Capítulo 22 #3
Brett rio. Sí, le gustaba la idea de borrar con sus besos cada coqueteo del pasado.
Ella se había torturado pensando que él era menor, qué diría la sociedad, pero no había pensado en el martirio que fue para él verla asistir a cada baile, danzar en brazos de otro y solo poder rogar a los cielos que ella no se enamorara antes de que él tuviera al menos una posibilidad de probar suerte.
Y la suerte le había sonreído.
Por fin la tenía en sus brazos. No quería dejar de besarla a la vez que ansiaba todo de ella. Cada parte, cada rincón. Recorrer su cuerpo, descubrir los secretos que siempre estuvieron ocultos a sus ojos y convertirse en un fiel servidor de su placer.
Brett tenía poca experiencia. De hecho, solo había estado con una mujer antes que Joyce y hacía ya varios años de aquello.
Pero nunca había deseado a nadie como la deseaba a ella.
Esperaba que lo poco que sabía fuera suficiente.
Estaba demasiado excitado para entrar en pánico.
Agradeció a la naturaleza del deseo por eso.
Joyce también lo estaba. Las faldas empezaban a molestarle. Cuando Brett las alzó para posicionarse en el centro, ella dejó de pensar y se arqueó hacia atrás, buscando profundizar el roce de sus pelvis juntas.
—Joyce… —Brett ya no bromeaba—. Aquí no.
—¿Por qué? —preguntó en un tonto de frustrada protesta. Se sentía tan cerca de la liberación y, a la vez, tan lejos.
—Porque lo digo yo, y soy tu esposo —respondió.
Joyce abrió los ojos, sorprendida, y se encontró con la sonrisa pícara de Brett. Estaba bromeando. Lo empujó de manera juguetona, y él la cargó de un solo movimiento sobre su hombro. Así, como un salvaje, la llevó a su habitación.
Una fantasía nueva cumplida.
En cuanto Joyce cayó agitada, sonrojada, divertida y, sobre todo, excitada sobre su cama, Brett supo que Dios había escuchado sus plegarias.
Esperaba que lo perdonara por las ansias. Primero tomaría a su esposa y luego… ¿y luego la haría su esposa? Vale, era un lío. Un completo y maravilloso lío que desafiaba la razón. Entonces, ¿por qué pensar?
Se inclinó sobre ella y la cubrió con su cuerpo.
—En mi habitación porque aquí te soñé demasiadas veces, Joyce.
En esta cama porque aquí nadie nos molestará, podía llegar a matar a Wilfred, mi fiel criado, si osaba llamar a esa maldita puerta.
Y, sobre todo, aquí para que las ansias no me ganen y pueda amarte como te mereces, Lady Joyce Grenville.
—Aún soy… —lo intentó corregir. Él la besó y arqueó las cejas, un desafío que clamaba «estoy dispuesto a besarte mil veces más hasta que no solo olvides tu apellido, sino también el mío.
Hasta que en tu cabeza se esfumen los títulos y los roles.
Hasta que tu proclamación sea soy Joyce de Brett, y él es Brett de Joyce… así, sin más, sin pompas».
—Quiero verte, Joyce. Si voy muy lejos, si ofendo tu pudor…
—Brett —rio ella, se incorporó para darle la espalda y que él pudiera desatar los botones de su vestido—. Yo también quiero verte y creo que ya lo sabes muy bien.
Fue el turno de él de sonreír. Le besó la clavícula y bajó el vestido por sus hombros.
—Era la única forma de conseguir una reacción tuya.
—Pues fue muy efectiva y, debo reconocer, también agradable.
Joyce se volvió hacia él. El vestido era un montículo a sus pies. Llevaba la camisola y el corsé bajo, los pezones se le traslucían a través de la fina tela.
Dejó que Brett la devorara con los ojos mientras ella se dedicaba a desvestirlo a él. Ella no se detuvo en la ropa interior, le quitó cada prenda hasta tener una imagen bíblica de su ya no tan falso esposo.
Le gustaba lo que veía, le gustaba Brett. Tanto, tanto, que cualquier reparo que quedase se esfumó ante la idea de que ese sería su hombre para el resto de la eternidad.
—Ahora tú.
—Tus deseos son órdenes, milord.
—No —dijo él, y la volvió a besar—. Tus deseos lo son. Serás la mujer más consentida de Londres, me aseguraré de eso.
Le quitó el corsé, la camisola y la hizo sentarse en el borde de la cama. Se arrodilló ante ella y alzó sus ojos hasta fijarlos en los de Joyce.
Luego bajó la boca, capturó el lazo de sus medias con los dientes y tiró, deshaciéndolo. Las ligas rodeaban aún sus muslos, pero las medias estaban listas para ser deslizadas. Brett las bajó por las pantorrillas hasta sacarla por el pie.
Hizo lo mismo con la otra.
Dejó las ligas en su sitio. La siguiente víctima fue el pololo. Joyce debió alzar las caderas para que pasara la tela y contuvo el impulso de cubrirse cuando su centro quedó expuesto.
Una mirada ardiente de Brett bastó para cambiar el pudor por deseo. Sintió cómo se humedecía aún más ante él, que la recorría con sus ojos llenos de adoración.
