Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 23
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Capítulo 23

J oyce llevaba un buen rato despierta. A su lado, Brett dormía profundamente, ajeno a los pensamientos que se sucedían en la mente de su esposa. La respiración acompasada era el único sonido que quebraba el silencio de la habitación, todavía sumida en la oscuridad.

Giró apenas la cabeza para mirarlo.

Había imaginado muchas veces cómo sería su vida después de esa boda que nunca llegó a celebrarse.

Había pensado en Hamish, en Arabella, en el escándalo que había dejado atrás y en las consecuencias que tarde o temprano tendría que afrontar.

También había pensado, demasiadas veces, en el momento en que esa farsa con Brett llegara a su fin.

Ahora esa posibilidad le resultaba inconcebible.

Quizá ante la ley seguían siendo dos personas atrapadas en un matrimonio que no existía. Habría tiempo para hablar de ello, para decidir qué hacer y encontrar la manera de poner orden en el embrollo que habían creado. Pero había algo que Joyce ya no necesitaba discutir.

Brett era su marido.

Y ella, finalmente, se sentía su mujer.

La certeza había llegado sin pedir permiso y, lejos de inquietarla, le proporcionaba una serenidad que no había conocido desde que huyó de Londres.

Ya no importaban los años que los separaban ni aquella imagen del muchacho que durante tanto tiempo se había empeñado en conservar.

Brett le había dicho lo que sentía, pero, sobre todo, se lo había demostrado.

En sus actos, en la forma en que la cuidaba, en su obstinación por permanecer a su lado incluso cuando ella misma parecía decidida a levantar una barrera entre ambos.

Ya no había barreras.

Joyce cerró los ojos un instante. No podía imaginarlo casado con otra mujer.

No quería imaginar una vida en la que él no estuviera a su lado.

Fuera cual fuese la solución que encontraran para aquella absurda situación legal, sería una solución que los mantuviera juntos.

El problema era que no todos parecían dispuestos a permitirles empezar de nuevo.

Recordó las cartas y la placidez que había sentido unos segundos antes desapareció.

La tercera había llegado el día anterior y, con ella, también se había agotado su paciencia. La primera la había inquietado. La segunda había conseguido asustarla. La última, en cambio, había despertado algo muy distinto... Ira.

¿Qué pretendía Hamish?

Joyce comprendía que estuviera enfadado. Incluso podía aceptar que se sintiera humillado. Lo había abandonado ante el altar y había huido con otro hombre. No existía manera elegante de contar esa historia ni explicación capaz de borrar la afrenta.

Pero ya era suficiente.

Brett no tenía por qué pagar por una decisión que había tomado ella.

Él no la había obligado a marcharse. No había planeado la huida ni había sido quien sembró las primeras dudas en su cabeza. Cuando Joyce tomó la decisión, Brett simplemente había estado allí. Había sido su refugio cuando necesitó escapar de una situación que ella misma ya no sabía cómo afrontar.

Si Hamish necesitaba responsabilizar a alguien, tendría que responsabilizarla a ella. Y Joyce estaba dispuesta a decírselo.

Faltaba todavía para el amanecer. La casa permanecía en silencio y Brett seguía dormido. Mejor así, no pensaba involucrarlo.

Se incorporó despacio y apartó las mantas procurando no hacer ruido.

Antes de levantarse, volvió a mirarlo. Por un instante sintió el impulso de inclinarse y depositar un beso sobre su hombro desnudo, pero se contuvo.

Conociéndolo, bastaría aquel pequeño roce para despertarlo, y lo último que necesitaba era que Brett Grenville abriera los ojos y quisiera saber adónde iba a aquellas horas.

Ya tendría oportunidad de besarlo después. La idea provocó una sonrisa que no pudo evitar.

Se puso la bata de seda que Brett le había traído de China y salió de la habitación.

Al llegar a la planta baja, encendió una vela y se dirigió a su salón privado. Conocía el camino lo suficiente para recorrerlo sin más iluminación que esa pequeña llama. Una vez dentro, fue directamente hacia la biblioteca.

No tuvo que buscar demasiado. El grueso volumen de poesía seguía donde lo había dejado.

Joyce lo retiró del estante y lo abrió. Allí estaban las tres cartas, ocultas entre sus páginas, a salvo de la curiosidad de cualquiera y, sobre todo, de la diligencia de la señora Fincher, que seguía considerando que quitar el polvo del interior de los libros excedía sus obligaciones.

Extrajo las cartas. Verlas juntas le produjo una impresión diferente.

Hasta entonces habían llegado una por una. Las había leído, escondido y procurado apartar de su cabeza. Pero allí, reunidas entre sus manos, parecían adquirir un peso que ninguna había tenido por separado.

Las dejó sobre el escritorio. Esa misma mañana enviaría una respuesta.

No sería una súplica ni una disculpa. Ya había terminado el tiempo de las explicaciones. Si Hamish tenía algo que reclamar por lo sucedido, tendría que hacerlo solo con ella y dejar a Brett al margen.

Joyce tomó una hoja de correspondencia y acercó el tintero.

