Capítulo 26
E l humo se distinguía desde bastante antes de alcanzar la propiedad.
Al principio, Brett había divisado una columna oscura elevándose por encima de los árboles.
A medida que acortaba la distancia, el olor a madera quemada terminó de confirmar lo que sus ojos ya le advertían.
Espoleó al caballo y recorrió los últimos metros a toda velocidad.
Cuando atravesó las rejas de la residencia de Strathcairn, el incendio ya era imposible de ignorar.
El orden que solía imperar en aquella propiedad había desaparecido por completo.
Criados y empleados atravesaban los jardines en todas direcciones; algunos formaban una cadena de cubos que avanzaban de mano en mano hacia uno de los laterales de la casa, mientras otros regresaban con los recipientes vacíos para volver a llenarlos.
Varias personas se habían congregado a una distancia prudente del edificio y, más allá, sobre el césped, dos hombres permanecían tendidos mientras una doncella atendía a uno de ellos. Habían inhalado demasiado humo.
Brett desmontó antes de que el caballo terminara de detenerse. No perdió tiempo preguntándose qué había ocurrido. Tampoco necesitó buscar demasiado entre el movimiento de gente para reconocer al hombre que avanzaba hacia él.
—¡Lord Grenville!
—Señor Whitmore.
Había tratado con él en más de una ocasión durante las negociaciones relacionadas con los Drummond.
El aspecto que presentaba en ese momento tenía poco que ver con el hombre pulcro y metódico que Brett recordaba.
Llevaba el cabello revuelto, la chaqueta abierta y una mancha de hollín le cruzaba uno de los puños.
—¿Qué ha ocurrido?
—No lo sabemos, milord.
Brett miró hacia la casa.
—¿Cómo que no lo saben?
—De pronto sonaron las campanas de alarma.
Al principio parecía un incendio aislado en las dependencias de servicio, pero comenzaron a aparecer otros focos en diferentes sectores de la casa.
—Whitmore negó con la cabeza—. No encuentro explicación.
Es como si el fuego se hubiese reproducido por toda la propiedad.
Brett apenas terminó de escucharlo. Entre los carruajes detenidos a un lado del camino reconoció uno... El suyo.
Sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—Mi esposa.
Whitmore siguió la dirección de su mirada.
—Milord...
—¿Ha visto a mi esposa? ¿A Lady Joyce?
—Sí. Llegó esta mañana. La última vez que la vi se encontraba en el despacho con Su Gracia.
—¿Dónde está ahora?
—No sabría decirle. Yo salí poco después de que comenzaran las alarmas. El señor Connor quizá pueda ayudarlo. Él permaneció dentro más tiempo que yo.
Whitmore echó a andar y Brett lo siguió.
Encontraron al mayordomo cerca de la entrada principal, impartiendo instrucciones a varios criados. A esas alturas, el humo descendía por uno de los laterales de la fachada y obligaba a los hombres a mantenerse cada vez más alejados de aquel sector.
—Señor Connor —lo llamó Whitmore.
El mayordomo se volvió a ellos.
—Lord Grenville desea saber dónde se encuentra su esposa.
Toda la atención del hombre se concentró en Brett.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio? ¿Ha salido de la casa?
El señor Connor vaciló. Abrió la boca, pero durante unos segundos pareció incapaz de ordenar una respuesta.
No era un hombre joven y la última media hora había dejado huellas evidentes en él.
Tenía el rostro congestionado, los ojos enrojecidos e irritados por el humo y respiraba con dificultad.
Estaba agotado y aturdido. Brett comprendió que el hombre luchaba contra esa bruma mental que dejaba el humo después de haberlo respirado durante demasiado tiempo.
Y comprendió algo más.
Si Joyce hubiese salido, Connor no habría necesitado pensar la respuesta.
—No... —susurró Brett para sí—. No ha salido.
El mayordomo carraspeó y parpadeó varias veces, como si el simple gesto le provocara escozor.
—Me temo que no, milord. La última vez que la vi se encontraba con Su Gracia. Cuando comenzó el incendio, ambos abandonaron el despacho, pero desde entonces no he vuelto a verlos.
—¿Hacia dónde fueron?
—No lo sé. Intentaban alcanzar una salida, pero el fuego ha ido cerrando distintos corredores. La escalera principal ya no puede utilizarse y una parte del ala este ha tenido que ser evacuada.
Brett dirigió la mirada hacia la entrada.
El mayordomo descifró lo que el joven vizconde estaba pensando.
—Por ahí no, milord. —Su tono se volvió firme—. Ya no es posible atravesar ese sector.
—Entonces ¿por dónde?
El señor Connor miró hacia uno de los extremos de la propiedad.
—Si Su Gracia continúa dentro, habrá intentado conducirla hacia alguna de las salidas laterales. Es posible que hayan buscado refugio en el ala este.
Un nuevo estrépito llegó desde el interior de la casa. Varios criados volvieron la cabeza al mismo tiempo. El señor Connor no pudo dedicarle más atención. Dio una orden a los hombres que se aproximaban con cubos y se alejó con ellos.
