Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Epílogo
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Epílogo

Tres meses después…

—T enemos que hacerlo ahora, Brett —insistió Joyce. Se tocó el vientre y le lanzó una mirada llena de significado—. En unos meses se empezará a notar.

—¿Y? Te verás hermosa.

Tiró de ella para acercarla y repetir una vez más el acto que llevó a ese pequeño retoño Grenville a crecer en el vientre de su esposa. Ella luchó entre risas.

—Que se supone que debemos asistir para acallar el escándalo.

—Me gusta el escándalo. Nadie me habla si no es por negocios. ¡Es fantástico! Me he ahorrado horas y horas de misivas sin sentido.

—¡Brett!

—Vale, sí, que debo pensar en mis cuñadas…

—La hizo girar en el colchón hasta ocupar el espacio sobre ella.

Joyce le dio la bienvenida abriendo las piernas.

Su cerebro se hizo papilla, como le sucedía siempre que Brett se enfocaba en complacerla—.

Pero en cuanto estén casadas, haremos algo más escandaloso así nos expulsan por completo de la sociedad, ¿vale?

—¡La sociedad no es tan mala!

Brett arqueó la ceja y Joyce volvió a reír.

—Bien, lo acepto, quizá la alta sociedad sí lo sea. Nos limitaremos a los bailes campestres.

—Mucho mejor. Ahora, chitón, que estoy ocupado. —Llevó la mano por debajo de la bata de Joyce y ella no pudo acatar la orden. Si bien no volvió a hablar del tema, silencio… pues silencio no hizo.

El salón de baile de los Forester resplandecía bajo la luz de mil velas de cera de abeja. Era el evento cumbre de la temporada de invierno, y también, el primer baile al que asistían el vizconde y la vizcondesa de Kinloss desde su sonado —y escandaloso— viaje a Gretna Green.

Por supuesto, todos los Audley, los Plageman, los Kensington y los demás Grigg asistieron a modo de apoyo moral; tenían que probar que la familia estaba unida y que aquel escándalo no era más que otra picaresca historia de amor, de esas que entretenían en las revistas de cotilleo.

En cuanto Brett y Joyce pisaron el umbral, un silencio denso barrió el salón. Los murmullos estallaron un segundo después, como un panal de abejas alborotado. Los abanicos se agitaron de forma frenética para ocultar los cuchicheos.

Joyce apretó los dedos alrededor del brazo de su esposo.

—Están esperando que tropiece y caiga de cara al suelo —susurró ella. Mantuvo una sonrisa radiante e inamovible en el rostro.

—Si te caes, me tiraré al suelo contigo y fingiremos que es el nuevo baile de moda en América —le respondió Brett. Le cubrió la mano con la suya y le dio un apretón reconfortante—. Estás hermosa. Y eres mi esposa. Que miren todo lo que quieran.

Su familia se acercó de inmediato. Tracie, como su amiga, fue la más efusiva. Los rodeó en un abrazo fuerte que dejaba en claro que la baronía estaba del lado de la pareja.

—No estés tan nerviosa —le dijo su amiga—, será imposible que monten un escándalo peor.

—No la pongas a prueba —respondió Brett.

Joyce y Tracie golpearon cada una uno de sus hombros. Él se echó a reír.

—Al parecer, disfruta usted de la situación más de lo que reconoce, milord —le dijo el barón. Pese a su seriedad, se atisbaba el inicio de una sonrisa.

—La seriedad está sobrevalorada, Lord Hayden, y creo que es un saber al que usted también ha llegado.

—Pues tiene razón. —La sonrisa del barón fue completa, miró a su esposa con adoración—. Los hombres como nosotros tenemos muchas responsabilidades, Lord Brett, corremos el riesgo de quebrarnos como una vara si somos muy rígidos.

Los cuatro dieron una vuelta por la pista.

La sociedad londinense observaba con ojos de águila a la pareja del momento, esperando cualquier atisbo de arrepentimiento o desdicha en el matrimonio apresurado.

Tracie y Hayden eran noticia del pasado, lo que les probaba a Brett y Joyce que no había escándalo que permaneciera en la memoria colectiva más de una temporada.

Los curiosos parecían decepcionados de solo encontrar a un vizconde que miraba a su esposa como si fuera el centro del universo, y a una vizcondesa que parecía brillar con luz propia.

La multitud se abrió de pronto. No lo hizo por respeto a ellos, sino por respeto al hombre que avanzaba en dirección contraria.

—Hablando de hombres rígidos de tantas responsabilidades —murmuró Tracie, Joyce la codeó.

—Amiga, recuerda que cuando dices algo así tienes que ocultar tu boca tras el abanico.

—Pues a mí eso me parece una idea malísima. Cada vez que veo a una dama con el abanico pienso que está hablando mal de alguien.

—Nada mejor que hablar mal de alguien sin ocultamientos —bromeó Joyce.

