra situado a pocos metros.

—Vamos. Siéntese aquí.

—Estoy bien, milady. Necesito ayudar a mi primo.

—Siéntese —repitió Joyce.

Roderick pareció dispuesto a protestar.

—Señor Drummond, está sangrando y no puede caminar en línea recta.

Lo dijo con ese tono terminante que no habría desentonado en una madre reprendiendo a un niño obstinado. Roderick terminó por dejarse caer sobre el banco.

—Créame, milady, he tenido mañanas peores después de algunas borracheras nocturnas.

Joyce observó el hilo de sangre que continuaba descendiendo por su sien.

—No estoy segura de que eso diga mucho a favor de su estado actual. —Sacó un pañuelo y se inclinó hacia él—. Quédese quieto, por favor.

—No es necesario, milady. En serio, estoy bien.

Roderick intentó quitarle el pañuelo de las manos, pero en ese instante un nuevo hilo de sangre comenzó a deslizarse desde la herida. Joyce apartó su mano.

—Sí, señor Drummond. Es necesario. Al menos para mí... Prefiero ocuparme de usted antes que darme la vuelta y ver cómo mi marido trepa por una escalera para meterse en una casa en llamas. Así que, por favor, colabore conmigo. ¿De acuerdo?