Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

—No es necesaria —respondió Hamish con aquella compostura impecable que, hacía apenas unos minutos, tanto la había irritado—.

Comprendo las razones de su arrebato. De haber recibido unas cartas semejantes, acompañadas por algo que aparentaba ser el sello de Strathcairn, yo también habría llegado a la misma conclusión que usted.

Joyce no esperaba aquella concesión.

—Gracias.

—Sin embargo, me temo que su preocupación acaba de convertirse también en la mía.

—Dejó las cartas sobre el escritorio—. Una cosa es utilizar mi nombre para enviar amenazas.

Otra muy distinta es procurar que esas amenazas parezcan documentos auténticos de mi ducado.

Alguien no se ha limitado a hacerse pasar por mí.

Se ha ocupado de reproducir un elemento destinado a acreditar mi identidad.

Joyce sintió que el asunto adquiría de pronto unas dimensiones muy diferentes.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué alguien se tomaría semejante molestia?

—Eso es lo que pienso averiguar.

Lord Hamish tomó la pequeña campanilla de plata que descansaba en un extremo del escritorio y la hizo sonar. Pocos minutos después, el mayordomo apareció en la puerta.

—¿Su Gracia?

—El señor Whitmore. ¿Ya se ha marchado?

—No, Su Gracia. Se encuentra en la biblioteca menor, organizando algunos documentos antes de partir.

—Dígale que regrese, por favor. Necesito hablar con él.

—Por supuesto, Su Gracia.

El mayordomo estaba a punto de retirarse cuando un grito lejano atravesó el corredor. Un segundo grito llegó un instante después, mucho más claro.

—¡Fuego!

Hamish volvió la cabeza hacia la puerta.

—¡Fuego! —se oyó nuevamente desde algún punto de la casa. Y entonces comenzaron a sonar las campanas de emergencia.

El mayordomo reaccionó de inmediato.

—Su Gracia...

—Averigüe dónde ha comenzado. Y asegúrese de que todo el personal abandone las zonas afectadas antes de intentar apagarlo.

—Sí, Su Gracia.

El hombre salió con premura. Hamish recogió las cartas y las guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Venga conmigo.

Joyce no necesitó que se lo repitiera. Fue tras sus pasos.

Salieron al corredor. Lo que unos instantes antes había sido una casa silenciosa se había convertido en un hervidero de pasos, voces y puertas que se abrían y cerraban. Dos criados atravesaron el vestíbulo cargando cubos mientras otro daba instrucciones desde el extremo opuesto.

El olor llegó antes que el humo: madera quemada.

El duque se detuvo y miró en derredor. Aún no podía distinguir de dónde provenía el fuego; nada a simple vista indicaba dónde se había originado.

—¿Dónde? —preguntó a los criados.

—¡En la parte posterior, Su Gracia! —respondió uno de los hombres—. Cerca de las dependencias de servicio.

Lord Hamish echó a andar en aquella dirección.

—¿Hay alguien allí?

—Están todos saliendo, Su Gracia —respondió uno de los empleados.

—Asegúrense bien de ello —ordenó Hamish con una serenidad que contrastaba con el creciente alboroto a su alrededor—. No quiero a nadie intentando salvar muebles ni pertenencias. Primero las personas, ¿de acuerdo?

—Sí, Su Gracia.

Joyce aceleró el paso para mantenerse junto a él. Al doblar en el siguiente corredor encontraron las primeras volutas de humo avanzando junto al techo. Todavía no era demasiado espeso, pero bastó para que Hamish se detuviera.

Un criado apareció desde la dirección contraria.

—No puede continuar por aquí, Su Gracia.

—¿Por qué?

—Hay otro incendio.

—¿Otro?

—En la biblioteca. O cerca de ella. No estamos seguros.

—¿Está diciendo que hay dos focos de fuego diferentes?

—Eso parece, Su Gracia.

El duque guardó silencio un instante. No necesitó decir lo que ambos estaban pensando. Aquello no podía ser accidental.

—Que nadie entre en la biblioteca. Hagan lo que puedan desde una posición segura y mantengan despejadas las salidas.

El humo comenzó a espesarse. Hamish sacó un pañuelo del bolsillo y se lo tendió a Joyce.

