Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Entonces, milord... ¿podemos establecer que cualquier cosa que surja de este interrogatorio no será producto de mi indiscreción ni de una falta de lealtad hacia mi señora, sino de la presión que usted ejerce con su sola presencia y sus insistentes cuestionamientos?

Brett arqueó una ceja. No. De hecho, había intentado hacer lo contrario. Se había cuidado de no presionarla ni intimidarla para que pudiera hablar con libertad. Pero, si Alice se sentía más cómoda amparándose en esa particular cláusula de intercambio entre ambos, estaba dispuesto a concedérsela.

—Sí, Alice. Si hablas, será únicamente por la insoportable presión que estoy ejerciendo sobre ti.

Alice exhaló, aliviada.

—De acuerdo, milord. En ese caso, ha ido a ver al duque de Strathcairn.

La respuesta llegó tan directa y sin escalas que Brett necesitó un instante para asimilarla.

—¿A Hamish?

—Sí, milord.

—¿Para qué?

—Lady Joyce considera que hay ciertas cuestiones que debe resolver personalmente con él.

No quería involucrarlo a usted. Dijo que, si pretende comenzar una nueva etapa de su vida, necesita poner un punto final a lo que dejó pendiente.

Pedir disculpas, aclarar algunas cosas...

permitir que el duque exprese su disgusto si todavía lo siente.

—Alice hizo una pequeña pausa—. Incluso dijo que, si el duque tenía deseos de gritarle, dejaría que lo hiciera.

La mandíbula de Brett se tensó.

¿Gritarle?

Hamish podía estar disgustado por haber sido abandonado ante el altar. Podía exigir explicaciones. Podía incluso decidir que no quería volver a verla en toda su vida.

¡Pero más le valía recordar que estaba hablando con su esposa!

—¿Y por qué demonios cree que Hamish va a gritarle?

—No sabría decirle, milord. Supongo que por lo sucedido. —Alice se encogió de hombros. Aprovechando esa instancia de la conversación, decidió deslizar otra pieza de ese rompecabezas del que ella misma no tenía toda la información—. Y también quería aclarar ese asunto de las cartas.

—¿Qué cartas? —exclamó Brett, sorprendido.

—No sabría decirle mucho más, milord.

Brett dejó escapar un resoplido, fastidiado.

—No empieces otra vez con esa dinámica, Alice. Habla.

—¡No! Es que esta vez de verdad no lo sé. Créame, me encantaría poder decirle más, pero no puedo. Solo sé, por lo poco que milady me contó, que las recibió del duque.

Brett frunció el ceño.

—¿El duque le ha estado escribiendo directamente a Joyce?

—Eso es lo que me dio a entender su esposa, milord.

—¿Cuántas cartas?

—Lady Joyce solo dijo cartas , milord. No me indicó cuántas.

Brett soltó el aire lentamente y se dejó caer en la silla de su escritorio.

—¿Y por qué no me habló de las cartas? —murmuró más para sí mismo que para los demás.

Alice, sin embargo, lo interpretó como una pregunta dirigida a ella.

—Eso debería preguntárselo a ella.

—Créeme, pienso hacerlo.

La verdad era que no le sorprendía.

Aun sin conocer el contenido de las cartas, el comportamiento de Joyce le resultaba demasiado familiar. Al fin y al cabo, eso era lo que ella hacía. Se lanzaba de cabeza, actuaba antes de medir las consecuencias.

Brett negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.

Ahí estaba la Joyce que conocía. La Joyce que, durante los últimos meses, parecía haber quedado atrapada detrás de demasiadas dudas y pensamientos. La misma que siempre encontraba la manera de meterse en problemas y que, aun así —o quizá también por eso—, él amaba.

Se volvió hacia Wilfred.

—Haz que ensillen mi caballo y, en cuanto esté listo, avísame.

—Sí, milord.

Wilfred salió y Alice se dispuso a seguirlo.

—Ah, y tú, Alice...

La doncella se detuvo y volvió la cabeza.

—¿Sí, milord?

—La próxima vez que mi esposa te pida que me ocultes algo que pueda meterla en problemas, procura ser tan mala guardando el secreto como lo has sido hoy.

Alice intentó mantener una expresión seria. No respondió. Pero finalmente una sonrisa terminó dibujándose en su rostro. Hizo una pequeña reverencia y abandonó el despacho.

Una vez que estuvo a solas, Brett permaneció sentado, con la mirada perdida en algún punto del despacho sin prestar verdadera atención a nada de cuanto lo rodeaba. Lo único realmente activo era su mente.

Que Joyce quisiera poner un punto final a su historia con Hamish no debería haberlo sorprendido.

Después de lo ocurrido entre ellos la noche anterior, incluso podía comprenderlo.

Si realmente pretendían comenzar una vida juntos, había asuntos del pasado que debían quedar atrás.

No iba a cuestionar su decisión ni la necesidad de hacerlo de inmediato.

Lo que no comprendía eran las cartas. No, mejor dicho, no comprendía al duque.

Quizá Hamish sentía por Joyce mucho más de lo que Brett había supuesto y el rechazo había alcanzado bastante más que su orgullo.

Pero, aun así...

Se acomodó la chaqueta mientras continuaba devanándose los sesos en busca de una explicación. Fue entonces cuando reparó en el escritorio. Algo estaba fuera de lugar.

No se trataba de un desorden evidente. Apenas unos cuantos papeles desplazados, correspondencia que recordaba haber dejado apilada y que ahora aparecía distribuida sobre la superficie.

Brett recorrió los documentos con la mirada.

Había cartas de Roderick. Correspondencia relacionada con los acuerdos comerciales.

Una comunicación del administrador de Strathcairn. Y cartas de Hamish.

Frunció el ceño.

No las había dejado así. Su mirada se desplazó hacia el candelabro. La vela estaba apagada, pero la cera derretida había descendido por uno de sus lados... Él no la había encendido la noche anterior.

Joyce...

Ella debía de haber estado allí.

La pregunta era: ¿por qué?

Comenzó a reunir los papeles. Una carta sobre otra. Roderick... El administrador... Hamish...

Se detuvo.

Había una que no pertenecía a aquel conjunto.

La tomó. Apenas necesitó recorrer las primeras líneas para darse cuenta de que no era la letra del duque.

De eso estaba seguro. Había tenido suficiente correspondencia con Hamish y tenía varias muestras de su caligrafía esparcidas en ese mismo escritorio.

La letra que tenía delante era distinta.

Y, sin embargo...

Tampoco le resultaba desconocida.

Volvió a recorrer las líneas, esta vez más despacio. Reconocía algo en aquellos trazos, quizá en la inclinación de algunas letras o en la forma de enlazarlas, que despertaba un recuerdo impreciso. Había visto ese tipo de letra antes.

Pero ¿dónde?

Brett bajó la mirada hacia el final de la carta. Allí estaba el nombre de Hamish y el sello de Strathcairn. Solo entonces volvió la carta para comprobar el nombre del destinatario. De algo estaba seguro: era la primera vez que la leía.

Lady Joyce Grenville.

De pronto, la preocupación de Joyce cobró auténtico sentido.

La carta iba dirigida a ella. Y ni qué decir del tono y del contenido amenazante.

—¿Qué demonios...?

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Milord —se oyó la voz de Wilfred desde el otro lado—. Su caballo está listo.

Brett dejó la carta sobre el escritorio y se puso de pie.

Las explicaciones podían esperar...

Joyce, no.