Capítulo 21 #3
Intentó mantener el tono humorístico habitual, pero la broma careció de su brillo característico.
Brett no insistió.
—De acuerdo. Te dejaré con tus tareas. Nos veremos en la cena.
Brett se dio la vuelta y salió. Sus pasos se perdieron poco a poco por el pasillo.
Se alejaba de ella.
Y, por mucho que le doliera, Joyce tenía que hacer lo mismo. Debía alejarse de él. Debía protegerlo.
Brett cruzó el jardín con paso firme. El sol del mediodía calentaba las piedras del sendero y anticipaba una tarde bochornosa. Se detuvo a unos metros de las puertas de cristal del invernadero, en donde estaba Joyce.
La observó en silencio durante un minuto entero.
Ella movía macetas de terracota de un lado a otro. Arrancaba hojas secas de los rosales con una ferocidad innecesaria. Volcaba tierra sobre la mesa de trabajo y luego la barría con movimientos erráticos. Se notaba que estaba nerviosa.
Brett conocía a Joyce a la perfección. Ese nivel de energía frenética solo aparecía cuando su mente corría a toda velocidad frente a un problema.
Él asumió la culpa del desastre. El beso en la tina seguía ahí, latente entre los dos.
Ella había intentado esquivarlo durante las últimas cuarenta y ocho horas, escondiéndose detrás de excusas, de tareas domésticas y de una amabilidad forzada que a él le resultaba irritante.
Pero Brett Grenville ya no estaba dispuesto a retroceder. El tiempo de la prudencia se había agotado.
Empujó la puerta de cristal. El aire caliente y húmedo del interior lo golpeó de frente. Olía a tierra mojada y a jazmines.
—Esa pobre planta no te ha hecho nada —anunció Brett.
Joyce dio un respingo. Las tijeras de podar resbalaron de sus dedos y cayeron sobre la mesa de madera. Ella giró sobre sus talones, con las mejillas encendidas y un manchón de tierra justo en la punta de la nariz.
—¡Brett! —exclamó. Llevó una mano a su pecho—. Me has asustado.
—Tus reflejos están fallando. Llevo un buen rato aquí.
Él avanzó por el pasillo central del invernadero. Esquivó un par de helechos colgantes.
—No deberías estar aquí —lo reprendió Joyce. La voz le salió un poco aguda—. Hace demasiado calor. Acabas de recuperarte de una fiebre.
—Mi fiebre desapareció hace días. Soy un hombre sano. —Brett se detuvo a un metro de distancia. La miró a los ojos—. Y el calor me resulta bastante agradable.
Ella tragó saliva. Su mirada viajó desde los ojos de Brett hasta el cuello de su camisa. Luego bajó de nuevo hacia la mesa.
—Como quieras. Pero no me estorbes. Tengo mucho trabajo.
—Sí, sí. Últimamente has estado de lo más ajetreada —ironizó, ella ignoró su tono, aunque las mejillas se le colorearon—. Te ayudaré.
—No necesito ayuda.
—Yo creo que sí. Acabas de poner un lirio en la maceta de las orquídeas.
Joyce parpadeó. Efectivamente, había mezclado los bulbos. Soltó un bufido de frustración y se limpió las palmas contra el delantal de lino grueso que cubría su vestido.
Brett no esperó otra negativa. Se quitó la chaqueta de paño oscuro, la dobló con cuidado y la dejó sobre una silla de mimbre en la esquina.
Joyce siguió cada uno de sus movimientos.
Él desabotonó su chaleco. La tela se deslizó por sus hombros y terminó junto a la chaqueta.
El calor del invernadero era sofocante, pero Brett agradeció la temperatura.
Le daba la excusa perfecta. Llevó las manos a los puños de su camisa blanca, deshizo los botones, dobló la tela sobre sí misma y se arremangó hasta los codos.
Sus antebrazos quedaron al descubierto. Los músculos se marcaron bajo la piel bronceada. Brett sabía exactamente lo que hacía, quería provocarla. Había notado el modo en que Joyce reaccionaba a él, por desgracia, solo a él sin ropa.
Bueno, no se opondría. Era un comienzo. Él reaccionaba a ella aunque usara ese horrible delantal marrón, pero es que ella había hecho de la belleza su estandarte. Brett era un mortal, no le quedaba otra que jugar un poquito sucio.
Además, debía reconocer, tentarla era divertido. Quería derribar ese muro de indiferencia fingida.
Desabrochó los dos primeros botones del cuello de su camisa y soltó un suspiro de alivio falso.
—Mucho mejor —dijo él.
Joyce tenía la mirada fija en la porción de pecho que asomaba por la abertura de la camisa. Se humedeció el labio inferior.
