Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

El mayordomo hizo una reverencia y cerró la puerta al salir. Una vez a solas, Hamish señaló uno de los sillones frente al escritorio.

—Por favor, tome asiento.

—Gracias, pero, si no le molesta, preferiría permanecer de pie.

—Como prefiera.

Hamish tampoco volvió a sentarse. Después de casi cinco horas resolviendo asuntos detrás de aquel escritorio, estirar las piernas no representaba un sacrificio. Rodeó el mueble con tranquilidad y caminó hacia una de las ventanas.

Joyce siguió sus movimientos con la mirada. Hasta el momento, nada en su comportamiento se parecía demasiado al del hombre furioso que había esperado encontrar.

Bueno... Allí estaba ella. Había ido hasta su casa. Había esperado pacientemente a que la recibiera. Había aceptado quedarse a solas con él. ¿Qué más esperaba?

Podía reprocharle lo ocurrido. Podía enfadarse. Podía decirle a la cara todo cuanto llevaba semanas escribiéndole.

Pero Hamish...

Hamish no dijo nada.

Permaneció junto a la ventana, contemplando los jardines, mientras el silencio se prolongaba. Joyce comenzó a sentir que su propia respiración sonaba demasiado fuerte en la estancia.

No pudo soportarlo más.

—Supongo que sabe cuál es la razón de mi visita.

Hamish volvió el rostro hacia ella.

—No. ¿Por qué debería saberlo? Confieso que ni siquiera esperaba su visita.

Joyce dejó escapar una breve risa nerviosa.

—Por favor...

El duque frunció el ceño.

—¿Por favor, qué?

—Si le he pedido que nos dejen a solas, Su Gracia, es para que podamos prescindir de las apariencias y decirnos frente a frente lo que tengamos que decirnos. —Tomó aire—. O, mejor dicho, lo que usted tenga que decirme a mí.

Esta vez Hamish se volvió por completo.

—¿Y qué supone que tengo que decirle?

Joyce lo miró, incrédula.

—Ya es momento de que deje de esconderse detrás de unas cartas. Si yo he sido capaz de venir hasta aquí para enfrentarlo, considero que usted también puede hacerlo.

La expresión del duque cambió apenas.

—Discúlpeme, Lady Joyce, pero no tengo la menor idea de qué está hablando.

—Claro que la tiene.

—No. —Hamish hizo una pausa—. Si se refiere a lo ocurrido entre nosotros, admito que hubo cosas que habría deseado decirle en su momento.

Probablemente muchas. Pero, a estas alturas, no encuentro utilidad alguna en hacerlo.

Lo sucedido ya no puede modificarse y no tengo intención de invertir nuestro tiempo en reproches tardíos.

Joyce lo contempló en silencio.

¡Ahí estaba! El duque impecable. Correcto, mesurado... ¡Patrañas!

—Comprendo —dijo, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura.

Lord Hamish arqueó una ceja. Por el tono de su voz y, sobre todo, por la expresión de su rostro, resultaba evidente que no comprendía nada.

—Me alegra que lo haga.

—Comprendo que quiera mantener esa actitud delante de los demás. De hecho, le sale muy bien —continuó Joyce, elevando apenas la voz—. Pero estamos solos —Chasqueó la lengua, cada vez menos dispuesta a seguir participando de aquella representación—. No necesita seguir fingiendo conmigo.

—¿Fingiendo qué?

—Que todo lo que sucedió le resulta indiferente.

La paciencia del duque comenzaba a mostrar sus primeros signos de desgaste.

—Lady Joyce, que haya decidido no reprocharle su comportamiento no significa que me haya resultado indiferente. Significa exactamente lo que acabo de decir segundos atrás: no encuentro sentido en hacerlo ahora.

—Sin embargo, sí lo encontró a la hora de escribir.

—¿Escribir qué?

—No haga eso.

—¿Hacer qué?

—¡Eso! —Joyce hizo un gesto hacia él—. Esa expresión. Ese tono. Esa apariencia de absoluta corrección.

—No sabía que mi tono fuese parte del motivo de su visita.

—Usted habla de tonos... —Joyce soltó una risa sin humor—. Créame, Su Gracia, los suyos cambian bastante cuando escribe amenazas.

La expresión del duque perdió de pronto cualquier rastro de irritación.

—¿Amenazas? —repitió.

—Sí. Amenazas.

A Hamish podían reprochársele muchas cosas.

Sabía que podía resultar frío, distante y muy directo.

Tampoco ignoraba que, en ocasiones, sus palabras podían ser más duras de lo necesario.

Pero de ahí a que Lady Joyce estuviera frente a él acusándolo de haberla amenazado había una distancia considerable.

Y, sinceramente, no entendía cómo habían llegado hasta allí.

—¿De qué amenazas habla? —insistió.

—¡De estas!

Joyce introdujo una mano en el bolsillo oculto de su falda y sacó las cartas.

—Estas cartas. Sus cartas. Sus amenazas de destruir la reputación de Brett, de perjudicar sus negocios y de convertir todo este asunto en un escándalo todavía mayor si no hacemos lo que usted exige.

El duque no respondió. Su mirada descendió lentamente hacia los papeles que Joyce sostenía entre los dedos. Luego volvió a mirarla.

—Yo no le he enviado ninguna carta.

Lo dijo con tal certeza que Joyce no necesitó escucharlo una segunda vez.

Toda la indignación que había acumulado durante las últimas semanas pareció detenerse en seco.