—Pues yo no hablaba mal, sentía pena. Ese hombre necesita una esposa que lo vuelva loco urgentemente… ¿Hayden, a quién sugieres?

—No me atrevería a conjeturar.

—Oh, yo sí, pero no puedo decirlo —murmuró Joyce, y buscó a su prima en la multitud.

Isobel miraba las lámparas colgantes y el decorado. Algunos caballeros la observaban, puesto que su belleza era difícil de ignorar, pero nadie se atrevía a invitarla a un baile.

Aún.

En cuanto el escándalo remitiera, lo harían, pese a no ser la mejor candidata para unos lores empobrecidos que buscaban mediante relaciones o una buena dote salvar su patrimonio.

Pero siempre existía alguien cuyo patrimonio fuera tan firme que pudiera soportar un «mal matrimonio». Una de esas bodas inesperadas en las que la sociedad se estremecía ante la idea moderna de… ¡casarse por amor!

Y si de patrimonios se hablaba…

Lord Hamish Alexander Drummond, duque de Strathcairn, caminaba hacia la pareja. Llevaba sus galas escocesas, con el tartán oscuro de su clan sobre el hombro y un broche de plata que refulgía bajo los candelabros. Su expresión era tan severa y fría como un invierno en las Tierras Altas.

Joyce dejó de respirar. Brett tensó la mandíbula y se preparó para la confrontación.

El duque se detuvo frente a ellos. Hizo una reverencia seca. Impecable.

—Lord Grenville. Lady Grenville.

—Su Gracia —respondió Brett con un asentimiento comedido.

Hamish paseó la mirada por la pareja. Su rostro no denotaba ninguna emoción, pero sus ojos se detuvieron en Joyce.

—La sociedad entera está esperando que nos batamos a duelo aquí mismo, Kinloss —dijo el duque. Su voz resonó lo suficiente para que las tres señoras más chismosas de la primera fila lo escucharan—. Me temo que deberemos decepcionarlos. Tengo mejores cosas que hacer que manchar mis botas con sangre.

—Me alegra oírlo, Su Gracia —concedió Brett.

Si bien el negocio con Roderick seguía en marcha, el duque se había limitado a comunicarse siempre mediante su administrador.

—Sin embargo —continuó el escocés—, la única forma de que estos buitres dejen de hablar de mi supuesta desgracia es demostrarles que la considero una bendición disfrazada. Milady, me concederá el siguiente vals.

No fue una pregunta, fue una exigencia dictada por el más puro pragmatismo social.

Joyce miró a Brett, Brett miró a Joyce y ambos asintieron. Era lo que necesitaban. Si bailaba con el duque, el escándalo quedaría oficialmente enterrado. Nadie podría decir que había rencores si el propio novio abandonado la sacaba a la pista.

—Será un honor, Su Gracia —aceptó ella.

El duque le ofreció el brazo con la misma rigidez de una estatua de mármol. La guio hacia el centro de la pista cuando los violines comenzaron a tocar. Tomó su cintura manteniendo una distancia más que respetable, casi como si temiera contagiarse de alguna enfermedad.

Comenzaron a girar.

—Solo espero que este plan dé resultado, Lady Joyce —murmuró Hamish mientras daban la primera vuelta—. Un baile, unas sonrisas fingidas… Espero que dejen de compadecerme por la pérdida de una esposa tan… peculiar. No hay conversación de negocios que no desemboque en usted, empieza a irritarme.

—Es un plan perfecto, milord —concedió Joyce. Intentó seguir el ritmo—. Le prometo que me portaré bien. No quiero causarle más problemas.

—Esa es la primera cosa sensata que dice desde que la conozco.

Giraron cerca del perímetro de la pista, justo al lado de una inmensa columna de mármol adornada con un arreglo floral y un candelabro de plata rebosante de velas encendidas.

El desastre ocurrió en una fracción de segundo.

Un camarero distraído retrocedió con una bandeja vacía. Joyce intentó esquivarlo para evitar el choque. Al hacerlo, pisó el dobladillo de su vestido de seda. Su tobillo cedió. Perdió el equilibrio y agitó los brazos como un molino de viento para no terminar en el suelo.

Su abanico cerrado salió disparado de su mano. Voló por el aire y golpeó el candelabro de la columna con la precisión de un proyectil.

Una vela gruesa, encendida y rebosante de cera caliente, se tambaleó y cayó directamente sobre el pecho del duque.

—¡Cuidado! —chilló Joyce.

La vela rebotó contra el tartán escocés. Una chispa prendió de inmediato en el delicado encaje del pañuelo que asomaba por el bolsillo del saco oscuro del duque. El fuego cobró vida con una velocidad pasmosa.

Hamish abrió los ojos con desmesura. Soltó a Joyce y comenzó a palmearse el pecho con desesperación.

—¡Por todos los santos! —bramó el duque.

La música se detuvo en seco. Los gritos de las damas llenaron el salón. Joyce se quedó petrificada, con las manos en el rostro. ¡Había prendido fuego a un duque! Su maldición personal con ese hombre no tenía fin.

