Capítulo 18 #2
—Pasa.
—¿Estás vestido?
—Bastante —respondió la voz ronca de Brett desde el interior.
—Define bastante.
—No llevo pañoleta ni chaleco. Tengo la camisa arremangada. ¿Crees que tu sensibilidad femenina estará a salvo?
—Ja, ja. —Ironizó Joyce. La voz le salió algo estridente. Brett bromeaba con ella. Tal vez incluso… ¿coqueteaba?
No, imposible. Brett no coqueteaba. Brett era…
¿Quién demonios era Brett? Joyce confundía sus recuerdos. El jovencito casi cinco años menor se mezclaba con el hombre al otro lado de la puerta.
—¿Pasarás o tengo que ir yo a por el té?
—La verdad, podrías ir tú mismo. Que yo sepa, no eres inválido.
—Pero tú ya estás aquí. Así que… ¿por qué molestarme?
—Te estás volviendo un niñato malcriado.
—Prefiero pensarme como un hombre consentido.
—¿Cuál es la diferencia?
—No sé, dímelo tú.
Joyce se mordió el labio para no reír. Sí, Brett coqueteaba. ¡Con ella! Y no debería resultarle encantador, ¿verdad?
Hacían las cosas mal. Muy mal. La regla dictaba un orden: coquetear, cortejar y casarse. Preferentemente de verdad. Su orden era caótico: casarse de mentira, coquetear y… ¿cortejarse?
—¿Responderás? —preguntó Brett.
—La edad.
Era la primera vez que Joyce reconocía en voz alta el fin de la niñez de Brett.
—¿Me traerás el té o tengo que moverme? —El tono volvió a ser bromista.
Joyce cogió el pomo de la puerta.
—Un momento. Además de bastante vestido, ¿cuán seco estás?
—Como un desierto. De hecho, empiezo a estar sediento, Joyce…
La garganta de Joyce se secó al oírlo. Tardó un poco más de lo debido en decidirse. Abrió la puerta. Brett estaba al otro lado del umbral.
La bandeja impactó contra el vientre masculino. Él hizo presión con las manos para impedir un desastre de tetera y tazas.
—Ya ves, sí puedo ir a por mi té —dijo él. Cogió la bandeja.
Sus manos se rozaron. Joyce pudo jurar la intencionalidad del roce. Y lo peor de todo, ella lo había disfrutado.
—Pero prefiero que me consientan un poco.
—¿Un poco? —bromeó ella—. Tienes a todos rendidos a tus pies.
—¿A todos? —Brett clavó en ella sus ojos color chocolate, hasta que consiguió que se sonrojara.
¡Demonios! ¿Qué le pasaba?
Sabía bien qué le pasaba. Lo había vivido un par de veces. Ella era la experta en esa relación, se recordó. En sus años de bailes y presentaciones sociales, muchos caballeros la cortejaron. Hasta juró estar enamorada un par de veces.
Un roce de manos. Un baile especial. Recordaba el cosquilleo, las mariposas y la sensación de caminar por las nubes. Lo reconocía, con su vanidad a flor de piel. Disfrutaba la sensación de ser la muchacha más bonita del lugar. La última cantimplora del desierto. La estrella más brillante.
Arabella era igual. A las dos les encantaba jugar a enamorarse. Solo que no duraba. Tras el primer encuentro, las mariposas morían. Llovía en el desierto. Las nubes se volvían empedrados y las estrellas brillaban todas por igual. Fin.
¿Por qué con Brett la sensación aumentaba? Las mariposas seguían ahí, furiosas. Los sonrojos dejaron de ser encantadores y se volvieron bochornosos.
Estaba roja como un tomate maduro frente a un joven cinco años menor. Temblaba, balbuceaba, las respuestas ingeniosas se evaporaban. Solo pensaba en…
En nada y en todo. En Brett. Sin verbos, adjetivos o complementos. No formulaba oraciones racionales. Su cerebro lanzaba el sujeto «Brett» a la superficie y lo dejaba ocuparlo todo.
Reaccionó al fin. Notó su inmovilidad en el umbral. Su falso esposo ya había llevado la bandeja a su escritorio. Se sirvió el té y se sentó en su butaca.
Y la miraba. Una comisura de su boca estaba más elevada que la otra. Sus ojos la escudriñaban y encontraban divertida su vacilación.
—Al parecer te subestimé. Verme sin pañoleta ha sido demasiado para ti.
—Oh, por Dios, te has vuelto un engreído —rio ella.
—¿Eso crees? Yo pienso que, dada mi descomunal belleza… —Bromeó y se mesó el cabello hacia atrás. Contempló su reflejo en los cristales—. Hasta soy humilde.
Joyce soltó una carcajada. No era del todo una burla. Empezaba a encontrarlo descomunalmente bello de verdad.
—Bueno, Narciso, no quiero interrumpir la contemplación de tu belleza. Me bastará con que busques lo siguiente tú mismo. Empiezo a pensar que todos complotan aquí. Quieren que pasemos tiempo juntos. Me asusta preguntar qué pasará por sus cabezas.