Él la instó a ocupar el centro de la cama. Se recostó a su lado y la besó en los labios.
Quería hacer tantas cosas, llevaba tantos años coleccionando fantasías… pero sabía que era la primera vez de Joyce. Se sintió infiel por haber tenido una amante, cuando ella solo tuvo coqueteos.
«Prometo compensarte».
Por respeto a su inexperiencia, guardó bajo llave algunas de sus fantasías, como la de saborearla o la de recostarse debajo de ella para observarla alcanzar el placer con él como su instrumento. Ya habría tiempo. Hoy sería más… convencional.
La acarició con suavidad, apenas con las yemas de sus dedos.
Sintió el modo en que la piel de Joyce se electrificaba por el roce insuficiente, cómo su cuerpo se arqueaba y buscaba más.
La expectación hacía crecer el deseo, y ella cerraba los muslos, apretando su centro que latía furioso por atención.
Brett se concentró en los senos, en los pezones que se erguían, sensibles.
Reemplazó la caricia de su dedo por la de su lengua, y el gemido de Joyce fue música para sus oídos.
Una vez humedecidos, sopló con suavidad y vio cómo su hermosa vizcondesa se estremecía, se le erizaba la piel y soltaba un suspiro de deleite.
Bajó ahora por su vientre, que se contrajo por las inesperadas cosquillas, y alcanzó su centro. Repitió el toque suave, apenas sobre el vello púbico y a Joyce se le cortó la respiración.
Él sentía que iba a estallar de deseo, que podía correrse solo con tocarla a ella. El rostro de Joyce era un poema perfecto, sus ojos miel brillantes, las mejillas sonrosadas y los labios inflamados por los besos, entreabiertos para permitirle respirar.
Pero no respiraba. No, el aliento se le escapaba en gemidos entrecortados. Ya no cerraba los muslos ni se contraía, sino que sus piernas se abrieron en clara invitación y su pelvis comenzó a moverse en el ritmo primitivo que los llevaría a la cima a los dos.
El dedo de Brett se abrió camino al fin entre los pliegues y tocó el punto exacto. Joyce gritó por el sorpresivo placer. Se llevó la mano a la boca para silenciarse.
—No, Joyce. Quiero escucharte. Los sonidos que haces son lo más hermoso que he oído en mi vida.
Ella apartó la mano y él la premió con otra caricia, esta vez más intensa.
—Brett… Tal vez no debería confesarte esto, pero sé lo que le pasará a mi cuerpo. Yo…
Fue el turno de él de soltar el aliento, en su caso sonó como un gruñido hondo.
—Te has tocado.
Joyce asintió con vergüenza. Él le sonrió.
—Todos lo hacemos, Joyce, tranquila.
—¿Sí?, ¿tú?
Él bajó la mirada a su miembro erecto. Joyce se humedeció los labios y Brett pensó que ardería en ese mismo instante. Para que a ella no se le ocurriera la maravillosa y deliciosa idea de tocarlo, algo que lo dejaría en ridículo porque estaba al límite, volvió a concentrarse en su centro.
Trazó círculos, deslizando la humedad por toda su entrada, hasta que la sintió lista.
Más que lista. Estaba al borde del orgasmo y Brett sintió una honda vanidad. Se acomodó sobre ella y comenzó a introducirse muy lentamente.
Avanzaba un milímetro, retrocedía y volvía a avanzar. El canal de Joyce se adaptó a ese juego, sin oponer mucha resistencia. Solo la de la virginidad, que apenas fue un pinchazo. Lo olvidó por completo cuando Brett estuvo dentro de ella.
—Brett, yo… —advirtió sin hallar las palabras. Estaba al límite, era sensacional sentir cómo su miembro la llenaba y su pelvis la rozaba en el punto justo—, yo…
Y entonces él empezó a moverse…
El primer encuentro fue demasiado rápido para los dos. Joyce alcanzó la cima en pocas estocadas y Brett la siguió apenas un minuto después.
Pero no fue suficiente para ninguno de los dos. Mientras ella lo retenía sobre sí, saboreaba su peso que se sentía confortable encima del de ella, sintió cómo el deseo de él volvía a despertar.
Se sonrojó al pensarlo. Ella llevaba veinticinco años de vida, unos ocho buscando hallar aquello que había encontrado en brazos de Brett. Estaba más que satisfecha y creyó que sus años de sequía la harían una amante ansiosa.
Pues la juventud era aún más ansiosa. La energía de Brett estaba en su apogeo y, como había prometido, estaba decidido a consentirla de todos los modos posibles.
De todos.
Cuando él preguntó: —¿Estás adolorida?
Ella escondió la cabeza en su hombro y negó con un movimiento, lista para el segundo asalto.
Durante las horas siguientes volvieron a buscarse una y otra vez, hasta que el cansancio terminó por vencerlos.
Brett fue el primero en quedarse dormido y Joyce se acomodó a su lado, refugiada en su calor, con la esperanza de acompañarlo pronto en el sueño.
Pero, mientras él descansaba, sereno y satisfecho, ella descubrió que cerrar los ojos no bastaba para acallar sus pensamientos.