Lord Hamish no estaba fingiendo. No había evasivas en su expresión, ni incomodidad, ni el menor intento de justificar lo injustificable.

Solo desconcierto. Y, por primera vez desde que había llegado, Joyce comprendió que quizá había algo en todo aquello que se le escapaba por completo.

Cuando volvió a hablar, lo hizo con mucha menos vehemencia.

—Entonces, si usted no envió estas cartas... ¿quién lo hizo?

—Eso mismo me gustaría saber a mí, milady. ¿Sería tan amable de entregármelas?

Joyce carraspeó. Luego se acercó y depositó las cartas en su mano.

Hamish comenzó a revisarlas una por una. Leyó la primera en silencio, pasó a la siguiente y, después de recorrer algunas líneas, levantó la vista hacia ella.

—¿De verdad pensó que yo había escrito esto?

—Tiene su nombre. Su firma. Su sello... Supuse que...

—Sí. Ya he advertido que supone muchas cosas.

Ella apretó los labios.

Hamish volvió a mirar la carta.

—¿También supuso que soy capaz de escribir con semejantes faltas de ortografía?

—¿Qué?

—Aquí. —Señaló una palabra con el dedo—. Desición .

Joyce se acercó un poco más.

—Bueno...

—Y aquí tenemos extricta . —Hamish levantó nuevamente los ojos hacia ella—. Por Dios, Lady Joyce. Ni el peor alumno de Eton cometería semejantes atrocidades.

—Quizá no reparé en ello. —Joyce volvió a apretar los labios—. Estaba algo más preocupada por las amenazas que por corregir la ortografía de quien las escribía.

—Comprensible. Pero, para futuras referencias, si alguna vez decido extorsionarla, procuraré hacerlo con una ortografía aceptable.

Joyce lo miró. No parecía estar bromeando. O quizá sí. Con Hamish nunca era sencillo saberlo.

El duque volvió a concentrarse en los documentos.

—Esta no la escribí yo —dijo, separando la primera. Tomó la siguiente—. Esta tampoco. —Por último, desplegó la tercera. Su expresión cambió—. Esta sí.

—¿Qué?

—Esta carta sí la escribí yo.

—¡Lo sabía!

Una inmediata sensación de satisfacción se apoderó de ella. ¡Al fin! No había llegado hasta allí construyendo toda aquella historia a partir de suposiciones absurdas. No estaba completamente equivocada. Algo había interpretado bien.

—Pero no está dirigida a usted, milady.

La satisfacción de Joyce duró exactamente un segundo.

—¿Cómo dice?

Le extendió la carta. Ella se la arrancó de la mano y buscó el encabezamiento. Su rostro se descompuso.

—Oh, cielo santo...

Era una carta dirigida a Brett. La misma que había encontrado en la madrugada en el despacho de su marido. Joyce cerró los ojos y se llevó los dedos a las sienes.

—Las confundí... Las confundí —repitió ella, esta vez con mayor desesperación—.

Debí de tomar esta por error y dejar una de las otras sobre el escritorio.

—Comenzó a caminar en un pequeño círculo mientras intentaba reconstruir lo sucedido—.

Perfecto. Simplemente perfecto. Me tomé todas esas molestias para que Brett no se enterara de nada y he dejado una de las cartas en su despacho.

—Se detuvo. Su expresión empeoró todavía más—. La peor de las cartas.

—¿La peor? —inquirió Hamish.

Dios. No quería imaginar qué podía significar peor después de lo que acababa de leer. Amenazas desmedidas, argumentos carentes de sentido, una redacción lamentable y signos de puntuación distribuidos con un criterio que se le escapaba por completo.

Y todo aquello firmado con su nombre.

¿Qué podía ser peor?

—Sí. —Joyce se llevó una mano a la frente—. He dejado la peor de las cartas sobre su escritorio. Prácticamente la he colocado allí para que la encuentre y la lea. Al demonio los recados en Londres... ¡Toda mi historia acaba de venirse abajo, y por mi propia estupidez!

Lord Hamish apenas parecía escucharla. Había tomado nuevamente una de las cartas falsas y ahora observaba con detenimiento el sello de Strathcairn.

La diversión que le habían provocado las faltas de ortografía había desaparecido.

Giró el papel entre los dedos, acercándolo a la luz que entraba por la ventana. Su semblante se endureció.

—Esto sí es preocupante.

Joyce dejó de lamentarse.

—¿Qué cosa?

—Yo no escribí esta carta. Pero quien lo hizo se tomó muchas molestias para que usted creyera que sí.

—¿A qué se refiere?

—A esto. —Hamish señaló el sello—. Tampoco es mío.

Joyce se acercó.

—¿Está seguro?

Él levantó la vista hacia ella.

—Lady Joyce, llevo toda mi vida viendo el sello de mi propia casa. Estoy seguro.

—Pero es idéntico.

—Casi idéntico. —Volvió a observarlo, esta vez con el ceño fruncido—. Es una imitación. Una bastante convincente, además. Lo suficiente para engañar a cualquiera que no estuviera familiarizado con el original.

Joyce miró las cartas y después a él.

—Entonces... ¿de verdad no fue usted?

—Creo que eso ya lo hemos establecido.

La poca indignación que aún pudiera quedarle a Joyce terminó de desaparecer.

—Entonces le debo una disculpa.

No sabía qué era peor: haberlo inculpado sin más pruebas que unas cartas que llevaban su nombre o haberlo dejado plantado ante el altar.

No. Sin duda, lo primero.

Como fuese, le debía una disculpa. Probablemente más de una.