Brett contempló la fachada.
La imagen no era muy alentadora. No porque las llamas hubiesen consumido todavía toda la residencia, sino por la cantidad de humo que comenzaba a apoderarse de ella.
Espesas columnas negras escapaban por algunas ventanas, se filtraban por las puertas abiertas y ascendían por los muros hasta confundirse con la enorme nube oscura que se elevaba sobre la propiedad.
Nadie con un mínimo de sentido común se aventuraría a entrar en una casa en esas condiciones.
Pero Joyce estaba allí dentro... No sabía dónde.
Ni siquiera sabía qué parte de la residencia continuaba siendo transitable.
Solo sabía que ella seguía allí. Y si la entrada principal había dejado de ser una opción, tendría que encontrar otra.
Echó a correr hacia el lateral de la casa.
En el primer piso del ala este, la situación no parecía mucho más alentadora.
Joyce había perdido la cuenta de cuántos corredores habían recorrido desde que abandonaron el despacho.
Lo único que sabía era que cada intento por alcanzar una salida había terminado de la misma manera: con humo, fuego o algún criado apareciendo desde la dirección contraria para advertirles que el paso acababa de quedar bloqueado.
Habían terminado refugiándose en una habitación situada en la parte posterior de la casa, desde cuyas ventanas podían distinguirse los jardines y, algo más lejos, las construcciones próximas a las caballerizas. A esas alturas, ninguno de los dos conservaba un aspecto particularmente digno.
El peinado recogido de Joyce había comenzado a soltarse y varios mechones se adherían a su rostro húmedo por el sudor.
Una mancha oscura atravesaba la falda de su vestido y tenía hollín incluso en una de las mejillas.
Hamish no estaba mucho mejor. Había perdido la corbata en algún momento que Joyce no recordaba, llevaba el cuello de la camisa abierto y la chaqueta estaba cubierta de polvo y ceniza.
Hasta su cabello que siempre parecía empeñado en permanecer en su sitio había terminado por rendirse ante las circunstancias.
Lord Hamish abrió la puerta solo unos centímetros. Una bocanada de humo bastó para que volviera a cerrarla.
—No podemos regresar por ahí.
—Magnífico —exclamó Joyce.
—Celebro que conserve el optimismo.
—No es optimismo. Es resignación.
Un golpe sordo resonó en alguna parte de la casa.
El duque se dirigió hacia la ventana y observó el terreno que se extendía debajo. Joyce lo vio estudiar la distancia durante unos segundos y comenzó a sospechar que no le agradaría en absoluto la conclusión a la que estaba llegando.
—Creo que nuestra opción más sensata es salir por aquí.
—¿Por la ventana? —Joyce se acercó. Se asomó con cautela y miró hacia abajo—. ¿Eso le parece sensato?
Lord Hamish volvió a analizar la distancia.
—Es lo más sensato dentro de la considerable insensatez que estamos atravesando.
—Eso no me tranquiliza.
—Las situaciones desesperadas rara vez ofrecen soluciones razonables y tranquilizadoras, Lady Joyce.
Comprobó el cierre de la ventana y, después de forcejear unos instantes, consiguió destrabarla. La abrió por completo. El aire exterior entró de golpe en la habitación y desplazó parte del humo que comenzaba a filtrarse por debajo de la puerta.
Joyce volvió a mirar hacia abajo. Había arbustos junto al muro. Bastantes... Pero no los suficientes para amortiguar la caída.
—No pienso saltar.
—Todavía no se lo he pedido.
—Lo estaba pensando.
—Sí.
El duque bajó la mirada hacia el vestido de Joyce. Ella siguió la dirección de sus ojos.
—¿Qué mira?
—Intento encontrar algún aspecto favorable de la situación.
—¿Y lo ha encontrado en mi falda?
—Quizá... Lleva suficientes capas de tela como para vestir a tres mujeres. Por una vez, semejante cantidad de enaguas podría prestarle algún servicio.
—¿Me está diciendo que debería sentirme agradecida por ser mujer y llevar cinco capas de ropa debajo del vestido?
—Estoy diciendo que, después de atormentarlas durante décadas con corsés, enaguas y vestidos imposibles, quizá la moda femenina haya decidido finalmente hacer algo por su supervivencia.
Joyce volvió a asomarse. Contempló la altura una vez más.
—Preferiría que hubiese comenzado por inventar un vestido con alas.
—Me temo que tendremos que conformarnos con su falda y los arbustos.
Un nuevo estrépito sacudió la casa. Esta vez fue mucho más cercano. Algo pesado cayó al otro lado de la puerta y ambos dieron un respingo. Una nube de polvo descendió desde el techo.
—Bien. Se terminó el tiempo para deliberar, milady.
—No estaba deliberando. Había decidido no saltar.
—Tendrá que reconsiderarlo.
Joyce negó con la cabeza. Una vez. Otra. Y otra más, cada vez con mayor vehemencia.