—Cúbrase la nariz y la boca.

—Estoy bien.

—No he preguntado si está bien. Cúbrase, por favor.

Eso último consiguió que obedeciera. Joyce tomó el pañuelo y se cubrió la nariz y la boca. Apenas lo hizo, comprendió que el humo era más denso de lo que había advertido hasta entonces. El olor a madera quemada se había intensificado y comenzaba a impregnar el aire a su alrededor.

Lord Hamish señaló el corredor por el que habían llegado.

—Regresemos. Podemos salir por el vestíbulo principal.

No llegaron hasta él. Un estrépito resonó en algún punto de la planta baja y, casi inmediatamente, una nueva columna de humo apareció al fondo del corredor.

El duque se detuvo otra vez.

—Por aquí tampoco.

—Su casa parece empeñada en que no me marche —murmuró Joyce detrás del pañuelo.

Él la miró.

—Le aseguro que no acostumbra a comportarse de este modo con las visitas.

A pesar de las circunstancias, Joyce estuvo a punto de sonreír.

Otro criado apareció corriendo.

—Su Gracia, están evacuando el ala este. El humo ha alcanzado la escalera principal.

—¿Y la escalera occidental?

—Todavía está despejada.

—Entonces utilícenla. Que salga todo el mundo que permanezca en esta planta.

El muchacho asintió y desapareció. Hamish hizo ademán de seguirlo, pero Joyce le sujetó el brazo.

—¿No debería salir usted también?

—Eso intento.

—No lo parece. Lleva varios minutos enviando a todo el mundo hacia las salidas mientras usted camina exactamente en la dirección contraria. Por si no lo recuerda, yo voy con usted.

No es que estuviese preocupada solo por su propio bienestar.

Lo estaba, por supuesto. Pero también comenzaba a resultar evidente que el duque estaba priorizando la seguridad de todos los que se encontraban en esa casa por encima de la suya.

Y, si él no parecía darse cuenta, ella se sentía en la obligación de recordárselo.

—Es mi casa. Antes de abandonarla, quiero asegurarme de que todos los que están dentro tengan oportunidad de hacerlo.

—Eso no significa que usted deba morir con ella. Ni yo tampoco.

Algo cambió en los ojos del duque. Por un instante pareció recordar que sus decisiones ya no afectaban únicamente a su propia seguridad. Joyce estaba a su lado.

—Manténgase cerca de mí, por favor. Tranquilícese y procure no separarse bajo ninguna circunstancia.

—Estoy tranquila —respondió Joyce.

Lo estaba. O, al menos, bastante más que unos instantes atrás. Hamish había comprendido lo que intentaba decirle. Ya no parecía dispuesto a seguir recorriendo la casa como si su propia seguridad fuese un asunto secundario.

Él la observó durante un instante.

—No lo parece.

Joyce arqueó las cejas.

—El que no parece intranquilo es usted. Y debería estarlo.

Una sombra de sonrisa pasó por el rostro del duque.

—Usted misma lo ha dicho, Lady Joyce. Al parecer, se me da muy bien fingir delante de los demás.

Se sonrieron mutuamente.

Un nuevo grito interrumpió el momento. Esta vez llegó acompañado por el sonido de cristales rompiéndose.

La sonrisa desapareció del rostro de Hamish.

—Vamos.

Continuaron por el corredor occidental. No habían avanzado demasiado cuando el humo volvió a recibirlos.

El duque se detuvo en seco. Aquello ya no tenía sentido.

Un foco en las dependencias de servicio.

Otro junto a la biblioteca. Ahora había humo en un sector que, apenas unos minutos antes, les habían asegurado que permanecía despejado.

—Atrás.

Joyce soltó el aire con frustración. Desde que había comenzado el incendio no hacían más que avanzar y retroceder por distintos corredores, buscando una ruta que el fuego no hubiese alcanzado todavía.

—¿Otra vez?

—Sí. Atrás, Lady Joyce.

El duque la hizo girar, colocó una mano en su espalda y la mantuvo delante de él mientras retrocedían sobre sus propios pasos.

Y, por primera vez desde que había comenzado el incendio, Joyce comprendió que ya no estaban buscando la salida más cercana.

Estaban buscando una salida que todavía existiera.