Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

E n el despacho del vizconde el sol empezaba a dar de manera oblicua, lo que indicaba que era tarde ya.

Él repasaba los últimos contratos de la fusión de porcelana.

Su mente trazaba rutas comerciales entre América, Londres, Edimburgo y China.

Los números encajaban a la perfección. La victoria comercial estaba asegurada.

Alguien llamó a la puerta.

—Pasa —ordenó Brett. Frotó sus ojos cansados.

Wilfred entró con su habitual postura recta. Que fuera su ayudante de cámara y no Joyce, indicaba que se trataba de algo serio. En los últimos días, los criados no hacían más que enviar a su esposa con cualquier recado que se les ocurriera.

Él, encantado.

Wilfred no traía té ni correspondencia y su rostro denotaba cierta urgencia.

—Milord, Higgins solicita verlo.

Brett dejó la pluma sobre el tintero.

—¿Ocurre algo con los animales?

Higgins era el jefe de las caballerizas. A diferencia de los Audley, las suyas se valían bien con un hombre encargado y algunos criados que rotaban sus actividades.

—Higgins está preocupado por el techo de la cuadra este —explicó Wilfred. Se acercó un par de pasos—. Las vigas cedieron un poco la semana pasada. Ahora el viento amenaza con levantar las tejas. Justo sobre la cuadra de Brisa.

Brett frunció el ceño.

—¿La yegua de Joyce?

—La preferida de milady, sí. Higgins dice que el cielo anuncia una tormenta de las malas. Teme que el techo ceda esta misma tarde.

Brett soltó un suspiro pesado. Se puso de pie y masajeó su nuca.

Había estado algo sobrepasado. Dedicó cada segundo de las últimas semanas a la guerra con Monroe Poe.

El muy maldito había desaparecido en América, según le habían informado, y, la verdad, Brett no se esperaba nada bueno.

No le parecía que Poe fuera de los que se rindieran.

Eso lo había llevado a tener más reuniones con Roderick de las que hubiera querido.

No era que le cayera mal, pero habría deseado que sus encuentros fueran por el placer de pasar tiempo con un amigo y no para preparar estrategias de contingencia en caso de que Poe hiciera de las suyas.

«Si tengo que viajar de nuevo, aunque sean quince días, le cortaré los cojones», pensó para sí. Ya no creía necesaria la distancia con Joyce, ahora le venía bien la cercanía.

Como fuera, sus deseos no eran ley y el negocio consumió más energía de la que hubiera deseado. Descuidó su propio hogar. Los arreglos del techo de las caballerizas debieron completarse hace un mes, algo imposible cuando él mismo fue quien olvidó firmar la orden de compra de los materiales.

—Dile a Higgins que voy para allá de inmediato.

Wilfred asintió y salió del despacho.

Brett caminó hacia la ventana. Observó el cielo gris plomizo. Las nubes se amontonaban con furia sobre los prados. El viento sacudía las ramas de los robles. Higgins tenía razón, una tormenta feroz se avecinaba.

Caminó por los pasillos de la mansión. Sus botas resonaron contra la madera. La culpa le dio una punzada en el estómago; no sentía culpa por el dinero, por supuesto, sentía culpa por su falta de atención. Kinloss era su responsabilidad.

De pronto, y sin previo aviso, pensó en Lord Hamish.

—A esto sí llamo yo culpa —murmuró.

Brett detuvo su paso por una fracción de segundo. Con el peso de una sola fábrica y un vizcondado sobre sus hombros, Brett comprendió una pequeña parte de la carga del escocés.

Hamish administraba un ducado inmenso. Controlaba tierras, granjas, edificios en Londres, títulos múltiples y el futuro de su clan entero.

No era de extrañar que el hombre delegara el negocio de la porcelana en su primo Roderick.

Brett apenas podía con la fusión y el techo de sus caballos al mismo tiempo. El duque manejaba mil crisis diarias.

Brett sumó a la culpa un atisbo de respeto por Hamish. Él había robado a la novia del duque y arruinado la boda del año. Dejó a un hombre honorable en ridículo frente a la alta sociedad.

Sacudió la cabeza. Retomó su camino hacia la salida trasera.

Su empatía por el duque tenía un límite claro.

Sí, Hamish era un buen administrador. Sí, era un hombre recto.

Pero el duque no amaba a Joyce. Hamish solo buscaba una duquesa respetable.

Quería una madre para sus herederos. Necesitaba marcar una casilla más en su interminable lista de responsabilidades.

Brett apretó los puños. Él no veía a Joyce como una responsabilidad. La veía como el centro de su mundo. La amaba con cada fibra de su ser. Robar a la novia fue un acto de locura, pero jamás se arrepentiría. Salvar a Joyce de un matrimonio sin amor justificaba cualquier escándalo.

Abrió la pesada puerta de roble y el viento frío le azotó el rostro.

Caminó a zancadas por el patio empedrado. El olor a tierra húmeda anticipaba la lluvia. Se apresuró para llegar a las caballerizas en menos de un minuto.

Higgins lo esperaba en la entrada. El anciano jefe de cuadras sostenía un farol apagado y miraba el techo con preocupación evidente.

—Milord. Gracias por venir tan rápido —saludó Higgins al tiempo que se quitaba la gorra de lana.

—Wilfred me advirtió del problema —dijo Brett. Evaluó la estructura de madera—. ¿Cuál es el daño exacto?

