Capítulo 24
B rett dormía profundamente, boca abajo, con el rostro ladeado sobre la almohada y un brazo extendido por encima de la cabeza.
Las mantas se habían deslizado durante la noche hasta cubrirlo apenas desde la cintura, dejando al descubierto buena parte de su espalda.
Y, a juzgar por la absoluta inmovilidad del vizconde, nada parecía capaz de despertarlo.
Había razones para semejante agotamiento.
La noche anterior había sido larga. Intensa. Sin lugar a dudas, poco propicia para el descanso. Después de tantos meses conteniendo palabras, deseos y emociones que ninguno de los dos había sabido cómo enfrentar, Brett había alcanzado finalmente aquello que más había deseado...
A Joyce.
Y ahora dormía con la placidez de un hombre agotado y, por primera vez en mucho tiempo, completamente satisfecho.
Al otro extremo de la habitación, Alice y Wilfred contemplaban la escena en silencio.
El ayuda de cámara sostenía entre las manos una jofaina con agua fresca. Alice, a su lado, se inclinó hacia él y habló en un murmullo.
—Despiértalo.
Wilfred volvió lentamente la cabeza hacia ella, con una ceja arqueada.
—Está dormido. ¿Acaso no lo ves?
—Sí, por eso te digo que lo despiertes —murmuró Alice a pocos centímetros de su rostro.
—No voy a despertarlo porque tú lo digas. Está profundamente dormido.
—¿Y qué tiene que ver eso?
¿Desde cuándo la profundidad del sueño impedía el propósito de estimular la vigilia?, pensó Alice.
—Mucho tiene que ver. Si duerme de esa manera, es porque lo necesita...
Wilfred conocía muy bien los hábitos de sueño de su señor. Era de fácil despertar y de pocas horas de descanso nocturno. Le sentaba pésimo despertarlo precisamente cuando, por una vez, lo veía descansar como era debido.
Alice apretó los labios para contener sus deseos de exclamar. Tenía ganas de gritarle al oído. Inhaló profundamente y habló entre dientes.
—También necesita saber lo que está sucediendo en su propia casa.
Wilfred miró hacia la cama y contempló una vez más el estado relajado del joven vizconde.
—¿Es tan urgente?
Alice le clavó un codazo en las costillas a modo de respuesta y luego lo empujó por la espalda para acercarlo a la cama.
Wilfred dejó escapar un suspiro resignado y comenzó a avanzar. Alice lo siguió.
—Espera —murmuró ella—. Quizá sería mejor que...
Se interrumpió.
Desde esa distancia podía apreciar bastante mejor la espalda desnuda del joven vizconde. Los músculos se dibujaban bajo la piel relajada, desde los hombros hasta el punto en que las mantas ocultaban el resto de su anatomía. El cabello oscuro estaba revuelto contra la almohada.
Alice ladeó ligeramente la cabeza.
¡Vaya!
Quizá lo verdaderamente sorprendente no fuera lo sucedido la noche anterior, sino que lady Joyce hubiese tardado tanto tiempo en darse cuenta de lo que tenía delante. El joven vizconde era una bella y musculosa caja de sorpresas.
—Alice.
La voz de Wilfred la hizo parpadear.
—¿Qué?
—Fuera —gruñó el hombre.
Ella frunció el ceño.
—Pero tengo que hablar con...
—Fuera —repitió él, señalando la puerta—. Y aparta la vista.
—¡No estaba mirando nada!
Wilfred alzó una ceja.
—Pues díselo a tus ojos... A ver si cambian de dirección.
Alice abrió la boca para protestar. Fue el turno de Wilfred: la empujó por la espalda con la clara intención de hacerla salir de la habitación.
La doncella lo fulminó con la mirada. Después señaló a Brett y luego la puerta, articulando en silencio:
Despiértalo.
Wilfred respondió con un gesto impaciente.
Sí. Vete ya.
Alice comenzó a retroceder hacia la salida. Antes de cruzarla, volvió a señalar al vizconde. Wilfred agitó una mano para echarla definitivamente de la habitación.
Cuando estuvo a solas, se acercó a la cama.
—Milord —llamó en voz baja.
Brett, por supuesto, no se movió.
—Miiilord...
Nada.
Wilfred contempló la jofaina que llevaba entre las manos. Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios. Sumergió las puntas de los dedos en el agua y dejó caer unas pocas gotas sobre el rostro del vizconde.
Esperó a que abriera los ojos.
¡Rayos!
Brett frunció el ceño y hundió un poco más la cara en la almohada.
Wilfred volvió a mojarse los dedos. Esta vez fue algo más generoso. De hecho, una de las gotas cayó justo sobre la punta de su nariz.
¡Sí! Esa tenía que ser la gota ganadora. La que lo convocara a la vida diurna.
Brett hizo un sonido incomprensible y movió la cabeza.
¡Maldición!
—¡Milord! —insistió Wilfred, alzando esta vez la voz.
Y, como si eso no bastara, tiró de una de las mantas.
Los ojos de Brett se abrieron.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapado entre el sueño y la vigilia. Luego deslizó la mano hacia el otro lado de la cama.
Sintió el vacío. La falta de calor entre las sábanas.
Levantó la cabeza y miró el espacio vacío a su lado. Después recorrió la habitación con la mirada. Se encontró a Wilfred junto a la cama, sosteniendo la jofaina con una expresión inocente que le sentaba pésima.
—¿Qué haces aquí? —interrogó Brett de inmediato.
