Capítulo 21
L a primera noche la casa se sumió en un profundo silencio. En el eco de la madrugada se oía la tos ronca de Brett y su respiración silbante. Joyce no pudo pegar un ojo hasta el alba.
Desplazó el deseo y las mil preguntas suscitadas por el beso para ocuparse de su esposo.
Era joven, era fuerte, estaba sano… Nada podía salir mal.
Pero todos en la casa del vizcondado de Kinloss sabían muy bien la verdad. Un simple resfrío podía complicarse y volverse neumonía. Y, en aquella época, un cuadro que empezaba como algo menor podía terminar arrebatándoles a alguien en la flor de la vida.
Joyce tuvo que admitir que Brett tenía razón. Cuando se preocupaba, en su frente aparecía un surco profundo y, debajo de sus ojos, dos aureolas violáceas poco favorecedoras.
—Menos mal que te desharás de mí —intentó bromear ella con un Brett que iba y volvía de la somnolencia.
En uno de esos regresos a la lucidez, él encontró la fuerza suficiente para fulminarla con la mirada y amenazarla.
—¿Tendré que besarte de nuevo? Me gustaría que mis besos fueran un premio y no un castigo.
—Duerme. Necesitas descansar.
Joyce pudo jurar que Brett puso los ojos en blanco. Se dio la vuelta en la cama, no para estar más cómodo, sino para darle la espalda, ofendido.
Ella pasó la noche memorizando la constelación de lunares de aquella espalda ancha y musculosa. Observó el suave movimiento de los músculos con cada respiración de Brett.
Intentó contener el impulso, pero no pudo. Recorrió con un dedo la línea de su columna y después contó sus lunares. Treinta y siete. Por último, dejó que las yemas se deslizaran suavemente sobre su piel.
Brett sintió el roce. No estaba seguro de si era real o estaba soñando. Su mente febril le bastó para advertirle que debía permanecer quieto. Si la ahuyentaba, su vizcondesa saldría corriendo como un cervatillo.
No podía pensar con claridad; la fiebre le enturbiaba las ideas. Aun así, una de ellas consiguió abrirse paso: Joyce siempre había sido osada, pero con él se volvía tímida. Era una mujer de armas tomar, acostumbrada a actuar antes de pensar; con él, en cambio, dudaba. Pensaba demasiado.
¿Significaba eso algo?
El sueño lo venció antes de llegar a una respuesta. En ese estado, le pareció sentir los labios de Joyce sobre su hombro.
—Duerme, pero con la promesa de que despertarás —susurró ella.
Brett estaba casi seguro de haber vocalizado un «No te desharás de mí tan fácil». Supo que era imposible. Estaba demasiado débil para formar una frase tan compleja.
A la mañana siguiente, despertó mucho mejor. Tenía una sed abrumadora y los músculos algo agarrotados, pero estaba fuera de peligro.
Lo primero que hizo fue buscar a Joyce. Ella ya estaba vestida y llevaba el cabello recogido en una trenza. Cuando se acercó para llevarle agua, Brett advirtió el agotamiento en su rostro.
—Estás mejor —dijo ella, y sonrió.
Le acercó el vaso a los labios y lo instó a beber. Fue entonces cuando Brett se dio cuenta de la realidad. Su salud significaba que Joyce volvería a construir muros entre ellos.
Por otro lado, tampoco iba a mentir ni a pretender que estaba peor. Eso sería mezquino y manipulador.
Solo le quedaba un escenario posible: mezclar broma con verdad.
—¿Eso crees? Todos los que van a morir experimentan una leve mejoría antes del último suspiro.
—¡Brett!
—¡Debo tener como treinta y siete grados y medio de temperatura, Joyce!
—Dios no lo permita. —Por fin consiguió la sonrisa que tanto buscaba. Las ojeras no se irían hasta que ella durmiera unas diez horas mínimo, pero las arrugas de preocupación sí se disiparon.
Joyce fue a por el termómetro de mercurio. Marcaba treinta y siete con siete.
—¡Casi treinta y ocho! —exclamó Brett—. Llama al administrador. Debo actualizar mi testamento.
—¿Tú crees?
—Reúne a los criados. Diré mis últimas palabras.
—¡Bebe! Que sigues teniendo fiebre —le ordenó ella.
—Solo si te recuestas un rato. No has dormido en toda la noche.
—¿Cómo lo sabes? Tú sí has dormido. Hasta has roncado.
—¿Te burlas de un convaleciente? ¡Eres cruel, mujer! Ven —repitió y la instó a recostarse.
—Hay muchas cosas por hacer…
—Oh, sí. El testamento, las últimas palabras… Me gustarían calas en mi funeral.
Joyce lo golpeó sin fuerza.
—¡Me refiero a cosas de vivos! Como asegurar los alimentos de la despensa, ver cómo han quedado las cuadras, asegurarnos de que la lluvia no ha enlodado los caminos…
—Nimiedades. Mi estado nos recuerda: memento mori —dramatizó.
Joyce rio.
—No vas a morir.
—La esperanza es lo único que nos queda…
—Iré a buscar caldo de pollo —dijo ella.
Brett la detuvo. La cogió por las manos.
—Haz sonar la campanilla, Joyce. —Su tono ya no era bromista—. Tú me has reclamado que me comporté como un niño al ponerme en riesgo, y tenías razón. No hagas tú lo mismo o enfermarás.
—Yo…
—Y no me gusta compartir la atención —rio él—. Tengo que ser el único en padecer. Déjame brillar en mi lecho de muerte.