—Un misterio. Tal vez piensen que tenemos problemas. Como Tracie y su marido. No congeniamos en nuestros primeros días de casados.
La mención de Tracie la relajó.
—Esos dos… —rememoró con ternura.
Ingresó al despacho sin darse cuenta. Lo recorrió como en los meses de ausencia de Brett.
—Tan ciegos los dos —continuó Joyce—. Él convencido de hacerla feliz al dejarla libre. Ella decidida a odiarlo, aunque todos sus pensamientos la conducían a Hayden.
—Sí, qué ciegos son algunos.
—Siempre congeniaste con Lord Hayden —recordó ella.
—Y tú con Tracie.
Joyce se sentó en el sillón cercano al hogar. Estaba apagado. No hacía mucho frío.
—Desde el minuto uno —reconoció—. Fue mi aliada de travesuras.
—Es que son las dos igual de tercas.
—¡Oye!
—No es una ofensa. A mí tampoco me agravia tu opinión. Congenio con Hayden. Es la verdad. Entiendo sus motivos. Pensó que darle libertad a Tracie probaba su afecto…
—Fue un tonto.
—Lo fue. Es muy tonto pensar que, cuando se
quiere tanto a alguien, si consigues demostrárselo, esa persona no te elegirá, ¿no? Al menos, mientras sea libre de elegirte.
—¿Crees que así funciona el amor?
—¿Tú no?
—Mmm. Siempre pensé que sería como un rayo. Me daría cuenta de inmediato.
—No sé tú, pero no me resulta tentador recibir un rayo.
Joyce rio. Brett la miraba con intensidad. Sonreía sin carcajear. En el fondo, hablaba en serio.
—De hecho —agregó el vizconde—, el desamor me parece más como un rayo que te parte a la mitad. Deja una parte de ti calcinada en ese sentimiento que pudo ser y no fue, y la otra mitad tiene que andar por la vida, jugando a estar entero cuando le falta una parte.
—Brett, eso es muy triste —dijo Joyce. La sonrisa se le borró—. No eres muy…
—¿Joven?
Joyce tragó saliva. Imaginó a una mujer americana. Bella, moderna y a la última moda. Esa mujer había enamorado a su amigo y lo dejó con amargura. Joyce sintió unos celos horribles.
Sintió algo parecido a un rayo. Experimentó esa división explicada por Brett. Una parte de ella deseaba ser esa mujer. Otra parte pujaba por dejarlo libre y verlo entero de nuevo.
—Así que para ti el amor es trabajar duro —reencauzó la conversación.
—Eso es solo una parte. Primero encuentras a la persona indicada. Luego… sí, trabajas, ¿por qué no?
—No suena muy romántico.
—¿No? —rebatió él—. Yo creo que sí. Es maravilloso saber que la persona a tu lado se esfuerza. Te cuida. Permanece en los malos momentos. El flechazo es mágico, lo entiendo, pero… Déjame con los números contables. La poesía se me da bastante mal.
—Lo sé. —«Por eso escondí la carta del duque en un libro de poesía». Sacudió la cabeza para no enturbiar la tarde. Lo había extrañado muchísimo—. Y creo que lo entiendo.
—¿Sí? —Pareció sorprendido. Luego sonrió con ternura—. Claro que sí.
¿Quién si no ella lo podía entender?
—Por supuesto. Es como en un cuento de hadas. Si estás hechizado, la sensación es preciosa, pero no eres libre. En tu versión, eliges a tu amor en cada acto. Lo eliges incluso cuando estás enfadado. Es querer con el corazón, pero también con la cabeza.
—Algo así —reconoció él.
Brett se sonrojó y Joyce lo imitó. Los dos completaron el tercer ingrediente de esa trinidad: el cuerpo.
Brett hablaba de querer con el cerebro, el corazón y el cuerpo.
Joyce entendió la fugacidad de sus mariposas anteriores.
Se enamoraba solo con una de las tres partes. Brett hablaba de entrega absoluta.
La idea de semejante entrega la hizo entrar en pánico. Se puso de pie de golpe.
—Bien, ya te traje el té. Usa esa campanilla sabiamente. —Sonrió de manera forzada. Intentó banalizar la conversación.
Se giró sobre sus talones. Alcanzó la puerta en dos zancadas. Antes de salir, la campanilla sonó. En los ojos de Brett brillaba un nuevo desafío.
—¿Qué se le apetece, milord? —bromeó ella, roja hasta la raíz del pelo.
—Iré a cabalgar al terminar con la administración. ¿Vendrás?
—Yo…
—Prometo mantenerme vestido y seco —la desafió—. Lo entenderé si soy demasiada tentación para ti.
—Maldito engreído. —Hizo una pausa. Soltó el aire y sonrió, derrotada—. Ahí estaré.
Se alejó y, con cada paso, la derrota fue dando paso a una idea mucho más tentadora.
Ya veremos quién es tentación para quién.