Capítulo 25
J oyce llevaba casi una hora y tres cuartos de viaje cuando el carruaje comenzó a dejar atrás las zonas más transitadas para internarse en los alrededores de Richmond. No le pareció demasiado. En realidad, si todo salía como había previsto, disponía de tiempo de sobra.
Había salido temprano. Hablaría con Hamish, le permitiría decir cuanto tuviera que decir —incluso gritar, si aquello conseguía aliviar de una vez por todas su orgullo herido—, aclararía el asunto de las cartas y emprendería el regreso.
Con un poco de suerte, estaría nuevamente en casa poco después del mediodía.
Unos simples recados en Londres. Eso era todo. Mantendría la misma historia, nadie tenía por qué enterarse de nada. La idea resultaba bastante más convincente cada vez que la repetía.
Joyce dirigió la mirada hacia la ventanilla cuando el carruaje aminoró la marcha.
No conocía esa residencia. Lord Hamish poseía varias propiedades y, aunque sabía que el duque disponía de una casa en Londres, esa se encontraba lo bastante apartada del centro como para ofrecer algo que no habría encontrado en Mayfair: terreno. Mucho terreno.
El carruaje atravesó las puertas de la propiedad y continuó por un camino flanqueado por árboles.
A medida que avanzaban, la casa fue apareciendo entre ellos: amplia, elegante y de proporciones severas, rodeada por jardines cuidadosamente mantenidos.
A cierta distancia se distinguían otras construcciones pertenecientes a la propiedad.
Supuso que alguna de ellas correspondería a las caballerizas.
No tuvo demasiado tiempo para observarlas.
El carruaje se detuvo frente a la entrada principal.
Un criado se acercó de inmediato para abrir la portezuela y ayudarla a descender. Joyce alisó la falda de su vestido, levantó la mirada hacia la casa y tomó aire.
Bien... Había llegado hasta allí. Ahora solo tenía que enfrentarse al hombre al que había abandonado ante el altar.
¿Qué podía salir mal?
El criado la acompañó hasta la entrada principal, donde el mayordomo ya aguardaba para recibirla. Debían de haber advertido la llegada del carruaje desde alguna de las ventanas, porque las puertas se abrieron antes de que alcanzara siquiera el último escalón.
El hombre hizo una discreta reverencia.
—Buenos días, milady. ¿En qué puedo servirla?
—Deseo ver al duque.
—¿La espera Su Gracia, milady?
—No. —Joyce hizo una breve pausa—. Pero puede decirle que Lady Joyce Grenville, vizcondesa de Kinloss, solicita unos minutos de su tiempo.
Si el nombre le produjo alguna impresión, el mayordomo no lo demostró. Se limitó a inclinar la cabeza y se hizo a un lado para permitirle el paso.
—Por supuesto, milady. Si tiene la bondad de esperar aquí...
La condujo hasta uno de los asientos dispuestos en el amplio vestíbulo. Joyce tomó asiento, aunque no pudo evitar observarlo mientras el hombre se disponía a retirarse.
—Comprenderé si Su Gracia no desea recibirme.
El mayordomo volvió la cabeza hacia ella. Su expresión permaneció tan imperturbable como antes.
—Eso deberá decidirlo Su Gracia, milady. Regresaré en unos minutos para darle una respuesta.
El hombre hizo una reverencia y se alejó. Y, tal como había prometido, no tardó demasiado en regresar.
—Su Gracia ha dicho que la recibirá, milady. Sin embargo, deberá esperar unos minutos. Si desea acompañarme, la conduciré a un salón donde podrá aguardar con mayor comodidad.
—Muchas gracias.
Se puso de pie y lo siguió.
Hamish había aceptado recibirla. Eso, en cierta forma, debía contar como un punto a su favor.
Si hubiese estado decidido a no volver a verla jamás, habría bastado con ordenar al mayordomo que la despidiera.
Quizá incluso había esperado que, tarde o temprano, ella se presentara para ofrecerle las explicaciones que le debía.
Lo que ocurriría cuando estuvieran frente a frente era otra cuestión.
El salón al que la condujeron no era muy grande, al menos no para las dimensiones de esa casa, pero bastaba para recordarle que se encontraba en una residencia ducal.
Una chimenea de mármol presidía una de las paredes; frente a ella se distribuían varios sillones y una pequeña mesa, y las altas ventanas ofrecían una amplia vista de los jardines.
Tomó asiento y esperó.
Al principio no le molestó. Cinco minutos eran perfectamente razonables.
Diez, también.
Cuando miró por tercera vez el reloj de la repisa de la chimenea, comenzó a preguntarse si el duque no habría decidido concederle deliberadamente unos minutos adicionales para que reflexionara sobre la situación en la que se encontraba. De ser así, no podía reprochárselo.
Esperó un poco más. Quizá eso formaba parte de su castigo.
La puerta se abrió y Joyce se incorporó de inmediato. Por un instante supuso que podía tratarse de Hamish en persona, dispuesto a ir a por ella. O, en su defecto, del mayordomo, que regresaba para conducirla hasta donde Su Gracia hubiese decidido recibirla.
Se equivocó. No era ni uno ni otro. Solo una doncella que entró con una bandeja.