—¡Basta, Brett!
—Solo una mujer que haya pasado por un parto podría apenas comprender el dolor que me atraviesa en estas últimas horas.
Ella se dejó caer a su lado en la cama y soltó una carcajada.
—¿Estás seguro? Creo que tú estás peor, Brett. Treinta y siete con siete. Tendría que ser un parto muy complicado para igualar tu sufrimiento.
—Veo que lo entiendes. —Brett se acomodó contra las almohadas—. Y como estoy a las puertas del paraíso, necesito que mi viuda satisfaga mis caprichos finales. No puedo viajar al otro mundo sin comer un melocotón.
—¿Un melocotón?
—Sí. Traído directamente del invernadero de Kensington. Lord Hayden me lo debe por aguantar sus sermones.
—Es octubre, Brett. No hay melocotones.
—Mi agonía se intensifica con tus negativas —se quejó él, llevándose el dorso de la mano a la frente—. Si no hay melocotones, entonces necesito que me leas poesía. Pero no cualquier poesía. Poesía escocesa de ese libro aburrido del saloncito.
Joyce palideció un segundo. Recordó la carta del duque oculta entre esas páginas.
—De ninguna manera. El médico prohibió expresamente el aburrimiento extremo para los enfermos respiratorios. Te leeré otra cosa.
—Eres una tirana. Me niegas fruta y me niegas cultura. —Brett cerró los ojos y dejó escapar un quejido exagerado—. Siento que las piernas se me entumecen. Joyce, debes frotar mis pies con aceite de lavanda. Es la única cura conocida para el letargo pre-mortem.
—Tus pies están perfectamente cálidos, tonto.
—Es el calor de la fiebre que consume mi esencia. Por favor, ¿dejarás que mi alma abandone este mundo sin un masaje podal?
Joyce soltó otra carcajada. Hizo sonar la campanilla que reposaba en la mesilla de noche.
Alice apareció un minuto después con una bandeja que contenía un cuenco de caldo de pollo humeante, pan recién horneado y té.
—Al fin —dijo Brett al ver la bandeja—. El sustento para el viaje final.
—Alice, dígale a la señora Fincher que el paciente sobrevivirá, pero que su cordura está en duda —comentó Joyce.
Alice sonrió.
—Me alegra verlo de mejor humor, milord.
—Mi humor es estoico frente a la tragedia, Alice. Puedes retirarte. Mi esposa me alimentará en la boca porque mis brazos han perdido todo su vigor.
Joyce rodó los ojos. Tomó la cuchara y comenzó a darle el caldo.
Brett aceptaba cada cucharada con comentarios cada vez más delirantes.
Pidió que contrataran a un pintor renacentista para retratar su palidez heroica.
Sugirió que compusieran una elegía para que el coro de la iglesia la cantara en el próximo servicio dominical.
Exigió que se decretara luto oficial en todo el vizcondado y que las ovejas llevaran lazos negros.
La risa de Joyce llenaba la habitación. Se olvidó de la carta del duque, de las complicaciones de su falso matrimonio y del cansancio acumulado.
La tarde transcurrió entre las peticiones absurdas de Brett y las reprimendas divertidas de Joyce.
Él solicitó que le recitara los nombres de todos los caballos que ella había montado en su vida, en estricto orden alfabético.
Cuando ella se negó, amenazó con dictar un testamento en el que le dejaba toda su fortuna a Brisa.
—Sería la yegua más rica de Inglaterra —concedió Joyce.
—Y tendría mejor gusto para los sombreros que la marquesa de Winchester —añadió Brett.
El sol comenzó a ocultarse. La luz anaranjada del crepúsculo bañó la alcoba. La fiebre de Brett había cedido por completo, dejándolo exhausto pero relajado. Sus bromas se hicieron menos frecuentes y su respiración se volvió profunda y rítmica.
Joyce se recostó a su lado sobre la colcha. Brett dormía tranquilo; estaba bien y, por fin, ella podía relajarse.
El cansancio terminó por vencerla. Se acurrucó contra su brazo y, antes de quedarse dormida, un último pensamiento cruzó por su mente: tras el rayo, tras la tormenta, ¿qué quedaba?
Tal vez amar era hallar la paz.
Se durmió profundamente, vencida por el cansancio y envuelta en aquella nueva sensación de paz.
Cuatro días después, el sol entraba por los ventanales del salón privado de la vizcondesa. Atrás había quedado la tormenta que azotó la finca y el cielo estaba completamente despejado.
Joyce se dejó caer en el sillón tapizado justo cuando Alice entraba en la habitación.
—Alice, ¿dónde está Lord Brett? —preguntó.
La doncella alisó las arrugas del mantel de la mesa auxiliar con manos expertas.
—En las caballerizas, milady. Dijo que faltaba revisar los canalones del ala oeste.
Joyce cerró los ojos y soltó un bufido. No sabía si enfadarse o sonreír.
Brett había recuperado el color y la fuerza en un tiempo récord.
Su juventud y su buena salud jugaban a su favor.
La fiebre desapareció al cabo de un par de días y, apenas recuperó las fuerzas, Brett insistió en levantarse.
Joyce intentó mantenerlo en cama, pero él amenazó con recorrer la casa descalzo si se atrevían a esconderle las botas.
Era un terco empedernido. Un necio decidido a demostrar que nada podía derribarlo.
Y, sin embargo, esa misma terquedad le resultaba encantadora.