Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Joyce cerró los ojos un instante y contuvo el impulso de acariciarlo. Cada vez le costaba más resistirse a lo que sentía por él.

—Mostrarte las ventajas de casarte con alguien más joven que yo —susurró ella. Abrió los ojos y sostuvo su mirada por pura obstinación.

Brett apoyó la otra mano en la madera. Su pecho rozó la tela del vestido de Joyce con cada respiración profunda. La tensión sexual en la habitación alcanzó un punto de ebullición insostenible. Él bajó el rostro con lentitud. Sus labios quedaron a un soplo de los de ella.

—¿Y alguien menos terca? —murmuró él. Su aliento cálido acarició la mejilla de la muchacha.

—También —concedió Joyce. Un escalofrío traicionero le recorrió la columna vertebral.

Brett soltó un suspiro cargado de pura frustración. Negó con la cabeza de forma lenta. Su nariz rozó la de ella y Joyce dejó escapar un pequeño gemido. Su cuerpo contradecía cada una de sus excusas: le temblaban las piernas y terminó aferrándose a la camisa de Brett para sostenerse.

—Eres exasperante, Joyce Grigg de Grenville —remarcó Brett.

Sus ojos brillaron con una mezcla ardiente de enojo y deseo—.

Eres la criatura más obstinada que he conocido en toda mi vida.

Llevas días huyendo por la casa. Te escondes en tareas inventadas.

Ahora pretendes emparejarme con una absoluta extraña solo para salvarte de admitir lo que sientes.

—Lo hago para salvarte a ti —replicó ella. La verdad escapó de su boca antes de poder detenerla.

Brett frunció el ceño con profunda incomprensión.

—Yo no necesito que me salves. Necesito que dejes de mentirme. —Él se acercó un poco más, hasta que sus cuerpos se rozaron. Un estremecimiento recorrió a Joyce y, por un instante, toda su determinación pareció tambalearse—. Y necesito que dejes de mentirte a ti misma.

—No me miento…

«Tampoco digo del todo la verdad», agregó para sí.

—No sé qué tienes con tu edad, Joyce, pero no es que seas una mujer de cuarenta años que se aprovecha de un niño de quince…

Joder, que solo me llevas cinco años. De hecho, cuatro años y ocho meses.

—La voz de Brett subió de tono. La exasperación rompió por fin su fachada de paciencia infinita—.

No me importa la opinión de Londres. No me importa Lady Fancy Forester.

Y me importa muy poco el estúpido trato que hicimos en un momento de desesperación fuera de una iglesia.

Los ojos de Joyce se llenaron de lágrimas. Brett no lo entendía porque desconocía la existencia de las cartas del duque. No sabía que la amenaza tenía un plazo de dos semanas y que, si Joyce no hacía algo para impedirlo, las consecuencias podían alcanzarlo también a él.

—Tienes que escucharme, Brett. Por favor. Tienes que pensar con claridad.

«Aunque yo no te dé ni una pizca de información para que lo hagas».

¡Rayos!, a esas alturas, además de su cuerpo que vibraba en sintonía con el deseo de Brett, su cabeza se sumaba al ejército enemigo y le recordaba que había hecho todo mal.

—No. Escúchame tú a mí. —Él retiró una mano de la puerta y le acarició la mejilla.

Su toque fue exquisitamente suave, un contraste brutal con la dureza de su determinación—.

Llevo años esperando por ti. Me marché al otro lado del mundo porque necesitaba demostrarme que podía convertirme en un hombre a tu altura.

Regresé y te encontré a punto de casarte con alguien que no te amaba y te saqué de allí ante los ojos de toda la alta sociedad.

Te traje a mi casa. Te cuidé. Me cuidaste.

Y ahora me pides que te deje ir por una convención social absurda y un miedo infundado.

—Es por tu bien —insistió ella. Una lágrima rebelde se deslizó por su mejilla.

Brett limpió la lágrima con el pulgar. Su mirada se suavizó apenas, pero la fiera resolución seguía intacta en el fondo de sus ojos.

—Yo decidiré qué es por mi bien. Y mi bien eres tú. — Sus labios rozaron los de Joyce al articular las palabras—. Así que dímelo.

—¿Qué quieres que te diga? —sollozó ella. Su agarre en la camisa de Brett se volvió un puño apretado y desesperado.

—Que no. Dime que no, bien fuerte y bien claro.

Dime que no me quieres y nunca me querrás, que siempre me verás como a un niño, así tenga sesenta años.

Dime que soy solo un amigo y un compañero de aventuras, pero nunca una pareja ni mucho menos un marido.

Dime «déjame en paz, Brett, deja de soñar, nunca seré tuya» —exigió él.

Su tono era un desafío directo a su resistencia—.

Dime: Brett, no quiero que esto sea real porque no quiero atarme a ti.

Joder. Abrió la boca, pero los labios le temblaron y no consiguió pronunciar una palabra.

—Dilo, Joyce —insistió Brett, bajando la voz—. Dilo de una vez por todas. Rompe el trato tú misma. Repite: «Quiero terminar con este matrimonio».

El silencio se prolongó entre ambos. Joyce permaneció junto a Brett, sintiendo su cercanía y comprendiendo, de pronto, algo muy sencillo: en medio de tantas dudas, amenazas y mentiras, él era su única certeza.

