Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 22
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Capítulo 22

—¡O tra carta!

Joyce se dejó caer, rendida, sobre su silla.

—¿Acaso el duque no era un hombre ocupado? Pues parece que para acosarme se ha hecho el tiempo —se lamentó.

Estaba a solas y hablaba a solas. El primer indicio de su inminente locura. O, tal vez, del regreso a la cordura, porque, siendo honesta consigo misma, la pasividad de los últimos días no era propia de ella.

En el pasado, cuando se sentía acorralada, buscaba una salida. No se dejaba caer en su silla con exagerado dramatismo. Siempre se caracterizó por el pragmatismo y la acción.

—¿Y a dónde me ha llevado eso? —se dijo en voz alta. Ya, a casi casarse con el duque, con el mismo hombre que ahora la extorsionaba para que le arruinara la vida a su falso esposo—. Y Brett, tú no ayudas.

No, no ayudaba con su seducción constante, con lo decidido que estaba a hacer de aquello algo real. A medida que los días pasaban y Brett no volvía a besarla…

¡Maldito Brett, él también la extorsionaba, pero de un modo mucho más provocador y efectivo!

Como fuera, Brett no la había vuelto a besar y, con cada día que pasaba, aumentaban sus deseos de que lo hiciera.

Solo podía sacar una conclusión: lo que sentían era recíproco.

¿Cuándo había pasado? No estaba muy segura. ¿Acaso él la había querido siempre? Tampoco lo sabía y, lo más delicioso del asunto, no importaba.

De pronto, ante el sentimiento floreciente, se daba cuenta de que nada más importaba. Ni la diferencia de edad, ni quién se enamoró primero ni cómo llegaron a estar enredados en ese lío. Lo relevante era el afecto.

Y que por culpa de ese afecto la vida de Brett se iría al garete.

—No si puedo impedirlo.

Se puso de pie con determinación y buscó tinta y papel en sus cajones. Le escribiría al duque una respuesta. Ya vería qué le diría. Lo importante era mover el trasero, salvar a Brett y…

—Ay, Dios. Ay, Dios mío… —comenzó a hiperventilar. La situación requería acción, no dudas, y sin embargo, dudaba.

Dudaba de qué escribir, de si decirle a Brett o no, de si lo mejor era huir. Sí, eso. Volver a escapar. Dejar su vestido flotando en el río, que la dieran por muerta y empezar una nueva vida como…

—Martha Smith. Es un nombre lo suficientemente común, ¿verdad? ¿Cuántas Martha Smith existirán?

Eso, ¿cuántas había?, ¿existía un registro de personas que pudiera consultarse? En tal caso, ¿la acusarían de usurpación de la identidad?

—Rayos. De nuevo estoy cayendo en la locura.

Volvió a rebuscar en sus cajones y no halló más papel carta. ¡Cierto! Había escrito a su familia una misiva de ocho páginas. Pobre Isobel, sería ella quien la leyera en voz alta, necesitaría de té con miel para recomponerse.

—¡No pienses en Isobel ahora! Piensa en solucionar esto. Empezando por buscar papel carta.

Sin pensarlo más, porque si dedicaba un segundo más a meditar, la vencería la dubitación una vez más, abandonó su salón y fue al siguiente lugar lógico donde encontrar papel carta: el despacho de Brett.

Estaba tan enredada en su mente, que ni prestó atención a la puerta cerrada. Abrió sin llamar, pasó como un rayo hasta el escritorio y recién cuando su mano alcanzaba el primer cajón, se dio cuenta de la presencia de Brett en el lugar.

Estaba de pie junto a la biblioteca, buscando unos libros contables de años anteriores. Joyce esperaba que no fueran de la empresa de porcelana o moriría allí mismo de remordimiento.

¿Habrá un círculo del infierno reservado para las mujeres que, intentando proteger al hombre que quieren, terminan arruinándole la vida por no decirle la verdad?

—Eso ha sido muy específico, Joyce.

Joyce se sobresaltó. Había formulado la pregunta en voz alta, olvidando por un instante que ya no estaba sola.

—¿Cómo dices? —preguntó Brett.

—Hablaba sola. —Se enderezó y escondió el papel carta como si fuera una niña haciendo una travesura.

—Estás muy nerviosa últimamente —dijo él. Arqueó las cejas. Joyce se mordió el labio. Brett pensaba que su nerviosismo se debía a tensión sexual y, en parte, debía reconocer, sí.

¡Maldito Brett! ¿Podrías haber comenzado con tu plan de seducción cuando no tuviera a un duque resentido olfateándome la nuca?

—¿Yo? —la voz le salió chillona.

—No, yo.

—A ti te veo bien, pero te vendrían bien unas vacaciones. —Tras soltar esa tontería, se deslizó hacia la puerta sin revelar el papel carta.

Tonta. Podrías decirle que le escribirías otras ocho páginas a tu familia y él no dudaría. Su actitud reservada la delataba más que cualquier cosa que pudiera decir.

—Joyce… —la detuvo él con su voz más seria y ronca. Ella se detuvo justo antes de la puerta.

Joyce cerró los ojos un instante. Tenía que alejar a Brett. Si de verdad quería protegerlo, debía romper el lazo entre ellos antes de que fuera demasiado tarde.

Sí, pasar a la acción, se animó. Dejar de esperar a que la tormenta tomara su curso. ¿Cómo había dicho Brett?: cuando no decides tú, la vida decide por ti.

