Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Había una tensión innegable entre ambos, parecía convertir el simple acto de bañarlo en una coreografía erótica. Cada roce, cada gota de agua que caía de vuelta a la tina, amplificaba el deseo que flotaba en el aire.

Joyce recorrió su espalda con trazos largos y firmes.

El calor que desprendía su cuerpo delataba el aumento de temperatura, pero los músculos bajo la piel no se sentían débiles.

Se sentían como acero envuelto en seda. Ella observó las gotas de agua adheridas a su nuca, los rizos húmedos que se pegaban a su frente y la línea de su mandíbula.

El muchacho que solía acompañarla en sus travesuras había desaparecido para siempre.

El hombre que ocupaba su lugar era abrumador.

Sus dedos rozaron la clavícula por un leve descuido de la esponja. Sintió el latido desbocado de Brett justo bajo la piel ardiente. Él tragó saliva. La nuez de su garganta subió y bajó de forma pronunciada.

La esponja descendió hacia su pecho. Joyce trazó los contornos de sus pectorales con una atención que rayaba en la devoción.

Quería alejar la vista, pero sus ojos estaban cautivos del recorrido de sus propias manos.

El contraste del agua blanca y jabonosa contra el vello oscuro de su torso era hipnótico.

—Esta vez el que se metió en problemas fuiste tú —susurró Joyce.

La voz le salió un tono más grave de lo habitual. Detuvo la esponja justo sobre el esternón de él y apoyó la mano libre en el borde frío de la tina para no perder el equilibrio.

—A mí me tocó cuidarte —añadió ella.

Brett abrió los ojos despacio. La miró con una intensidad que amenazaba con devorarla allí mismo. El color chocolate de su mirada parecía derretido por el fuego interior. No había rastro de juego en su expresión ni de bromas.

—¿No son así los matrimonios? —preguntó él. Su voz era un eco ronco que chocó contra el pecho de la muchacha y la dejó sin aliento—. Un sostén.

La palabra flotó entre ellos. Un sostén.

Una promesa de estar allí cuando el otro cayera.

Una promesa de curar, de acompañar, de no huir.

Era exactamente lo que Brett había descrito aquella tarde en el despacho cuando hablaron de lo que significaba el amor verdadero.

El trabajo diario. La elección constante.

—¿Somos un matrimonio, Joyce? —inquirió él.

La pregunta cayó como una sentencia en medio de la alcoba.

Ella no contestó. Las palabras se le atascaron en la garganta ante el peso colosal de esa duda.

¿Lo eran? El papel firmado con un nombre falso decía que no.

Su plan de anulación futura decía que no.

Las convenciones sociales decían que no.

Pero la forma en que su corazón latía al unísono con el de él, la desesperación que sintió al verlo bajo la lluvia helada, la posesividad que la invadió al pensar en otra mujer a su lado…

todo eso gritaba una verdad que la aterraba aceptar.

Él alzó una mano húmeda del agua. Las gotas resbalaron por su muñeca y cayeron sobre la rodilla de Joyce.

Le acarició la nuca con la palma tibia. Sus dedos se enredaron en los rizos rubios de la muchacha y tiraron de ella con una suavidad profundamente posesiva.

Brett se detuvo a escasa distancia de su rostro y la miró.

Durante un instante no hizo nada más. La pregunta estaba allí, en sus ojos, y Joyce comprendió perfectamente lo que estaba a punto de ocurrir.

No retrocedió. Por el contrario, se inclinó apenas hacia él.

Fue suficiente.

Brett acortó la distancia que los separaba, salvó el borde de la tina y la besó.

Fue una reclamación absoluta y total.

Joyce jadeó contra sus labios. La esponja cayó de sus manos y se hundió en el agua jabonosa. Respondió al beso sin reservas, fue un acto reflejo, una necesidad biológica tan fuerte como respirar. Cerró los ojos y se dejó arrastrar por la urgencia abrumadora que latía en la boca de Brett.

Sus manos buscaron instintivamente un anclaje. Se aferraron a los hombros desnudos y mojados de él. Sus dedos se clavaron levemente en la piel resbaladiza.

La boca de Brett era exigente, ardiente, y la exploraba con una maestría que la hizo temblar hasta la médula.

Algo inmenso y antiguo despertó en su interior.

Una fuerza arrolladora derribó todas las excusas, todos los escudos y todas las barreras mentales que había construido durante los últimos meses.

La diferencia de edad desapareció. El miedo al escándalo se evaporó.

La etiqueta de «amigo» se quemó hasta convertirse en cenizas.

Tal vez el amor era exactamente eso. Una mezcla perfecta.

Era el trabajo constante, el cuidado diario y la elección racional de la que hablaba Brett, sí.

Pero también era el rayo fulminante que ella siempre había esperado en los cuentos de hadas.

Y en ese preciso instante, con el sabor de él en su lengua y el calor de su cuerpo traspasando su ropa, Joyce sintió que el rayo la alcanzaba de lleno.

La golpeó con una fuerza devastadora. La calcinó hasta los huesos y la dejó sin otra opción que rendirse a la evidencia.

El beso se profundizó. Brett deslizó la mano desde su nuca hasta su espalda, atrayéndola aún más hacia el borde de la porcelana.

El agua mojó la tela de la camisola de Joyce, pero a ella no le importó.

Respondía con la misma avidez, devolviendo la caricia, bebiendo de él como si fuera la última fuente de agua en el desierto del que habían hablado horas antes.

El aire se volvió una necesidad imperiosa. Los pulmones de ambos reclamaban oxígeno.

Se separó del beso a regañadientes, dejando apenas unos milímetros entre ambos. Le faltaba el aliento y el corazón le galopaba en los oídos con la fuerza de una tropa de caballería. Sus labios estaban hinchados y enrojecidos.

Apoyó su frente contra la frente del vizconde. La piel de él ardía, pero los temblores del frío habían cesado. Joyce cerró los ojos con fuerza. Necesitaba recuperar la compostura, aunque sabía que el mundo tal como lo conocía acababa de cambiar para siempre.

—Tienes fiebre —murmuró ella.

Su respiración entrecortada chocó contra los labios de Brett. La excusa sonó débil, casi patética. Era un intento desesperado por culpar a la temperatura de la locura maravillosa que acababa de suceder.

Él no se inmutó. Le acarició la mejilla húmeda con el pulgar. El roce fue lento y cargado de un afecto inquebrantable.

—Sí —concedió él.

La voz de Brett era un susurro firme. Abrió los ojos y la miró fijamente. La fiebre brillaba en sus pupilas, pero la lucidez de su expresión era absoluta. No había sombras de delirio.

—Pero no soy yo el que está delirando y ocultando tras la fiebre la verdad —sentenció él.

Las palabras flotaron en la alcoba. La verdad estaba ahí, desnuda y expuesta entre los dos, quemando más que el fuego del hogar y el agua de la tina juntos.