Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 21 #4
77%

Capítulo 21 #4

La acusación golpeó justo en el blanco. Joyce abrió la boca para protestar, pero el indignado discurso se murió en su garganta. No tenía argumentos. Brett tenía toda la razón del mundo y ambos lo sabían.

Él no le dio tiempo a recomponerse. Dio otro paso hacia ella.

Joyce retrocedió por puro instinto. Su espalda chocó contra la pesada mesa de trabajo. Las macetas de terracota tintinearon a sus espaldas cuando quedó atrapada entre la madera y el cuerpo de su esposo.

Brett apoyó las manos a ambos lados de Joyce y se inclinó hacia ella, reduciendo aún más la distancia entre ambos. Estaban tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

El silencio se volvió ensordecedor. El canto de los pájaros en el exterior parecía pertenecer a otro mundo.

—¿Qué haces? —susurró ella. La voz le tembló sin disimulo.

—Intento obtener una respuesta sincera. Por una vez en tu vida, no pienses tanto. —Sonrió—. Vale, me corrijo, por esta vez vuelve a ser la Joyce que no pensaba tanto del pasado. La Joyce que…

Que me enamoró.

Como en una obra de teatro, cada momento compartido con ella pasó por su memoria: el baile en que la conoció, las aventuras en las que habían terminado envueltos, las discusiones, las confidencias y aquella última promesa antes de su viaje a América.

Cada instante en que Joyce lo había exasperado con su ímpetu, su lengua rápida y su retorcido sentido de la justicia lo había enredado un poco más.

Mucho antes de ser capaz de entender qué significaba querer a alguien, la había querido a ella.

Detestaba verla tensa, pensativa, hecha un ovillo de dudas. Necesitaba saber qué demonios le pasaba, porque no podía ser solo porque hubiera descubierto que, en el fondo, eran y siempre fueron, más que amigos.

Esa era una jodida buena noticia.

Brett inclinó la cabeza hacia ella hasta quedar muy cerca. Joyce cerró los ojos y alzó el rostro, esperando el beso.

Lo deseaba.

Quizá fuera el último, si el duque se salía con la suya.

Su cuerpo entero lo reclamaba con una urgencia que amenazaba con volverla loca. Se rindió a la evidencia. Quería que Brett la besara allí mismo, contra la mesa de trabajo, bajo el sol del mediodía.

Brett observó sus labios entreabiertos. El instinto lo empujó a devorarla. La sangre le hervía en las venas y le costó un esfuerzo sobrehumano contenerse. Ansiaba probar de nuevo ese sabor.

Pero no iba a hacerlo. No mientras ella se guardara para sí lo que la aquejaba. Él tenía su propio orgullo. La quería demasiado como para conformarse con las sobras de una pasión culposa.

No la besó en los labios. En el último instante, desvió el rostro y le dio un beso firme y casto en la mejilla. El mismo que Joyce le había dado años atrás, en aquella calle de Londres, cuando todavía lo consideraba un niño.

Joyce abrió los ojos, desconcertada. Y, para su desgracia, también decepcionada.

—¿Qué…? —articuló ella.

Brett se enderezó con lentitud. Retiró las manos de la mesa y retrocedió medio paso y la dejó respirar.

La miró con una intensidad que no admitía réplicas. Sus ojos oscuros brillaban con una determinación feroz. Ya no había rastro del muchacho bromista. Frente a Joyce estaba el vizconde de Kinloss, un hombre dueño de sí mismo y de sus decisiones.

—Te voy a besar de nuevo —declaró Brett. Su voz fue un trueno bajo en la quietud del invernadero—. Te besaré hasta que olvides tu propio nombre. Pero no lo haré hoy.

Joyce se abrazó a sí misma. Las rodillas le temblaban.

— No lo haré hasta que dejes de tratarme como a un simple amigo que te ayudó a escapar de un problema —continuó él. Alzó una mano y señaló el espacio entre los dos.

Ella bajó la mirada hacia el suelo. Él le levantó el mentón con un dedo firme y la obligó a sostenerle la mirada.

—Te voy a besar de nuevo cuando aceptes que tu corazón es mío, Joyce. Que no soy el único que muere y vive por el otro en esta relación.

La declaración cayó como un yunque.

—Te besaré cuando aceptes que quieres ser mía —añadió Brett. Sus palabras cortaban el aire como cuchillos afilados—. Y cuando admitas que esto dejó de ser una farsa. Esto es demasiado real para ignorarlo. Ambos lo sabemos.

Él sostuvo su mirada durante cinco segundos eternos. No hubo vacilación ni dudas. Él expuso sus cartas sobre la mesa y le entregó a ella toda la responsabilidad del siguiente movimiento.

Brett apartó la mano de su barbilla. Se dio la vuelta con una calma exasperante y caminó hacia la silla de mimbre. Recogió su chaleco y su chaqueta, para luego echarlas sobre el hombro con un gesto casual.

Sin volver a mirarla, salió del invernadero y emprendió el camino hacia la mansión.

Joyce permaneció inmóvil junto a la mesa de trabajo. Se llevó una mano a la mejilla, incapaz de decidir qué la había desconcertado más: su beso casto o las palabras que acababa de decirle.

Brett había ganado la partida. La obligó a enfrentar su propio deseo y luego se marchó, dejándola hambrienta, frustrada y completamente rendida ante la evidencia.

—Demonios, Brett, es que no sabes cuánto está en juego —susurró, incapaz de responder aún a su desafío. Si le decía que ella también lo quería, estarían jodidos. El duque se los comería en un bocado.