Higgins señaló hacia el extremo este del edificio.

—Tres vigas transversales cedieron por la humedad del último invierno, milord. Compramos las maderas nuevas, pero los carpinteros no vinieron. Las tejas de esa sección están sueltas. Si llueve con fuerza, el agua inundará la cuadra.

Brett caminó hacia el interior. El olor a heno limpio y caballos lo reconfortó. Se acercó a la cuadra de Brisa. La yegua alazana resopló y movió las orejas con inquietud. Los animales presentían las tormentas mucho antes de la primera gota.

—¿Hay otra cuadra para Brisa? —preguntó Brett. Observó derredor y llegó a la respuesta a la vez que Higgins se la daba.

—Están todas llenas, milord. Compramos los tres potros nuevos la semana pasada. La única opción es meter a Brisa en la cuadra comunal con los caballos de tiro.

Brett descartó la idea de inmediato.

—No. Los caballos de tiro se ponen nerviosos con los truenos y Brisa es de temperamento delicado.

—Era un eufemismo, la yegua preferida de Joyce era caprichosa.

Por algo era la niña mimada de su esposa—.

Si la encerramos con ellos en medio de una tormenta, se patearán entre todos. Alguien saldrá lastimado.

Higgins suspiró.

—Ese es mi temor. Brisa es el animal preferido de milady. No podemos arriesgar sus patas. Pero si la dejamos aquí, se empapará. Pasará frío toda la noche. Podría enfermar.

Brett tomó una decisión. No iba a permitir incomodidades para el caballo de su esposa.

—Trae las herramientas, Higgins. Y la madera nueva.

El anciano abrió mucho los ojos.

—¿Milord?

—Lo repararé yo.

—¡Pero milord! Los carpinteros…

—Los carpinteros no están aquí. La tormenta sí. Trae los martillos, los clavos y las vigas, por favor.

El tono de Brett no admitió réplicas. Higgins corrió hacia el cuarto de herramientas.

Brett no perdió tiempo. Se quitó la chaqueta y la colgó sobre la puerta de un box vacío.

Se desabotonó el chaleco y se deshizo de la pañoleta del cuello.

Luego abrió los primeros botones de la camisa y se arremangó hasta los codos.

Los tiradores oscuros resaltaban sobre la blancura de la camisa.

Sus pantalones de montar y sus botas completaban su atuendo improvisado de trabajo.

Higgins regresó con una caja de madera pesada y un par de vigas sobre el hombro derecho.

Brett tomó las vigas de manos de Higgins y apoyó la escalera contra la pared exterior de la caballeriza.

—Sostén la base —indicó Brett.

Subió los peldaños con agilidad hasta alcanzar el techo. El viento arriba era mucho más violento, al punto que le revolvía los rizos y le ceñía la camisa al torso.

Inspeccionó el daño. Higgins tenía razón, las tejas estaban flojas. La madera debajo crujía con cada ráfaga. Apartó las tejas con cuidado para descubrir las vigas podridas.

—Pásame la palanca —gritó para sobreponerse al ruido del viento.

El hombre subió unos peldaños para alcanzarle la herramienta de hierro.

Brett encajó la palanca bajo la madera dañada y tiró con fuerza. La viga podrida cedió con un crujido seco.

Un trueno retumbó en la distancia.

El cielo se iluminó con un relámpago fugaz. Acto seguido, la primera gota de lluvia cayó. Era gorda y helada e impactó contra la mejilla de Brett.

Luego cayó otra. Y otra más.

En cuestión de segundos, las compuertas del cielo se abrieron. La lluvia descendió con una furia implacable en una cortina de agua espesa y ruidosa.

Brett ignoró el agua. Retiró los restos de madera inservible y los arrojó hacia el patio de piedra, lejos de la escalera.

—¡Pásame la viga nueva! —exigió Brett. Se limpió el agua de los ojos con el antebrazo.

Higgins luchó contra el viento. Levantó la madera nueva, Brett la tomó y la acomodó en su lugar.

—¡Clavos y martillo!

Higgins obedeció. Su ropa también estaba empapada y tiritaba bajo el viento helado.

Brett comenzó a asegurar la viga. Los golpes del martillo resonaron entre el viento y la lluvia.

Miró hacia abajo y vio a Higgins. El anciano temblaba, sus labios empezaban a tomar un tono azulado. Era un hombre mayor, no podía soportar un clima semejante.

—¡Higgins! —gritó Brett.

El jefe de cuadras alzó la vista, el agua le escurría por el rostro arrugado.

—¡Diga, milord!

—¡Vete!

—¡No puedo dejarlo solo! —protestó Higgins—. ¡Necesita ayuda con las tejas!

—¡Es una orden! —rugió Brett. Su voz compitió con la tormenta—. ¡Ve a la casa! ¡Dile a la cocinera que te dé un té caliente o un whisky!

Higgins negó con la cabeza de nuevo, la lealtad del hombre era innegable.

—¡Milord, es peligroso trabajar solo en el techo con esta lluvia! ¡Resbalará!

—¡Si te quedas aquí, cogerás una pulmonía! —respondió Brett—. ¡No me sirves muerto, Higgins! ¡Yo terminaré esto! ¡Vete a la cocina!

Higgins dudó un segundo más. Un nuevo trueno sacudió la tierra. Los caballos relincharon de terror dentro del edificio.