Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Ese hombre va a matarme de un disgusto —sentenció Joyce. Se dio cuenta de que ya no podía pensarlo con otra palabra que no fuera «hombre».

Rayos. Ahora sí comprendía el lío en el que estaba envuelta.

Cuando huyó de su boda, no podía pensar con claridad, y, además, consideró esa aventura como una más de las que compartía con su amigo.

En cambio, la realidad la golpeaba. Llevaba meses casada de mentira con un hombre; compartía su techo, su cama, su intimidad…

¡No había otra forma de ver ese asunto que no fuese como un completo escándalo!

Tonta ella, que había tardado tanto en ver que Brett ya no era un niño. Y más tonta aún al descubrir que el hombre en el que se había convertido era demasiado encantador para salir ilesa de todo aquello.

—Lord Brett tiene una constitución muy fuerte, milady —respondió Alice—. Y mucho ímpetu.

—Demasiado ímpetu.

Joyce apoyó la mejilla en el puño. El recuerdo del beso volvió a asaltarla sin piedad. Llevaba cuatro días reviviendo ese instante en bucle. El calor de la alcoba. El sabor a menta. La fuerza de las manos de Brett en su nuca. El rayo calcinador.

Se llevó dos dedos a los labios de forma inconsciente.

Aún sentía la presión de la boca de él sobre la suya. El beso no había sido una ilusión ni un error. Había sido real, intenso e imposible de olvidar.

Y lo peor era que le había gustado. Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

La paz que había encontrado junto a Brett duró poco. En cuanto él recuperó las fuerzas, Joyce volvió a luchar contra lo que sentía por él.

¿Por qué? Porque tenía casi veintiséis años ya, cinco más que él. Porque se suponía que había sido un favor. Porque Brett no tuvo la posibilidad de conocer mil mujeres y hallar entre ellas la que lo hiciera vibrar.

Porque ella lo había hallado a él de entre muchos candidatos que la habían cortejado esos años, él en cambio, era a la única que conocía.

Pero había algo más que le costaba admitir: temía que Brett confundiera lo que sentía por ella con amor por falta de experiencia.

¿Y si más adelante conocía a otra?, ¿y si se daba cuenta de que había cometido un error al quedarse con la primera que se le cruzó?

Era terrible pensar así de sí misma, pero no podía evitarlo. Cuanto más intensos eran sus sentimientos por Brett, más dudaba de sí misma.

Pero otro pensamiento afloraba en su cabeza y le aceleraba el corazón: ¿y si no? ¿Y si Brett, como siempre, probaba que sabía lo que quería e iba a por ella porque así lo deseaba?, ¿y si él le demostraba una vez más que era dueño de una madurez que superaba a los de su edad?

Después de todo, ¿qué eran cinco años? Nadie pensaría mal si él le llevara esa diferencia, ¿por qué sería escandaloso ser la mayor de los dos?

Porque lo era, y punto. Ella no ponía las reglas sociales.

La puerta se abrió y la señora Fincher entró con las misivas del día sobre una bandeja de plata.

—La correspondencia de la mañana, milady.

—Gracias, señora Fincher. Déjela sobre la mesa.

El ama de llaves obedeció con una sonrisa complacida.

Joyce volvió un segundo a sus diatribas que la estaban matando.

Su hermano debió desafiar esas reglas sociales para amar, ser homosexual era más escandaloso que ser solterona, ¿verdad?

, y a ella le pareció muy bien que él fuera a por lo que quería.

¿Por qué era más dura consigo misma?

—Hay dos cartas para usted y unos documentos para el vizconde. Lord Brett me indicó que le llevara sus papeles al despacho para cuando regrese —agregó la señora Fincher y terminó por despabilar a Joyce.

—Perfecto. Puedes retirarte. Ve a descansar un poco; también has trabajado demasiado estos días.

La mujer asintió con una sonrisa.

Joyce esperó a escuchar el clic de la puerta al cerrarse. Se inclinó hacia adelante y tomó el primer sobre. Era una nota de Tracie. Le contaba que ya estaba en fecha y que pronto recibirían al siguiente Kensington.

Cuando Tracie decía «pronto», Joyce sabía que podía tratarse de cuestión de días. Sonrió, feliz por su amiga. Organizaría una visita a la baronía en cuanto Tracie estuviera dispuesta a recibir visitas.

Tomó el segundo sobre.

La sonrisa desapareció de su rostro en un parpadeo.

El sello de cera roja la miraba desde el pergamino como un ojo acusador. El escudo de armas de la casa de Strathcairn relucía bajo la luz del sol.

Sus dedos temblaron al romper el sello. Desplegó la nota con lentitud. Temía las palabras escondidas en su interior. La caligrafía era la misma de la carta anterior. Trazos severos, rectos, carentes de cualquier adorno.

«Lady Joyce.

Mi paciencia se agotó. No toleraré más demoras ni juegos infantiles. Aguardo la desición inmediata de su supuesto esposo sobre la ruptura del acuerdo comercial. Su terquedad y su insolencia tendrán graves consecuencias.

Mis abogados ya preparan los documentos para exponer su farsa. Actuaré con la más extricta severidad ante la Cámara de los Lores. Su reputación y la fortuna del vizconde quedarán reducidas a cenizas.

Tienen dos semanas.

