Capítulo 23 #2
La doncella acompañó la respuesta con una mirada que a Joyce le resultó inquisitiva. Esta vez se volvió directamente hacia ella.
—¿Otra vez ese tono?
—¿Qué tono, milady? No he dicho nada.
—No hace falta que lo digas. Te conozco.
Alice podría haberse sentido ofendida por la acusación, pero habría sido absurdo fingir. Era entrometida. Lo sabía y tampoco hacía demasiado por disimularlo.
—Y yo me atrevería a decir, milady, que estoy empezando a conocerla a usted también —replicó mientras se situaba detrás de ella y comenzaba a recogerle el cabello—. ¿Sería tan amable de informarme adónde piensa ir?
—No. ¿Por qué habría de decírtelo?
—Para ayudarla a prepararse de la forma conveniente.
—No es necesario. Con que me ayudes a completar el atuendo y le digas al cochero que prepare el carruaje y esté listo para salir cuanto antes, será suficiente.
—Ya veo.
Joyce observó su reflejo con desconfianza.
—¿Qué es lo que ves?
—Que tendré que adivinarlo.
—No quiero que adivines nada.
—Entonces... Londres.
Joyce volvió el rostro hacia ella.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión?
—Ha pedido un carruaje. Si pretendiera visitar los alrededores o alguna de las propiedades vecinas, no necesitaría uno preparado para un viaje. Así que supongo que se dirige a Londres.
—¡Cielos, Alice! Realmente eres una metiche.
—Prefiero pensar que tengo una mente ágil.
—Demasiado ágil para mi conveniencia —masculló Joyce. Regresó la mirada al espejo—. Pero sí. Iré a Londres.
Alice dejó el cepillo y tomó una de las prendas que había dispuesto sobre la cama.
—Ahora, disculpe que sea tan entrometida, milady, pero ¿le parece prudente marcharse sola sin decirle a nadie adónde va?
—Ya sabes adónde voy. Acabo de decirte que voy a Londres.
—Londres tiene un tamaño considerable, milady. Así que, en cierta forma, no me ha dicho nada. Sigo sin saber hacia dónde se dirige con exactitud.
Joyce soltó un suspiro.
—Por si no te has dado cuenta, mi intención es no darte más explicaciones.
No pienso proporcionarte las coordenadas exactas, si eso es lo que esperas.
Los criados de esta casa son incapaces de guardar un secreto, empezando por ti y por Wilfred.
En cuanto suba al carruaje, lo sabrá hasta el último mozo de cuadra.
Alice llevó una mano al pecho con fingida consternación.
—Es una acusación bastante severa, milady.
—Pero con fundamento.
—Quizá —concedió la doncella—. Aunque, en determinadas circunstancias, que la información se desparrame a lo largo y a lo ancho de la casa puede resultar conveniente.
—¿Conveniente para qué?
—Supongamos que durante el trayecto, o incluso cuando llegue a su misterioso destino, sucede algún imprevisto. Si tenemos que ir a buscarla o, peor aún, si su esposo tiene que salir a rescatarla, al menos alguno de nosotros sabrá dónde encontrarla.
—¿Y por qué tendría alguien que ir a rescatarme? Lo dices como si tuviese la costumbre de meterme en situaciones...
Joyce se detuvo. Comprendió que estaba a punto de convertirse en víctima de sus propias palabras. Antes de que Alice pudiera aprovechar la oportunidad, tomó un trozo de queso y se lo llevó a la boca. Después de todo, nadie podía exigirle que continuara una frase mientras estaba masticando.
Alice cruzó los brazos y esperó.
Joyce masticó con toda la calma de la que fue capaz, fingiendo un repentino y profundo interés por su desayuno.
—¿Quiere que le responda, milady? —preguntó finalmente Alice—. ¿O prefiere que termine la frase por usted?
—No —respondió Joyce todavía con la boca medio llena—. Mejor no respondas.
Lo peor era que no podía contradecirla. Su historial personal alimentaba esa opinión. Joyce Grigg tenía una extraordinaria facilidad para terminar involucrada en situaciones de las que después alguien —con demasiada frecuencia Brett— debía ayudarla a salir.
Pero aquella vez sería diferente.
Tenía que serlo.
Ya estaba metida en el mayor problema de su vida y, por primera vez, no tenía ninguna intención de escapar de él.
Problema había sido huir de su boda con Brett a su lado.
Fingir un matrimonio que ninguno de los dos había sabido muy bien cómo sostener.
Compartir un techo con él. Acostumbrarse a su presencia, a sus cuidados, a esa manera obstinada que tenía de permanecer cerca incluso cuando ella intentaba mantenerlo a distancia.
