Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 20
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Capítulo 20

E n esta ocasión, los criados no debieron confabular. Joyce tomó las riendas de la situación con una honda preocupación. Antes siquiera de ir a por Brett, ordenó que calentaran el agua para la tina.

Joyce lo sabía muy bien: el vizconde estaba tan obsesionado con probar que ya era un hombre que trabajaba a destajo.

Se dejaba el pellejo desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche.

Llevaba un par de días algo congestionado y, aun así, no había reducido el ritmo.

Apenas paraba un segundo, casi siempre para enfrentar lo que consideraba su otro frente de batalla: coquetear con ella.

—El cansancio no es aliado de la salud, Brett —lo reprendió.

Sin necesidad de sugerencias, lo llevó a su propia alcoba.

—Estaré bien. Exageras.

Joyce lo miró con el ceño fruncido.

—Esperemos que sí, Brett. Si enfermas, te mataré.

—¿No quieres que nadie te quite el privilegio de matarme con tus propias manos?

—Así que tienes ánimo de bromear… ya veremos en unas horas. Quítate la ropa.

Él suspiró. Joyce estuvo casi segura de oírle murmurar: «Llevo años soñando con esa petición». Se volvió hacia él para constatar si había sido su imaginación. Brett ya estaba luchando con su camisa empapada.

La tela se le pegaba a la piel y le ajustaba tanto que tirar de ella se estaba convirtiendo en una batalla perdida.

—Deja que te ayude.

—Todo el día evitando mirar una porción de piel y ahora quieres desvestirme, ¿no es irónico?

—Me estás haciendo enfadar —replicó ella.

Él le sonrió.

—Mejor enfadada que preocupada.

—¿Ese es tu plan? Enfadarme hasta que me olvide que puedes… ¡morir de pulmonía!

—Quedarías viuda, el plan saldría mejor de lo esperado —bromeó él.

Joyce frunció la boca para contener entre sus labios las mil respuestas furiosas.

—No es gracioso, Brett. Definitivamente, cuando estés fuera de peligro, estarás en problemas conmigo.

—No está siendo muy alentador. Te desafío porque te ves mejor enfadada que preocupada.

—Pues no me importa cómo me veo.

—Debería, Joyce. Cuando te preocupas te salen arrugas en el entrecejo. No te favorecen nada.

—No todos podemos tener tu lozana piel.

Se sonrieron apenas.

—Levanta los brazos —ordenó Joyce y le ayudó a quitarse la camisa.

Ella también batalló con la tela y con la altura de Brett, pero por fin consiguió deslizarla por arriba de su cabeza. Fue a llevarla junto al fuego del hogar y agregó un leño más para generar calor. Cuando extendió la tela sobre la silla, notó que estaba menos fría de lo que debería.

Se volvió hacia Brett y lo observó de pie en el medio de su habitación. El pantalón presentaría el mismo desafío que la camisa. Algo de lo que se preocuparía a su debido tiempo. Su esposo estaba tiritando, sonrojado y con los ojos demasiado cristalinos para su gusto.

—Brett…

Él se rio apenas. Como cuando hacía chistes para alivianar la conversación.

—No te enfades, Joyce, pero creo que cogeré unas fiebres después de esto.

—Te dije que te mataré —dijo ella sin rastros de enojo en su voz.

Se acercó a él y le pasó la mano por la frente.

—Sí, tonto de remate, estás levantando temperatura. Quítate el resto de la ropa.

Brett se quitó las botas llenas de agua. El esfuerzo le requirió más energía de la que imaginó. Cuando llegó a los pantalones, sudaba copiosamente.

—Venga, terminemos con esto. —Joyce se arrodilló frente a él y le desabrochó el pantalón.

—Ya lo hago yo, Joyce, por favor —suplicó Brett.

—No seas niñato, no estamos para pudores. Y así como tú me prefieres enfadada que preocupada, yo te prefiero bromista que…

—El problema es que, de verdad, Joyce, no soy un niño —susurró él.

Su cuerpo no respondía a las órdenes de su razón. Estaba en modo supervivencia y hacía lo que le placía.

Y le placía Joyce. Mucho.

Ella tiró del pantalón de montar de Brett. Era más ajustado que uno corriente. Dejó solo la tela de su ropa interior. La cual, húmeda como todo lo demás, traslucía.

Brett se cubrió la vista con el antebrazo y apretó la mandíbula. Joder. No quería que fuera así como Joyce «viera lo evidente».

Pero lo evidente había decidido manifestarse. Grande, erguido y ajeno a que su dueño no podía hacer nada al respecto.

Debido a los secretos de la familia Grigg, Joyce era un poco menos inocente que otras damas de la alta sociedad.

Sabía que la consumación era mantener relaciones sexuales y que para eso el hombre debía introducir su miembro en la mujer.

Incluso había hecho algo que pocas señoritas hubieran reconocido.

Había explorado su propio cuerpo. Sabía, pues, que la mujer también podía hallar placer en esa relación.

Lo que jamás se había preguntado era cómo se manifestaba el deseo en ellos.

La respuesta estaba ante sí sin necesidad de expresar la pregunta.

—Es… es solo una reacción física normal, por la fiebre.