No podía dejar que la vida decidiera que Brett saliera herido.

Se giró sobre sus talones y lo enfrentó.

—¿Sabías que Lady Fancy Forester está soltera? —soltó Joyce.

Las palabras salieron de su boca como un disparo.

—¿Qué has dicho? —preguntó él. Su voz perdió todo rastro de humor. El ambiente juguetón del despacho desapareció en una fracción de segundo.

Joyce tragó saliva.

—Lady Fancy Forester —repitió ella con la voz ligeramente más alta—.

Dicen que es bellísima. Tiene el cabello del color del trigo maduro y unos ojos azules enormes.

Además, pertenece a una familia impecable.

Es la candidata perfecta para cualquier joven de la nobleza.

Y lo más importante, Brett… tiene apenas un año menos que tú.

Brett cerró el libro de golpe. El sonido seco resonó en las paredes tapizadas de madera y sobresaltó a Joyce.

Él dejó el volumen sobre la mesa con una lentitud que resultaba más intimidante que un grito.

Apoyó ambas manos en el borde del escritorio y la miró con fijeza.

El chocolate de sus ojos se oscureció hasta volverse casi negro.

Una tormenta silenciosa se desató en su mirada.

—¿Me estás queriendo casar con otra? —preguntó Brett. Pronunció cada sílaba con una precisión peligrosa.

Joyce dio un paso hacia atrás por puro instinto de conservación. Su espalda chocó contra la puerta.

—Bueno, ese fue el acuerdo, ¿no? —se defendió ella.

Intentó sonar casual y despreocupada. Falló de forma estrepitosa.

Su voz tembló de un modo evidente—. Un matrimonio temporal.

Una farsa conveniente para salvarme del duque.

Luego nos separaríamos. Tú quedarías libre para encontrar a una mujer adecuada, alguien de tu edad.

Como Fancy Forester —finalizó con falsa alegría.

Brett rodeó el escritorio. Sus pasos eran largos y medidos, parecía un felino al acecho. No despegó los ojos de ella ni por un segundo.

—¿Alguien como Fancy Forester? —repitió él. La incredulidad se mezcló con el enfado en su tono.

—Sí. Alguien joven. Sin problemas ni escándalos a cuestas. No quiero atarte a mí, Brett.

Brett se detuvo a un par de metros y la miró con seriedad. No estaba enojado, pero no podía ocultar la profunda frustración que le provocaba el rechazo constante de la mujer que amaba.

—¿Y si te dijera que yo sí quiero atarte a mí, Joyce? —La voz del vizconde fue un susurro áspero. Atravesó la escasa distancia entre los dos y se instaló directamente en el pecho de la muchacha—. ¿Qué harías?

El corazón de Joyce galopó contra sus costillas de un modo doloroso.

«Es el problema de dejar que lata un corazón roto, tonta», se dijo, «los pedacitos chocan entre sí y se astillan cada vez más hasta que se vuelve pura tortura».

Cogió aire para no llorar.

Quería lanzarse a sus brazos, hundir el rostro en su cuello y olvidar al duque, las cartas ocultas, la porcelana y las estrictas normas del mundo entero.

Pero no podía. Su raciocinio se imponía sobre su corazón. Amar era proteger. Amar era renunciar a su propia felicidad para garantizar el éxito de él.

—Rogarte que lo pienses mejor —respondió ella. Elevó el mentón en un intento desesperado por mantener la dignidad y la distancia.

Brett la observó durante unos segundos interminables.

Sus ojos recorrieron el rostro pálido de su esposa.

Evaluó la tensión visible de sus hombros, la forma en que sus nudillos estaban blancos por aferrar la falda.

Él sabía que ella mentía, podía sentir la atracción que los unía.

Era tan real y densa como el aire que respiraban en esa habitación.

Dio un paso al frente. Acortó la distancia con una decisión implacable.

—De acuerdo —concedió él. Inclinó apenas la cabeza con falsa resignación—. Lo pensé mejor.

Joyce parpadeó. La respuesta la descolocó por completo.

—Y sigo con la misma idea. Lo puedo pensar mejor, peor, dejar de pensar o pedir opinión y siempre llego a la misma conclusión, Joyce, te quiero a ti y solo a ti —continuó Brett. Dio otro paso—. ¿Qué dirás ahora, Joyce?

La cercanía de Brett hizo que Joyce fuera aún más consciente de su calor. Ella se pegó a la puerta, como si todavía pudiera convencerse de que huir era una alternativa. Pero, muy en el fondo, no quería hacerlo. Quería quedarse allí, cerca de él.

—Recordarte el trato que hicimos —articuló ella, casi en un susurro.

Brett avanzó de nuevo. Se detuvo a escasos centímetros de ella y Joyce tuvo que levantar la vista para poder mirarlo a la cara. La proximidad era embriagadora.

Se le escapó un suspiro delator. El vizconde casi olvida su enfado…

casi. Porque en el fondo, lo que más anhelaba no era forzara a reconocer sus sentimientos.

Se dio cuenta de que podía seguir esperando, por ella esperaría cien vidas.

Lo que ansiaba era que ella le confesara lo que de verdad la atormentaba y le impedía reconocer su afecto.

—Lo recuerdo a la perfección. —Brett apoyó una mano en la puerta, justo al lado de la cabeza de Joyce—. ¿Ahora, qué harás?