No era la persona a la que esperaba encontrar y la decepción se notaba en su voz.
—Buenos días, milord.
El ayuda de cámara sonrió.
Brett volvió a mirar el espacio vacío a su lado.
—¿Dónde está Joyce?
Era lo único que le importaba saber. Los saludos matinales podían esperar.
La sonrisa de Wilfred se ensanchó. Al fin y al cabo, esa era la pregunta que estaba esperando. Mejor dicho, que estaban esperando... Él y la entrometida de Alice, que, seguramente, tenía la oreja pegada a la puerta.
—No sabría decirle, milord... Pero, si lo desea, puedo averiguarlo.
Brett no necesitó demasiado tiempo para estar presentable.
En circunstancias normales, pese a que prefería ocuparse él mismo de sus hábitos matutinos —afeitarse, peinarse y vestirse—, permitía que Wilfred lo asistiera.
No porque requiriera ayuda, sino porque sabía que su ayuda de cámara se tomaba muy en serio sus obligaciones y privarlo de ellas habría sido casi una afrenta personal.
Pero esa mañana tenía un motivo adicional para prescindir de su asistencia y hacerlo todo con especial rapidez.
Necesitaba que Wilfred estuviera en cualquier sitio menos allí. Concretamente, averiguando dónde demonios había ido su esposa.
Él mismo podría haber recorrido la casa interrogando a cuanta doncella se cruzara en su camino, pero eso solo habría servido para despertar murmullos.
Y lo último que necesitaba era que su tía se enterara de que Joyce había abandonado la casa temprano, sin despedirse, sin decirle adónde iba y, para colmo, sin siquiera despertarlo para darle un beso.
No... No necesitaba que nadie sacara conclusiones sobre eso.
Cuando entró en su despacho, todavía estaba acomodándose los puños de la camisa bajo las mangas de la chaqueta. Apenas había alcanzado el escritorio y se disponía a tomar asiento cuando la puerta volvió a abrirse.
Wilfred apareció en el umbral.
—¿Qué has averiguado? —preguntó Brett de inmediato.
—Lady Joyce ha salido a hacer unos recados, milord.
Brett permaneció de pie.
—¿Recados? ¿Qué clase de recados?
—No lo sé, milord. Recados.
—Wilfred, cuando te pedí que averiguaras algo, esperaba que consiguieras información un poco más detallada...
—Comprendo, milord. —Wilfred pareció meditarlo. En realidad, solo estaba haciendo una pausa. Sabía muy bien lo que iba a hacer, pero intentaba que Brett creyera lo contrario—. Quizá Alice pueda ofrecerle información más precisa.
—Tienes razón. Ve a buscar a Alice.
—Por supuesto.
Wilfred abrió la puerta y, como si hubiese sido convocada por arte de magia, Alice apareció al otro lado.
—Oh, perfecto —dijo él—. Justo iba a por ti.
—Oh... —Alice esbozó una falsa sonrisa—. Entonces te he ahorrado la búsqueda.
El intercambio de miradas entre ambos fue demasiado evidente.
Brett entrecerró los ojos.
¡Qué extraordinaria casualidad!
Alice parecía haberse materializado en el sitio y en el instante en que Wilfred debía salir a buscarla. Por la expresión de ambos, además, pretendían hacerle creer que eso era producto del azar.
Brett decidió ahorrarles la representación.
—Pasa, Alice.
—Con su permiso, milord.
La doncella entró. Wilfred cerró la puerta detrás de ella, pero permaneció junto a la entrada.
—Wilfred acaba de informarme de que mi esposa ha salido.
—Sí, milord. A hacer unos recados.
Brett dirigió una mirada lenta hacia su ayuda de cámara.
—Esa parte ya me la sé.
Wilfred tuvo la prudencia de guardar silencio.
—¿Qué clase de recados?
—Bueno... —Alice juntó las manos frente al cuerpo—. Recados en Londres, milord. —Se removió en el lugar, se la notaba inquieta—. Lady Joyce tenía algunas cuestiones que deseaba resolver. Cosas pendientes. Antes de comenzar una nueva etapa de su vida.
Brett frunció el ceño.
—Alice, no te entiendo.
—Ella quiere dejar ciertas cosas atrás, milord.
—Eso sí lo entiendo. Lo que no entiendo es qué tiene que ver con unos recados en Londres.
—Es... es que... —Alice hizo una pausa—. Según milady, hay asuntos que no quedaron del todo resueltos.
Brett la observó con detenimiento. Intentó que su expresión no resultara severa, aunque no podía evitar cierta tensión. Quería interrogarla, pero no intimidarla. Solo así conseguiría que hablara, porque, por lo visto, tenía bastante información que compartir.
—¿Joyce te pidió que no me dijeras adónde iba?
Alice apretó los labios.
—No, milord. Por supuesto que no. —Mientras pronunciaba esas palabras, movió la cabeza de arriba abajo.
—Entiendo —dijo Brett, sin indagar más.
Alice estaba cumpliendo con parte de su labor: ser fiel a su señora y, al mismo tiempo, compartir con él aquello que, por lo visto, la tenía preocupada.
—Me alegra, milord.
Volvió a apretar los labios, como si con ese simple gesto quisiera recordarle que había cosas que no podía decir.
Brett captó el mensaje.
—De acuerdo. Hagámoslo de otra manera, Alice. No me digas nada que lady Joyce te haya pedido expresamente que no me dijeras.
Los ojos de Alice se iluminaron. En aquella propuesta parecía haber encontrado una posibilidad.