Capítulo 18
—M ilady, ha llegado la correspondencia. —La señora Fincher dejó la bandeja de plata en la mesa del saloncito de Joyce.
—Gracias.
—Lord Brett está en su despacho —anunció el ama de llaves sin mediar pregunta.
—Lo imaginé. Gracias. —Joyce amplió la sonrisa.
—Estará allí hasta el mediodía —anunció la mujer.
—Ajá.
—Seguro que por la tarde sale a cabalgar.
—Sí, suele hacer eso.
—¿Le digo a Alice que prepare su traje de montar? —La señora Fincher sonrió con un gesto entusiasta. Parecía ser ella quien preparaba una cabalgata por los prados con el amor de su vida.
—No será necesario. Seguro que Brett… Lord Brett —se corrigió con premura. Su desliz ya había tenido efecto. El ama de llaves sonrió de oreja a oreja—. Lord Brett deseará cabalgar a solas para despejar la mente.
—Patrañas. Nada como una esposa para despejar la mente.
—Estoy bastante segura de que nadie dijo cosa semejante jamás.
—Y yo estoy segura de lo contrario. Entonces, sus deseos son órdenes, milady. Tendrá su traje de montar listo para esta tarde.
Joyce abrió la boca para protestar. Esos no habían sido sus deseos. Sin embargo, la señora Fincher ya había cerrado la puerta antes de darle tiempo a contradecirla.
La muchacha suspiró. No sabía cómo manejar aquella situación.
Brett ya no se presentaba como el cómplice perfecto.
Tras su primera noche en la misma cama, ella le sugirió esclarecer su situación con los más cercanos.
Debían pedirles que dejaran de intentar unirlos.
Al fin y al cabo, todo terminaría en un falso divorcio o en una falsa anulación.
Pero su falso esposo ya no parecía dispuesto a seguir las reglas de esa aventura.
Solo se había vuelto hacia ella, soñoliento y más apuesto de lo que Joyce se atrevía a reconocer, y le dijo: —Haz lo que te parezca mejor para ti, Joyce, que este matrimonio no sea una cárcel.
Estaba segura de haber respondido algo como: «es una cárcel para ti», y, si la memoria no le fallaba, Brett solo había reído.
Reído. Todavía no le encontraba sentido a esa risa.
Quizá le hubiera ayudado a analizar la situación que su no-esposo no decidiera seguir la charla al tiempo que se cambiaba detrás del biombo.
Ni que se hubiera quitado la camisa de esa forma tan suya, tirando de la tela por la espalda para pasarla por encima de la cabeza, convirtiendo los rizos en un caos delicioso…
Por tanto, determinó Joyce, que ella no pudiera concluir qué acontecía bajo sus narices era culpa, exclusivamente, de su esposo.
¡Esposo falso!
Su cabeza iba a estallar.
—Mejor me concentro en la correspondencia —se dijo en voz alta. Interrumpió así la diatriba de sus pensamientos.
Cogió una carta de su familia. La abrió con felicidad y se relajó contra el respaldo de su silla. Sus ojos recorrieron la caligrafía de Arabella. En la mitad de la misiva la letra cambiaba a la de Isobel. Eso la hizo reír a carcajadas.
—Qué poca paciencia tienes, hermanita —murmuró.
Se puso al corriente de las novedades. Su hermano estaba bien y de vacaciones con su amigo John. Arabella se enamoró de nuevo. Isobel aclaró en la posdata el fin de ese enamoramiento, su hermana notó un exceso de perfume en el caballero que le hacía picar la nariz.
Más saludos, besos y abrazos se sumaron a los deseos de felicidad conyugal. Atentamente, su familia.
Pasó a la siguiente con una sonrisa en los labios. La expresión se le desdibujó un poco al instante y palideció.
—¿Cuánto?
Era la cuenta de la modista. Brett iba a matarla.
Una cosa era ser su esposa en apariencia y otra era pagar esa fortuna.
La sorpresa fue más amplia al repasar las notas de la modista.
Brett había dado instrucciones claras. La modista sumó dos vestidos de noche más y ¡cinco de tarde! Uno de ellos era un traje de montar.
—Ya veo el motivo de la emoción de la señora Fincher —masculló.
Volvió a analizar el cambio en Brett. Su cerebro la traicionó. Proyectó una imagen de su amigo durmiendo bocabajo a su lado. Tenía la cabeza medio escondida en la almohada y la boca entreabierta.
—Me sorprende que no ronques —suspiró—. ¡Joyce, controla tus pensamientos!
Con esa idea en mente, cogió el último sobre.
Parecía más una nota que una carta. Venía sellada en cera roja.
Joyce prestó poca atención al blasón al principio.
Rompió el papel. Desplegó la hoja. Entonces reconoció el membrete y volvió la vista al sello destrozado.
El escudo pertenecía a la casa de Strathcairn.
Joyce alisó el pergamino. La caligrafía era recta, severa y carente de florituras. Era el reflejo exacto del hombre responsable de los trazos.
«Lady Joyce,
No soy un hombre tolerante con las humillaciones públicas.
Su burda fuga y su posterior boda levantaron serias sospechas en mi entorno.
Mis investigadores confirmaron la verdad.