Antes de que Brett o los criados pudieran llegar, una figura femenina irrumpió entre la multitud.

Era Isobel. La prima de Joyce corrió hacia el escocés con una inmensa copa de cristal llena de ponche de cereza en la mano.

Sin dudarlo un instante, arrojó el contenido líquido y pegajoso directo al pecho de Lord Hamish.

El fuego se extinguió con un silbido de vapor.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el goteo del ponche.

Lord Hamish Alexander Drummond, el hombre más respetado, temido y pulcro de todo el norte de Gran Bretaña, estaba empapado en líquido rojo.

El ponche de cereza escurría por su exquisita corbata blanca, manchaba su chaleco y goteaba desde su barbilla.

Olía a humo, a cera quemada y a frutos rojos fermentados.

El duque levantó la vista. Su pecho subía y bajaba con respiraciones furiosas. Clavó sus ojos en la joven que sostenía la copa vacía.

Isobel no retrocedió. Frunció el ceño en cambio, como si no entendiera por qué el duque se veía tan molesto.

—¡Estaba en llamas, Su Gracia! —explicó lo obvio—. Me alegro de haberle salvado la vida.

Y la muchacha del demonio sonrió, hasta parecía feliz de haber saldado parte de la escandalosa deuda que tenían con él.

—La vida que su prima puso en riesgo en primer lugar —siseó el hombre.

Hamish cerró los ojos y apretó los puños. Las venas de su cuello estaban a punto de estallar.

—Yo no… —intentó defenderse Joyce. Los presentes volvían a mirarlos y el duque se debatía entre montar otro escándalo o respirar hondo y alejarse de allí.

—Ustedes no son una familia —gruñó el escocés por lo bajo. La voz le salió desde lo más profundo del pecho—. Son una plaga. Una maldición bíblica enviada para purgar mis pecados.

—¿Qué pecados? —preguntó Isobel.

Hamish clavó en ella sus ojos negros como el carbón.

—Fue un accidente, Lord Hamish, yo solo… —intentó Joyce una vez más.

—¡No hable! —La interrumpió él. Levantó una mano empapada en ponche—.

Lo declaro hoy, ante Dios, que espero que sea el único que me oiga porque no quiero ¡un cotilleo más en mi nombre!

, que jamás, bajo ninguna circunstancia, volveré a cruzar palabra, baile o mirada con un miembro de la familia Grigg.

Es una cuestión de supervivencia. Prefiero enfrentar, desarmado, a un regimiento francés antes que compartir el oxígeno con ustedes. ¡Que tengan buenas noches!

El duque giró sobre sus talones. Caminó hacia la salida del salón de baile, dejando un reguero a cada paso.

Aunque no lo hubieran oído, el estado de esa relación era evidente. ¡Habían servido otro escándalo!

Isobel lo vio marcharse y soltó un bufido divertido.

—Qué hombre tan dramático. Le he salvado la vida y ni las gracias me da —comentó ella, restándole importancia, y se alejó en dirección a la mesa de aperitivos.

Arabella esperaba a por ella conteniendo la risa.

Brett llegó por fin junto a Joyce. Le pasó un brazo por los hombros y la acercó a su pecho. Tenía los labios apretados en una línea fina para no soltar la carcajada que amenazaba con salir.

—¿Qué ha pasado? Te dejé sola cinco minutos.

—Yo intenté portarme bien, lo juro —se justificó Joyce. Escondió el rostro en la solapa de su esposo, temblando de risa—. Pero creo que le acabo de arruinar el vestuario al duque. Y puede que Isobel acabe de arruinarle la dignidad.

Brett dejó ir la carcajada que había estado conteniendo. El sonido de su risa, honesta y llena de alegría, le dio a Joyce toda la confirmación que necesitaba. Estaban a salvo. Estaban juntos.

—Ven aquí, mi pequeña pirómana —dijo Brett. Le besó la coronilla—. Vámonos a casa antes de que incendies el edificio entero. Además, ya te dije, empieza a agradarme ser paria social.

—Pero Arabella e Isobel…

—Míralas.

Eran quienes más reían de la situación, no parecían avergonzadas ni preocupadas por el impacto que ofender a un duque pudiera traer aparejado para ellas.

Por el contrario, Arabella pensaba que era lo mejor que les podía pasar. De ese modo, solo alguien que las amara de verdad se casaría con ellas: preferible solterona que casada sin amor.

Joyce cogió la mano de Brett. Miró hacia las puertas del salón por última vez. El duque se había marchado furioso, jurando no volver a ver a una Grigg en su vida.

Pobre Lord Hamish, pensó ella con una sonrisa maliciosa. Aún no sabía que el destino tenía un sentido del humor perverso, y que la plaga llamada Isobel acababa de fijar sus ojos en él.

Pero esa, por supuesto, sería otra historia. Ahora, la suya al fin había llegado al «y fueron felices por siempre».

FIN.