Brett no pudo evitar una sonrisa. Le encantaba descubrir el efecto que provocaba en ella.
—Pásame la pala pequeña —pidió Brett. Rompió el silencio con un tono casual.
Joyce parpadeó varias veces antes de salir de su trance.
—Está ahí —respondió ella. Señaló el extremo de la mesa.
—Prefiero que me la des tú.
La muchacha frunció el ceño, tomó la pala y se la tendió de mala gana.
En lugar de cogerla, Brett cerró la mano sobre la de Joyce. Ella se sobresaltó.
—Brett… —susurró ella.
—Gracias —dijo él y le sonrió con inocencia. Arrebató la pala de sus dedos con suavidad—. ¿Qué tierra usamos para estas raíces?
Trabajaron lado a lado. El espacio entre ellos era ridículamente estrecho. Brett se encargó de trasplantar los bulbos. Joyce rellenaba los bordes con tierra fresca.
Él invadió su espacio personal a propósito. Cada vez que ella se inclinaba para tomar más sustrato, Brett movía el brazo y rozaba su cadera. Cuando ella alzaba una maceta vacía, él se acercaba por detrás y la guiaba con una mano en la cintura.
—Yo puedo hacerlo —protestó Joyce en el quinto roce. La respiración de la muchacha ya no era regular.
—Hacemos un buen equipo. —Brett tomó una regadera de cobre—. Siempre lo hemos hecho.
—El equipo requiere espacio para respirar. Te estás acercando demasiado.
—¿Te molesto?
—Me estorbas.
—Mientes.
La respuesta de Brett fue rápida y afilada. Joyce levantó la vista. Su rostro estaba a escasos centímetros del de él.
—Te has vuelto muy insolente desde que regresaste de China —lo acusó ella. Intentó sonar severa. Fracasó por completo.
—Me he vuelto honesto. Es diferente. —Brett dejó la regadera sobre la mesa. Se apoyó contra el borde de madera y se cruzó de brazos. Sus bíceps se tensaron—. Tú también deberías intentarlo. La mentira solo enreda las cosas, vaya si los dos lo sabemos bien. —Arqueó las cejas con intención.
El matrimonio falso, los sentimientos silenciados y, si le preguntaban a él, hasta el supuesto enamoramiento de Arabella era mentira. Su falsa cuñada no daba el pego de muchacha rendida de amor ante alguien como el duque, además, desde que la conocía, se había enamorado unas nueve veces.
Se encogió de hombros. También era una treta de parte de Joyce, se valió de esa declaración para huir de una situación que no quería enfrentar. Ella conocía mejor a su hermana que él, tenía que haber sabido que no existían anhelos sinceros en Arabella respecto al duque.
Su Joyce repetía el patrón, se valía de alguna excusa inventada en su cabeza para no enfrentar lo que fuera que le diera miedo.
¿Él o lo que sentía por él?
Era hora de dejar las farsas y lidiar con las consecuencias. Sobre todo, si las consecuencias se presentaban deseadas, dichosas y, en especial, placenteras.
—Yo siempre soy honesta —se defendió Joyce.
Brett soltó una carcajada limpia. El sonido rebotó contra los cristales empañados del invernadero.
—Por supuesto. —Chasqueó la lengua, haciéndola enfadar—. Por cierto, tienes tierra en la nariz.
Ella se llevó una mano al rostro con rapidez. Intentó frotarse la nariz y solo consiguió esparcir el lodo por su mejilla.
—Deja. Lo estás empeorando.
Brett acortó la distancia entre ambos y alzó una mano. Con el pulgar, limpió la tierra que manchaba la mejilla de Joyce y dejó que el roce continuara hasta la comisura de sus labios.
El cuerpo de Joyce se tensó como la cuerda de un arco. No retrocedió. Sus ojos color se clavaron en los de él.
Él conocía esa mirada. Era la misma mirada que ella le dedicó en la penumbra de la alcoba, justo antes del beso. La diferencia radicaba en la luz del sol. Ahora todo estaba iluminado. No había fiebre a la que culpar. No había lluvia ni frío. Solo ellos dos.
—¿Qué ocurre, Joyce? —preguntó Brett. Su voz se convirtió en un susurro peligroso—. Llevas días huyendo de mí por los pasillos de nuestra propia casa.
—No huyo de ti. —Ella elevó el mentón. Trató de recuperar su antiguo orgullo—. Simplemente tengo muchas responsabilidades.
—¿Como ahogar orquídeas en el invernadero?
Ella apretó los labios.
—Eres un engreído.
—Y tú eres una cobarde.