Pensó en la carta escondida en el viejo libro de poesía escocesa.

Pensó en la furia implacable del duque de Strathcairn.

Pensó en las ruinas del imperio comercial de la porcelana de la tía Melissa.

Debería decirlo. Debería reunir las fuerzas necesarias, pronunciar la maldita mentira y salvar al hombre noble que amaba del desastre inminente.

Pero lo miró a los ojos. Vio la devoción absoluta en el fondo de su mirada. Vio a un hombre íntegro, dispuesto a desafiar al mundo entero, a las convenciones y a los escándalos solo por estar a su lado.

No podía hacerlo. No podía mentirle frente a frente. Menos cuando su alma entera clamaba por pertenecerle.

Soltó un sollozo roto. Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Joyce. Ya no podía seguir fingiendo, ni ante Brett ni ante sí misma.

—No —susurró ella. La voz le salió rasposa. Ahogada por la emoción—. No, Brett. No quiero terminar con este matrimonio, quiero que sea real. ¿Me perdonarás por quererte así?

La confesión quedó suspendida en el aire. Fue una rendición total, absoluta e irrevocable.

Brett no necesitó escuchar ni una sola palabra más. No pronunció ninguna frase de victoria, ni ensanchó su sonrisa. No le dio tiempo a pensar, a arrepentirse ni a dudar.

Se inclinó hacia adelante y selló la confesión de Joyce con un beso.

La boca de Brett no tardó en volverse exigente.

Apenas separaba los labios de los de Joyce para sonreír y mirarla a los ojos con una adoración que le hacía temblar las piernas.

Parecía comprobar que era ella y que no estaba soñando, una vez volvía a confirmarlo, regresaba su boca hambrienta a la de Joyce.

—Brett… —consiguió suspirar entre pausa y pausa. La sonrisa de él se amplió más.

—¿Sí? —preguntó y bajó con su boca por el cuello de Joyce. Sus labios estaban entreabiertos, y ella pudo sentir la suavidad de la punta de la lengua y el delicioso escalofrío que provocaba el aliento de Brett contra la piel humedecida por sus besos.

Lo rodeó con las manos por la nuca y él avanzó un paso, otro y otro, hasta atraparla contra el escritorio. Pese a eso, jamás se sintió tan libre.

Joyce siempre había sido prudente con los hombres y cuidadosa con su reputación. Sin embargo, en brazos de Brett, todo aquello parecía haber dejado de importarle.

Una idea tan impropia de ella como irresistible le encendió las mejillas: quería que el mundo entero la viera en sus brazos.

—Rayos, ¿en qué me has convertido? —le preguntó, al sentir cómo su fantasía no se aproximaba siquiera a la verdad.

No, no quería que el mundo la viera. Al menos no así, con la falda medio levantada, el escote más bajo de lo que marcaba la línea de su camisola y un deseo tan hondo que la hacía arquearse hacia Brett de forma de lo más indecorosa.

¡Al demonio el decoro! Las manos masculinas la recorrían desde la cintura hasta las costillas. Pudo sentir el pulgar de Brett justo debajo del pliegue que sus senos formaban por el peso y sintió como sus pechos se volvían pesados y sensibles por el anhelo de ser acunados.

—Brett… —repitió.

—Joyce, si sigues murmurando mi nombre de ese modo, como un suspiro entrecortado, me moriré aquí mismo. ¡No te imaginas cuánto tiempo llevo soñando con esto!, soñando contigo en mis brazos.

—No quiero imaginarlo, quiero que me lo digas. —Ella le acunó el rostro entre las manos, los ojos del vizconde estaban oscurecidos por la pasión y su mandíbula se veía más cuadrada por la tensión.

—Desde aquel verano, tras el casamiento de Francie, en que Tracie se sentía sola y tú viniste a visitarla. Te quedaste una semana, ¿lo recuerdas?

—¡Brett! Tenías solo quince años y yo…

—Diecinueve años, diez meses y veintitrés días.

Y un vestido celeste de lo más bonito y unos rizos perfectos que se balanceaban cuando caminabas por estas mismas praderas.

Te reías por todo, por cada cosa que decía Tracie…

y me di cuenta de que estaba siendo un tonto cuando sentí celos de mi propia prima.

—Siempre fuiste demasiado serio —le sonrió ella.

—Y luego, rayos, esa condenada cabalgata con Edmund Clark y su amigo que no quiero ni recordar el nombre.

—Oli…

Brett la besó.

—Oliv… —Joyce volvió a intentar decir el nombre, aunque en esa ocasión como una provocación. Dio resultado.

Brett la silenció con otro beso.

—¿Cómo dices que se llamaba? —preguntó él, fingiendo que de verdad le importaba.

—Oli…

Otro beso.

—Perdona, no te oí.

Joyce rio, no consiguió ni articular la O cuando ya estaba siendo besada una vez más. Y otra, y otra…

—¿Su nombre?

—No lo recuerdo —dijo Joyce—. Ya lo he olvidado.

Le dolían las mejillas de la sonrisa perenne y los labios, de los roces de los de Brett.

—Como sea, en esa maldita cabalgata casi reto a duelo a…

—A un hombre cuyo nombre no recordamos.