Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—¡Revisa a los animales y luego vete! —ordenó Brett por última vez. Usó todo el peso de su autoridad como vizconde.

Higgins bajó la cabeza en señal de obediencia y corrió hacia el interior de las caballerizas. Brett lo escuchó hablar con los caballos, intentaba calmarlos. Unos minutos después, el anciano salió por la puerta trasera. Atravesó el patio a toda prisa rumbo a las cocinas de la mansión.

Brett se quedó solo.

Solo con el viento, con la lluvia y con el techo roto.

Acomodó la segunda viga. El agua volvía la madera resbaladiza. Sus botas buscaban apoyo seguro en la estructura firme. Un mal movimiento lo enviaría al suelo de piedra y sabía bien que quince pies de caída no perdonaban huesos.

La tela empapada de su camisa se adhirió por completo a su piel. El frío calaba hondo, pero el esfuerzo físico mantenía su sangre caliente.

Levantó el martillo. Golpeó. Golpeó de nuevo.

Su mente viajó a Joyce. Pensó en su sonrisa.

Pensó en su rostro ruborizado horas atrás en el despacho.

Pensó en cómo ella evitó mirarlo a los ojos después de llevarle el té.

Ella reaccionaba. Su esposa reaccionaba a él, ya no lo veía como un niño.

Él notó la vacilación y disfrutó bastante su confusión.

Clavó otro clavo. La furia del martillo reflejó su propia pasión.

Quería ganarse a Joyce. Quería demostrarle su valía. No solo con fortunas y negocios de porcelana. Quería probarle su compromiso con cada aspecto de su vida juntos. Reparar el techo de su yegua favorita era un detalle, pero los detalles importaban, se recordó.

Colocó la tercera viga. La madera nueva encajó a la perfección. El techo recuperó su estabilidad estructural. Ahora faltaba la parte más difícil, reposicionar las tejas bajo la lluvia torrencial.

Un rayo brillante surcó el cielo e iluminó de plata la finca entera.

Brett maldijo por lo bajo. Tomó la primera teja de barro cocido y la deslizó sobre los listones de madera. El agua entorpecía sus movimientos, el lodo se formaba en sus manos por el polvo acumulado en las tejas viejas.

La lluvia arreció. Parecía una cascada sobre su cabeza. Sus rizos pesaban, se le pegaban a su frente y tapaban sus ojos. Se sacudió el agua con un movimiento rápido del cuello.

—No arruinarás este techo —masculló Brett. Desafió a la tormenta misma—. Brisa dormirá seca esta noche.

Agarró otra teja y la calzó sobre la anterior.

Sus manos grandes maniobraban con destreza. De niño, observaba a los obreros del vizcondado. Aprendió los oficios por pura curiosidad. Nunca imaginó usar esas habilidades como lord, pero la necesidad apremiaba.

El agua empapó sus pantalones. El cuero de sus botas crujía con cada cambio de peso y sus tiradores se tensaban al estirarse para alcanzar las tejas alejadas.

La cuadra comunal resonó con patadas contra la madera. Los animales enormes sentían pánico por los truenos. Brett agradeció su decisión. Si Brisa compartiera ese espacio, la yegua estaría aterrorizada. Podría fracturarse una pata contra el muro o contra los cascos de los percherones.

—Ya falta poco —se animó en voz alta. Sus palabras se ahogaron en el ruido de la lluvia.

Colocó la siguiente fila de tejas. Sentía el frío en los dedos, pero no se rendiría tan cerca de la meta.

Alcanzó el último tramo del agujero. El viento sopló con ráfagas traicioneras, casi lo desestabiliza. Brett se aferró a la viga central con una mano. Con la otra, deslizó la última teja.

La encajó con un golpe seco de la palma de su mano.

Revisó la superficie. La pendiente del techo estaba restaurada, el agua resbalaba ahora por el barro cocido hacia el canalón de desagüe. Ni una sola gota caería dentro de la cuadra de Brisa.

Misión cumplida.

Soltó un largo suspiro. El aliento formó una nube de vapor blanco en el aire frío de la tormenta.

Se sentó un instante sobre la cumbrera del techo. Dejó que la lluvia lo lavara. El cansancio lo golpeó de repente. Los brazos le pesaban por el esfuerzo de usar el martillo. Las piernas le temblaban levemente por la tensión de mantener el equilibrio.

Miró sus manos. Estaban sucias. Llenas de lodo, pequeñas astillas y rasguños.

Sonrió.

Valió la pena.

La tormenta rugió a su alrededor. El cielo oscuro parecía querer devorar la tierra.

Sin embargo, Brett sintió una paz inmensa en medio del caos.

El negocio de la porcelana traería riqueza, además era el sostén más que merecido de su tía Melissa.

La mujer se merecía su retiro; había sido madre de sus tres hijas, esposa de un ser despreciable, tía y tutora de él y administradora de la empresa por años.

Si alguien se había ganado pasar el resto de sus días con las piernas en alto y un centenar de criados abanicándola, esa era tía Melissa Plageman.

La fusión con Roderick traería poder y amplitud.

Sin embargo, estar allí, sobre el techo de sus propias caballerizas, protegiendo a los animales y trabajando con sus propias manos, le devolvió la conexión con su hogar.

Recogió el martillo y los clavos sobrantes y los metió en la caja de madera.

Inició el descenso por la escalera con extremo cuidado. Los peldaños resbalaban. Sus botas mojadas no ofrecían buen agarre. Al llegar al suelo empedrado del patio, un charco le cubrió las botas hasta los tobillos.

Dejó la caja de herramientas bajo el alero, a salvo del agua. Se giró hacia el interior de las caballerizas y caminó hacia donde estaba Brisa temporalmente. La encontró amarrada por el lado externo de otra caballeriza.

—Estás a salvo, Brisa —murmuró Brett. El sonido de la lluvia en el techo nuevo era constante, pero pacífico. No había goteras. No había viento entrando a raudales.

Brisa frotó su cabeza contra la mano húmeda del vizconde.

Así los encontró Joyce. Él se volvió para sonreírle y decirle que su yegua estaba a salvo, pero en la mirada de su esposa encontró el infierno desatado.

Abrió los ojos con desmesura y, por instinto, giró sobre sus talones.

—Ni se te ocurra huir, Brett Grenville.

—No iba a…

Pero ella acortó la distancia y lo enfrentó.

—Eres un tonto. Un tonto que cogerá una pulmonía. —Le tomó la mano con fuerza y tiró de él—. Más te vale regresar a casa donde esta vez nadie se atreverá a no llenarte la tina.

—Tú también estás… —Joyce lo fulminó con la mirada. Sí, también estaba empapada, pero en su caso solo de correr desde la casa hasta las caballerizas para ir a buscarlo.

Entonces, soltó las palabras letales. Hirientes por su contenido y por el significado oculto.

—Brett, si quieres ser tratado como un hombre, compórtate como uno. Esto que has hecho es insensato, es peligroso, es…

Dejó las palabras ahí, estaba muerta de preocupación. Brett sintió el bochorno de ser reprendido y el calor de su preocupación.

¿Era eso o se trataba de los inicios de una fiebre?