Lord Hamish Alexander Drummond, duque de Strathcairn.»

Dejó la carta sobre sus rodillas, incapaz de apartar la vista de esas palabras.

El duque los iba a destruir.

Se levantó de golpe y comenzó a caminar de un lado a otro.

¿Qué debía hacer? La primera carta le dio un plazo de tiempo indefinido, o al menos eso creyó ella. Esta nueva misiva reducía la tregua a un par limitado de días. El escocés estaba furioso y no iba a ceder.

Se detuvo frente al ventanal. Miró hacia las caballerizas y vio la figura de Brett a lo lejos. Él caminaba junto a Higgins, señalando algo en el tejado reparado. Se veía fuerte, seguro, dueño de su mundo.

Ese mundo estaba a punto de desmoronarse por culpa de ella.

El plan inicial era sencillo. El escándalo debería caer solo sobre ella. Sería ella la etiquetada como una mujer difícil, una esposa fallida. Podía soportar ese peso siempre y cuando su familia estuviera a salvo.

Brett era también familia, él también tenía que estar a salvo. Sería visto como la víctima de una mujer voluble o de un impulso de juventud. Podría rehacer su vida, consolidar su negocio y buscar a una esposa adecuada.

Ese era el plan. Un sacrificio controlado.

Pero la realidad ignoraba los planes controlados.

El duque no iba a esperar años. Iba a atacar ahora. Y no solo apuntaba al honor de Joyce y al futuro de las Grigg… apuntaba directo al vizconde de Kinloss. Iba a destruir la fusión de porcelana. Iba a demoler el trabajo incansable de Brett y arruinar la fábrica de su tía Melissa. Todo por venganza.

Cerró los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos.

No podía permitirlo. No arrastraría a Brett a su desgracia. Él era demasiado bueno, demasiado noble, le había ofrecido su nombre y su casa para salvarla. No le pagaría destruyendo su patrimonio y su futuro.

La única salida era cortar de raíz. Debía terminar la farsa antes de que el duque atacara. Si ella abandonaba a Brett ahora, de forma súbita y escandalosa, el matrimonio quedaría roto ante los ojos de la sociedad. Ella asumiría toda la culpa de inmediato. Huiría. Desaparecería.

Brett podría presentarse ante Lord Hamish y alegar que fue engañado, que el falso matrimonio fue una trampa de ella y que acababa de ser abandonado.

Esa jugada protegería el negocio de la porcelana.

Roderick Drummond seguiría adelante con la fusión si Brett se mostraba como la parte ofendida, libre del lastre de los Grigg.

Significaba romper el corazón de Brett. Significaba romper su propio corazón en mil pedazos.

—Es la única forma —susurró contra el cristal de la ventana.

Deseó con todas sus fuerzas ser la villana de la historia.

Querer a alguien también era renunciar, proteger al otro, incluso de uno mismo.

Fue hasta la estantería y guardó la nueva carta junto a la anterior, entre las páginas del volumen de poesía escocesa.

Debía organizar su huida, encontraría una excusa perfecta para provocar una ruptura irremediable con Brett. Tenía menos de dos semanas para destruir lo que empezaba a florecer entre ellos. Cortarlo de raíz, como si en lugar de una bella flor fuera una maleza.

Tal vez lo era.

Un nudo doloroso se le formó en la garganta.

La puerta volvió a abrirse. Brett entró sin llamar. Traía el cabello alborotado por el viento y un rastro de polvo en las botas. Sus ojos la buscaron de inmediato y se iluminaron al encontrarla.

—Los canalones están perfectos —anunció él con una sonrisa inmensa—. Higgins dice que la finca entera resistirá el invierno sin un solo rasguño.

Joyce lo miró. Su corazón amenazó con salirse del pecho y correr a refugiarse en sus brazos.

Él estaba allí. Lleno de vida, lleno de proyectos, protegiendo a los suyos. Protegiéndola a ella.

Forzó una sonrisa. Levantar las comisuras de los labios le exigió un esfuerzo desmesurado.

—Deberías estar descansando, Brett —dijo ella. Su voz sonó más apagada de lo normal.

Él cruzó la habitación y se detuvo a un palmo de distancia. La cercanía volvió a encender esa chispa cálida y familiar en el estómago de la muchacha.

—El descanso está sobrevalorado —respondió él—. Ya he estado a las puertas de la muerte, eso lo lleva a uno a valorar cada día.

Consiguió que Joyce riera.

Brett se acercó a ella. Se le veía la intención en la mirada. La buscaba para conseguir la misma respuesta que en la noche febril, ver si ya estaba lista para besarlo a plena luz del día.

Joyce fingió estar ocupada.

—Nadie dijo que ser vizcondesa era tan agotador, ¡tengo tantas cosas que hacer! —La excusa sonó hueca y falsa, no se le ocurrió ni una tarea en ese momento que no pudiera delegar.

El vizconde sonrió apenas. No, no estaba lista y reconocía que se estaba impacientando un poco. Quería darle su tiempo, pero… ¡demonios!, ¡ella también lo había sentido! No comprendía por qué se resistía, podían tenerlo todo, podían hacer de eso algo real…

—¿Ocurre algo, Joyce? —preguntó.

—Nada. Solo estoy cansada. Las noches en vela cuidando de un enfermo consentido pasan factura.