Problema había sido descubrir que ese muchacho al que durante tantos años se había empeñado en mirar como tal ya no existía. Que Brett había crecido mientras ella se negaba a verlo y se había convertido, casi sin que lo advirtiera, en el hombre que quizá había esperado toda su vida.
Y, si debía llamar problema a lo ocurrido la noche anterior, a descubrir el paraíso entre sus brazos y el cielo en sus labios, entonces estaba dispuesta a aceptar las consecuencias de ese maravilloso problema.
Una sonrisa involuntaria asomó a sus labios. Quizá ese era el único problema que siempre había querido tener.
La sonrisa se desdibujó de su boca cuando Alice jaló de las cintas del corsé y la devolvió bruscamente al presente.
—Milady, esa sonrisa me preocupa.
—¿Mi sonrisa? ¿Qué tiene mi sonrisa?
Alice terminó de ajustar las cintas antes de responder.
—Esa sonrisa puede ser el resultado de una de dos cosas: o ya ha hecho algo que no debía o está pensando en hacerlo. Y, por la hora y sus misteriosos planes de viajar a Londres, me inclino por la segunda. ¿Me equivoco?
Joyce estuvo a punto de responder que sí. Aunque no habría sido del todo cierto.
Alice se equivocaba respecto al origen de la sonrisa.
Era Brett quien la había provocado. Brett y el delicioso embrollo en el que ambos se habían metido.
Sin embargo, era precisamente por él, por ellos y por todo lo que ahora deseaba conservar, que necesitaba resolver el otro asunto que amenazaba con interponerse en su camino.
Tenía que solucionar ese asunto con el duque para poder seguir sonriendo a gusto.
Pero no pensaba explicárselo a Alice.
—¿Ya has terminado con el corsé? —preguntó en cambio.
—Depende, milady.
Joyce volvió el rostro hacia ella.
—¿Depende de qué?
—De los planes que tenga en mente.
Joyce la observó con creciente suspicacia. Alice retomó su tarea con una parsimonia que comenzaba a resultar sospechosa. Tiró de una cinta, comprobó el ajuste, volvió a acomodarla y se tomó un tiempo innecesario antes de continuar.
—Lo estás haciendo a propósito.
—¿Haciendo qué, milady?
—Estás demorándote.
—Solo intento asegurarme de que todo quede como corresponde.
—A este ritmo, saldré de la casa al mediodía.
Alice no respondió. No hacía falta. Joyce comprendía cuál era su propósito.
La doncella pretendía demorarla o, mejor dicho, obligarla a entrar en razones.
No era habitual que Joyce estuviera despierta desde el alba, reclamara que la vistieran a toda prisa y ordenara preparar un carruaje para marcharse a Londres a primera hora de la mañana sin querer explicar siquiera adónde se dirigía.
La doncella había percibido su inquietud. Y, si eso que se disponía a hacer la inquietaba lo suficiente como para comportarse de ese modo, probablemente consideraba que Joyce debía pensarlo un poco mejor antes de llevarlo a cabo. O, al menos, que no debería hacerlo sola.
Quizá confiaba en que, si conseguía retenerla el tiempo suficiente, su señora cambiaría de opinión.
Joyce soltó un suspiro de rendición.
—De acuerdo. Veo que estás dispuesta a convertirte en un obstáculo hasta que consigas lo que quieres. Te daré la información necesaria para que te hagas a un lado.
—Es lo único que pretendo, milady. —Esta vez no hubo picardía en la voz de Alice—. Reconozco que soy una entrometida, pero soy una entrometida que procura su bienestar.
La sinceridad de sus palabras desarmó parte de la resistencia de Joyce.
—Lo sé. Gracias, Alice.
La doncella tomó la falda del vestido que había preparado y la ayudó a ponérsela.
—Reconozco que tengo cierta tendencia a complicar las cosas —continuó Joyce—. De hecho, lo he hecho bastante bien hasta ahora. Mi matrimonio con Brett nació de una complicación que yo misma provoqué. Necesito solucionar esto cuanto antes.
Alice levantó la mirada hacia ella, pero esta vez no la interrumpió.
—Quiero terminar con lo que dejé pendiente y empezar una nueva etapa de mi vida sin tener algo de la anterior persiguiéndome.
Alice terminó de acomodar el vestido y condujo a Joyce frente al espejo para comprobar el resultado. Se situó detrás de ella, alisó con las manos algún pliegue rebelde y contempló durante unos segundos el reflejo de su señora.
—Milady, ¿le permite a esta entrometida darle una opinión?
Joyce arqueó las cejas.
—Oh, vaya. Pensé que solo buscabas información. No sabía que después también tendría que escuchar opiniones.
—Una vez obtenida la información necesaria, estoy en condiciones de elaborar una.
—Qué eficiente.
—Intento serlo.
Joyce tuvo que contener una sonrisa.
—Está bien. Soy todo oídos, Alice. Dime.