—Si eso te hace sentir más segura, Joyce, por hoy te permito mentirte. —La voz de Brett sonó ronca.

Ella aceptó la tregua. Iba a mentirse con algo más. Diría que el tono de esa voz se debía a un inminente catarro y no al deseo hondo que raspaba sus cuerdas vocales de hombre.

Lo que no podía falsear era su propia respuesta. Ese suave calor en su centro que había descubierto al explorarse ahora latía por Brett.

—Yo…

Wilfred llamó a la puerta y Joyce cogió la salida de emergencia.

—Ya está la tina, milady.

—Menos mal. Ha empezado a mostrar síntomas de fiebre.

Brett consiguió cubrirse con un cojín. La confianza con su ayudante de cámara tenía un límite y era ese. De todos modos, el simple hecho de cubrirse delataba el pecado.

Lo peor de la situación era que nadie parecía avergonzado por ella salvo él. De pronto se atrevió a preguntar:

—¿Tan mal me veo?

—Sí —respondieron Joyce y Wilfred a coro.

—¿Milady…? —empezó el ayudante de cámara.

En esa ocasión, no iban a aprovecharse de las circunstancias. Harían lo que su señora quisiera.

—Yo me encargo —dictaminó la vizcondesa, que falsa o no, cumplía su rol—. Trae ungüento de menta, por si tiene problemas para respirar.

—Usted también debería quitarse la ropa húmeda, milady. No nos servirán dos enfermos en la casa.

—Eso haré —prometió ella.

El hombre hizo un asentimiento de cabeza y se marchó camino a la cocina, en busca del ungüento.

—Vuelves a estar preocupada —la reprendió Brett.

Joyce cerró la puerta y posó su espalda en la madera, algo rendida.

—Tendrás que soportarme fea y arrugada, Brett.

—Tú nunca eres fea.

—No es lo que has dicho —intentó bromear.

—Pues mentía y lo sabes.

—Brett, estás febril.

Volvieron a llamar a la puerta. Los criados entraron uno tras otro con los cubos de agua caliente. Una vez llena la tina, Joyce acompañó a Brett dentro de ella.

Joyce se alejó de la tina de porcelana con pasos apresurados y buscó el refugio seguro tras el pesado biombo de madera tallada.

El sonido de la seda mojada al caer al suelo rompió el silencio que se había instalado en la alcoba.

Se deshizo del corsé con manos temblorosas.

Los cordones húmedos se resistían a ceder, pero la urgencia por liberarse de esa coraza la impulsó a tirar con una fuerza desesperada.

El aire de la habitación rozó su piel desnuda por un instante, un contraste agudo con el calor asfixiante que le quemaba las mejillas y el pecho.

Secó su cuerpo con una toalla gruesa. Sus movimientos eran erráticos, impulsados por los latidos desbocados de su propio corazón.

Intentaba no pensar y mantener la mente en blanco, pero el sonido del agua al otro lado del biombo se lo impedía.

Brett estaba allí. Su amigo. Su esposo de mentira que acababa de mostrarle una vulnerabilidad y un deseo que la habían dejado sin defensas.

Buscó a ciegas entre sus prendas limpias.

Escogió una camisola de algodón fino, de un blanco inmaculado, y un salto de cama de encaje que se anudó con un lazo firme a la cintura.

La tela era suave, ligera, y le ofrecía una falsa sensación de protección.

Se miró las manos que aún temblaban; trató de calmar su respiración y cerró los ojos durante unos segundos.

Debía salir y cuidarlo. Brett estaba empezando a sentirse febril después de aquella locura de reparar el techo bajo la tormenta solo para proteger a Brisa.

Salió de su escondite y reapareció en la zona iluminada de la alcoba.

Brett siguió cada uno de sus movimientos desde el momento en que ella pisó la alfombra.

Sus ojos color chocolate, oscurecidos por la penumbra, brillaban con un deseo que la fiebre no conseguía disimular.

La miraba de una forma que la desarmaba por completo.

Bajo esa mirada, Joyce se sintió más expuesta de lo que su ropa permitía.

El silencio se prolongó entre ambos, cargado de una tensión que ninguno parecía dispuesto a romper.

Ella tomó una esponja natural y el jabón de sándalo del pequeño mueble auxiliar.

Se arrodilló junto al borde de la tina con movimientos calculados.

Intentaba fingir una normalidad que estaba muy lejos de sentir.

El calor del agua radiaba contra sus rodillas, pero el verdadero incendio nacía de la proximidad del cuerpo masculino sumergido frente a ella.

Brett tenía los brazos apoyados en los bordes. Su pecho subía y bajaba con una respiración algo agitada. La piel bronceada relucía bajo la luz parpadeante de las velas.

Joyce humedeció la esponja. La espuma blanca y fragante comenzó a formarse entre sus dedos.

Deslizó la esponja enjabonada por los hombros de su esposo.

El contacto inicial fue una sacudida para ambos.

El agua resbaló por la piel caliente y dibujó caminos sobre los músculos tensos que ella acariciaba con una lentitud casi agónica.

Brett cerró los ojos. Soltó un suspiro áspero, un sonido profundo que vibró en la quietud del cuarto y viajó directamente hasta el centro del vientre de la muchacha.