—¿Desea tomar té, milady?
Joyce estuvo a punto de negarse. Entonces reparó en que tenía la garganta seca.
—Sí, gracias.
La doncella dispuso la bandeja sobre la mesa y Joyce hizo ademán de acercarse. Supuso que se limitaría a dejar allí el servicio para que ella misma se sirviera.
Se equivocó otra vez.
La joven levantó la tapa de la tetera, comprobó la infusión y comenzó a distribuir las piezas del servicio.
—Está bien, puedo hacerlo yo misma —dijo Joyce.
—No se preocupe, milady. Permítame.
Joyce volvió a acomodarse en el sillón. La doncella sirvió el té con una precisión casi ceremonial.
—¿Leche, milady?
—Sí, por favor. Muy poca.
—¿Azúcar?
—Una cucharada. Gracias.
Recibió finalmente la taza y observó cómo la doncella terminaba de ordenar cada elemento sobre la mesa antes de retirarse. Pocos minutos después apareció una segunda doncella con otra bandeja.
Joyce la contempló acercarse con creciente desconcierto.
Pequeños pasteles, tartaletas de fruta, dulces de almendra y delicadas piezas de repostería ocupaban la bandeja. Todo parecía demasiado elaborado para una simple visita inesperada.
Y, sobre todo, demasiado considerado para la mujer que había puesto en ridículo al dueño de la casa.
—Oh, no. Esto no era necesario.
—Por favor, milady.
La doncella dispuso también esa bandeja sobre la mesa con una naturalidad que indicaba que, necesario o no, eso era lo que se hacía con cualquier invitado de Su Gracia.
Joyce volvió a mirar el reloj. Después miró los pasteles. Probar uno no estaba de más, ¿verdad? Después de todo, las doncellas se habían tomado la molestia de llevarlos hasta allí, le parecía de pésima educación despreciar semejante atención.
Además, se recordó a sí misma, apenas había desayunado antes de salir del vizcondado. De modo que aquello no era gula, era una necesidad. Tomó una pequeña pieza recubierta con una fina capa de azúcar y la probó. Sus cejas se elevaron. ¡Vaya! Estaba realmente delicioso.
Miró el resto de la bandeja con renovado interés. Tomó un sorbo de té y volvió a contemplar los pequeños pasteles. Quizá había juzgado demasiado deprisa la cantidad de comida que le habían llevado. Tomó otra pieza recubierta con nata.
Cuando volvió a consultar la hora, había transcurrido bastante más tiempo del que había calculado y solo quedaba un pastelillo en la bandeja. Joyce comenzó a sospechar que Hamish estaba disfrutando demasiado de hacerla esperar.
En realidad, el duque de Strathcairn se encontraba en otra parte de la casa resolviendo una sucesión de asuntos que se habían acumulado desde primera hora de la mañana y apenas había tenido oportunidad de abandonar su escritorio. Joyce, por supuesto, no tenía forma de saberlo.
Cuando la puerta del salón volvió a abrirse y el mayordomo apareció en el umbral, la encontró con el último pastelito entre los dedos.
—Su Gracia puede recibirla ahora, milady.
Tragó con rapidez, dejó el resto del dulce sobre el plato y se limpió las puntas de los dedos con la servilleta.
Se puso de pie con toda la dignidad que pudo reunir después de haber pasado la última media hora convencida de que estaba siendo castigada mientras saqueaba la repostería del hombre al que había abandonado ante el altar.
Y siguió al mayordomo por un amplio corredor hasta otra ala de la casa.
Cuando estaban a pocos pasos de alcanzar el despacho, la puerta se abrió y un hombre salió de la estancia con varios documentos bajo el brazo. Intercambió unas últimas palabras con alguien en el interior, hizo una breve inclinación de cabeza y se alejó en dirección contraria.
Joyce lo observó pasar. Por su aspecto y por la cantidad de papeles que llevaba consigo, supuso que debía de tratarse de algún administrador, secretario o representante legal.
Por lo visto, el duque realmente había estado ocupado.
Esa posibilidad resultaba bastante menos satisfactoria que imaginarlo haciéndola esperar adrede.
El mayordomo llamó a la puerta y aguardó la autorización antes de abrir.
—Lady Joyce Grenville, Su Gracia.
Joyce entró.
El despacho era amplio y luminoso, de una elegancia sobria que parecía corresponderse muy bien con su propietario.
Maderas oscuras, una biblioteca que ocupaba buena parte de una de las paredes, sillones tapizados frente a la chimenea y algunos objetos cuidadosamente escogidos.
Nada resultaba excesivo ni parecía dispuesto con la intención de exhibir riqueza.
Detrás de un gran escritorio, Lord Hamish estaba rodeado de documentos, libros de cuentas y varias carpetas cuidadosamente ordenadas. En cuanto Joyce entró, dejó a un lado la pluma y se puso de pie.
—Lady Joyce.
—Su Gracia.
El mayordomo permaneció junto a la puerta.
Joyce miró al hombre y luego al duque.
—Me gustaría hablar con usted en privado, si no tiene inconveniente.
El duque no pareció sorprendido por la petición, aunque su mirada adquirió una atención diferente.
—Déjenos, por favor —le indicó al mayordomo.