Entonces se detuvo. Miró las cartas. Volvió a coger la última y la examinó con mayor atención.

No había una dirección.

Frunció el ceño y buscó en las otras dos. Nada. Su nombre figuraba como destinataria y el sello de Strathcairn había bastado para que jamás dudara de la procedencia. Hasta aquel momento tampoco había tenido motivo alguno para preguntarse adónde podría responder.

Ahora sí.

¡Rayos! Necesitaba esa información.

Brett debía de saberlo, ¿verdad?

Durante los últimos meses había intercambiado correspondencia con Hamish por sus asuntos comerciales, tanto con el duque como con hombres de su confianza. En su despacho tendría que conservar alguna carta con una dirección a la que pudiera enviar la respuesta.

Cogió las tres cartas y el candelabro y abandonó el salón.

El despacho de Brett se encontraba al otro lado de la planta baja. Joyce avanzó por el corredor sin cruzarse con nadie. A esas horas, Kinloss parecía pertenecer únicamente a los dos.

Entró y dejó la vela sobre el escritorio.

El orden de Brett resultaba, cuando menos, discutible. Había papeles, documentos y correspondencia repartidos en pequeños montones que obedecían a una lógica que solo él comprendía.

Comenzó a revisar los sobres. No pretendía fisgonear. Buscaba únicamente el nombre de Strathcairn o alguna referencia que pudiera conducirla hasta él.

Tardó poco en encontrarla.

Reconoció el nombre de Hamish y apartó la carta del resto. La acercó a la vela y recorrió rápidamente las primeras líneas hasta localizar lo que necesitaba... Una dirección en Londres.

—Perfecto —murmuró.

Buscó una hoja y comenzó a copiarla. Entonces se detuvo. Sus ojos regresaron a la carta. Algo no encajaba. Dejó la pluma y acercó una de las cartas amenazantes. Durante algunos segundos alternó la mirada entre ambas. Después tomó la segunda y, finalmente, la tercera.

Las dispuso una junto a otra sobre el escritorio. Las tres cartas que había recibido estaban escritas por la misma mano. La correspondencia de Hamish con Brett, no.

Acercó el candelabro.

Volvió a comparar las letras, esta vez con mayor atención. No necesitaba conocer los secretos de la caligrafía para advertir las diferencias. Los trazos, la inclinación, incluso la manera de formar algunas letras resultaba distintos.

Se reclinó lentamente en la silla. Un secretario, pensó.

La explicación apareció casi de inmediato. Hamish era un duque. Disponía de administradores, secretarios y hombres encargados de ocuparse de buena parte de su correspondencia. Podía haber dictado esas cartas a cualquiera de ellos.

Sí, podía ser eso.

Sin embargo, Joyce no apartó la mirada de los papeles. Tomó una de las amenazas y observó el sello que desde el principio había reconocido como perteneciente al ducado de Strathcairn.

El sello estaba allí. Las tres cartas lo llevaban. Entonces ¿por qué seguía teniendo la incómoda sensación de que algo no encajaba?

Miró nuevamente la correspondencia de Hamish con Brett. Después las tres cartas.

¡Al demonio! Ya no tenía ganas de escribir ninguna respuesta. Tomó la hoja en la que había comenzado a copiar la dirección y la sostuvo frente a la vela.

Londres. Al parecer, Hamish seguía en Londres.

No tenía sentido continuar intercambiando cartas, mucho menos cuando ni siquiera estaba segura de quién había puesto realmente la pluma sobre el papel. Si el duque tenía algo que decirle, lo haría mirándola a los ojos.

No iba a escribirle a Hamish... Iba a verlo.

Cuando Alice entró en la habitación de Joyce, la encontró sentada frente al tocador, todavía envuelta en la bata de seda. La doncella llevaba una bandeja con té, pan tostado, queso y algunas frutas. La dejó sobre una mesa y comenzó a preparar lo necesario para vestirla.

—Necesito estar lista cuanto antes. Tengo cosas que hacer —dijo Joyce.

—¿Qué cosas tiene que hacer a esta hora, milady?

Joyce la miró a través del espejo. Alice había utilizado un tono interrogativo que no se correspondía demasiado con su puesto, aunque, a esas alturas, ninguna de las dos parecía preocupada por respetar esa clase de límites.

—¿Disculpa? ¿Qué significa ese tono? —le reclamó, más intrigada que molesta.

—Que cuando usted dice que tiene cosas que hacer y, encima, cosas que hacer a estas horas, milady, rara vez se refiere a algo sencillo.

Joyce prefirió no responder. No porque no tuviese nada que decirle, sino porque tenía otra prioridad en aquel momento.

Tomó una tostada y le dio un mordisco. No se había dado cuenta de cuánto apetito tenía hasta que vio la bandeja.

Después de la noche anterior, su cuerpo parecía decidido a reclamar una compensación considerable.

De momento, la tostada bastaba. Quizá también un pedazo de queso.

Masticó con calma y, apenas tuvo la boca libre, retomó la conversación.

—Tengo asuntos que resolver —informó, porque sabía que Alice, a su manera, seguiría indagando.

—Por supuesto, milady.