No existe registro legal válido en Gretna Green ni en los archivos de Londres sobre su unión con el vizconde de Kinloss. Ustedes son unos impostores.
El honor de mi ducado exige una reparación absoluta. Sé de los planes comerciales del vizconde. Lord Brett pretende concretar una lucrativa fusión de porcelana con mi primo Roderick. Exijo la disolución inmediata de ese acuerdo.
Si el vizconde no retira su oferta y rompe el contrato antes de fin de mes, presentaré las pruebas de su falso matrimonio ante la alta sociedad y los tribunales. Destruiré la reputación de su familia y la de él.
Lord Hamish Alexander Drummond, duque de Strathcairn.»
Joyce dejó caer el papel sobre su regazo. Las manos le temblaron de forma incontrolable. El aire abandonó sus pulmones. El duque lo sabía. El hombre aburrido, práctico y predecible había contratado investigadores.
La culpa la golpeó sin piedad. Ella había arrastrado a Brett a esa locura.
El vizconde había sacrificado su reputación para salvarla de un matrimonio sin amor.
Y ahora, por su culpa, también podía venirse abajo el acuerdo por el que él y Roderick habían trabajado durante meses.
Era la culminación de todo el esfuerzo que Brett había dedicado al negocio de Melissa, primero en América y después en China.
—No lo permitiré —susurró. Apretó los puños con fuerza.
Conocía a Brett a la perfección. Si le mostraba la carta amenazante, rompería el contrato en un parpadeo con tal de proteger a los Grigg del escarnio público. Después de todo el tiempo y el esfuerzo invertidos en ese acuerdo, Joyce se negaba a permitirlo.
Al fin y al cabo, su matrimonio falso tenía fecha de caducidad. Se separarían en un par de años. Si lograba ganar tiempo y mantener la farsa un poco más, el acuerdo comercial seguiría adelante.
Debía ocultar la prueba. Consideró arrojar la carta al fuego de la chimenea. Desechó la idea al instante. Destruirla era peligroso. Quizás necesitaría releer las palabras exactas para encontrar una fisura legal en la amenaza. Debía guardarla en un lugar seguro.
Miró a su alrededor con desesperación. El escritorio de su salón privado estaba lleno de cajones. La señora Fincher guardaba copias de todas las llaves de los muebles. Un cofre de joyas resultaba demasiado obvio y predecible. Alice ordenaba sus collares a diario.
Sus ojos se posaron en la estantería de roble junto a la ventana.
Caminó hacia los libros con pasos rápidos y silenciosos.
Extrajo un volumen grueso de tapas de cuero verde.
Era un viejo y aburrido compendio de poesía escocesa.
Brett detestaba la poesía. La señora Fincher jamás desempolvaba el interior de los libros.
Joyce desdobló la carta del duque. Alisó los bordes con cuidado y colocó el papel entre las páginas centrales del poema más tedioso del libro. Cerró el volumen de golpe. Lo empujó hasta el fondo del estante superior.
Nadie encontraría la amenaza allí. Ella guardaría el secreto. Soportaría la presión de Lord Hamish en silencio. Protegería a Brett y a su negocio, incluso del propio honor del vizconde.
Al final, sí le vendría bien una cabalgata al aire libre, pero a solas. No se sentía capaz de enfrentar a Brett con tantas cosas en la cabeza. Además, para su desgracia, él parecía leerla como un libro abierto.
Quizás ese era su mayor temor. No lo analizó en ese instante de turbación. Sin embargo, empezó a pensar que el problema no era la capacidad de Brett para entenderla. El meollo del asunto radicaba en que ella había dejado de entenderse a sí misma.
Se mentía.
Esa mentirilla crecía dentro de ella como una enredadera invasora. Si la podaba, revelaría más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Era mejor dejar ciertas cosas enterradas.
Salió del salón a paso apresurado. Tenía un traje de montar nuevo. Costaba una fortuna. Ese no iba a ser el día en que se quejara del gasto. Se cambiaría, cogería su yegua preferida y cabalgaría hasta limpiar su mente de problemas.
Buen plan.
—Milady, menos mal que la encuentro —dijo la señora Fincher.
—Oh, no…
Sin mediar palabra, el ama de llaves le puso una bandeja en las manos.
—Se me quema el pan —se excusó la mujer y corrió hacia la cocina, en un intento de salvar el pan inventado del fuego inventado—. Por favor —agregó a punto de perderse en el corredor—, llévele la bandeja a Lord Brett, que no ha comido en todo el día.
—Sí, claro —bufó Joyce. Sostuvo la bandeja con firmeza.
Los criados y Melissa parecían confabulados.
Se empeñaban en que ella encontrara a su esposo en las situaciones más comprometidas.
De momento, había tenido que llevarle una camisa limpia tras un incidente en las caballerizas.
Huelga decir que lo encontró sin camisa alguna.
Obtuvo una visión renovada de su anatomía de cintura para arriba.
También debió ir en busca del viejo gato de Brett, supuestamente escapado hacia el arroyo.
Solo encontró a su esposo, mojado de pies a cabeza, en mitad de un baño.
—Al menos el gato está bien —terminó Joyce en voz alta.
Caminó por el corredor y llamó a la puerta del despacho.
—¿Sí?
—Tengo tu té —anunció ella.