Capítulo 17 #4
Joyce sintió un calor repentino en las mejillas. Pasó el peine por el costado de su cabeza. Sus dedos acariciaron el borde de su oreja.
—Has crecido —murmuró ella. Buscó desesperadamente un tema de conversación para romper la atmósfera cargada.
—Esa es la naturaleza humana, Joyce.
—Pero tú has crecido de repente.
—No fue de repente. Solo que antes no me mirabas.
Joyce detuvo las tijeras a milímetros de un rizo. Volvió a mirarlo a los ojos. Brett sostenía el contacto visual con una seguridad aplastante. No apartó la mirada ni recurrió a una de aquellas sonrisas juveniles con las que antes habría suavizado sus palabras.
Ella tragó saliva de nuevo. El corazón le golpeaba contra el corsé.
—Siempre te he mirado, Brett. Eres mi amigo.
—Ahora soy algo más que tu amigo... —La corrigió él. Dejó que la imaginación de ella completara esos puntos suspensivos. Inclinó un poco la cabeza hacia adelante. La acción acercó su rostro al vientre de la muchacha—. Soy tu cómplice en el crimen —bromeó al fin y la escuchó suspirar con alivio.
Brett sonrió, quiso preguntarle, ¿por qué?, ¿qué pensaste que diría?, ¿qué quieres que sea en tu vida?
Joyce volvió a cortar. Necesitaba concentrarse en las tijeras, ignorar el calor que emanaba del pecho descubierto de Brett a centímetros de sus manos.
Se movió hacia el otro lado. Para alcanzar la parte trasera, tuvo que inclinarse ligeramente sobre él. El borde de su corpiño rozó el hombro desnudo de Brett.
Él dejó escapar un suspiro lento. Cerró los ojos y recostó la cabeza hacia atrás. Su nuca se apoyó contra el vientre de Joyce.
—Estás tensa —comentó él en un susurro.
—Tengo unas tijeras afiladas cerca de tu yugular. Deberías estar tenso tú.
Brett soltó una carcajada baja, y Joyce sintió la vibración contra su vientre.
—Confío en ti —dijo él. Abrió los ojos a medias y la miró desde abajo. La curva de sus labios formó una sonrisa afilada—. Tú eres la única que parece asustada.
—No estoy asustada.
—Tus manos tiemblan.
Era cierto. Joyce apartó el peine y dejó las tijeras sobre el tocador de madera. Su propia reacción la desconcertaba. No era rechazo. Eso, al menos, empezaba a tenerlo bastante claro.
—Ya terminé —anunció ella con rapidez. La voz le falló un poco.
Brett no se movió de inmediato. Joyce tomó los extremos de la toalla.
Comenzó a sacudir los cabellos sueltos del cuello del vizconde.
Sus yemas rozaron la piel cálida, y durante un instante el contacto le resultó demasiado agradable para apartar las manos.
Sus dedos descendieron por el cuello, barriendo los mechones caídos sobre la clavícula y el pecho descubierto.
Brett levantó una mano y atrapó la muñeca de Joyce antes de que pudiera continuar. Sus largos dedos se cerraron alrededor de ella con una firmeza que contrastaba con la delicadeza del contacto.
El calor de su mano resultaba abrumador.
—Basta —pidió él. Su voz descendió hasta convertirse casi en un ronroneo.
Se puso de pie con lentitud sin soltar el agarre. Al erguirse por completo, su altura volvió a dominarla. La obligó a levantar el mentón para poder mirarle a la cara. La camisa de lino abierta rozó el encaje del vestido de ella.
Estaban demasiado cerca.
Joyce sintió la urgencia de alejarse, no supo por qué. Brett jamás le haría daño de ningún modo. No adrede, al menos, pero… Frente a ella estaba un hombre completamente consciente del efecto que causaba en su «esposa» y si avanzaban por ahí, los dos podrían salir heridos.
Ella tendría que dejarlo ir. Se lo había prometido.
Algún día ese matrimonio ficticio terminaría y Brett sería libre de elegir una esposa de verdad.
Quizá una mujer más joven, se dijo, aferrándose a esa diferencia de edad que siempre le había parecido tan importante.
Con esa esposa tendría los hijos que algún día heredarían Kinloss.
Niños de rizos castaños y ojos color chocolate.
Joyce intentó imaginar esa familia futura de Brett. El problema fue que su mente se detuvo en un detalle bastante anterior a la llegada de los niños… En cómo se concebían.
Y, peor aún, en cómo sería hacerlo con Brett.
Tenía que detenerse. Iba a provocar un incendio si continuaba por esos derroteros. Uno real, no el ficticio que supuestamente había acabado con las sábanas de la alcoba del vizconde.
—Brett... —susurró el nombre.
Él le soltó la muñeca. La acción fue pausada, le costaba romper el contacto.
—Gracias por el corte, Joyce. —Brett retrocedió medio paso. La dejó respirar—. Prepararé el baño.
La tensión en el aire era tan espesa que sofocaba. Brett le dedicó una última mirada cargada de promesas. Luego se giró hacia la tina. Empezó a desabotonar los puños de su camisa.
Joyce dio media vuelta. Salió de la habitación con paso apresurado. Cerró la puerta a sus espaldas. Se apoyó contra ella y se llevó una mano al corazón desbocado.
Su amigo había regresado de China. El problema era que Joyce ya no conseguía verlo solamente de ese modo. Las reglas del juego habían cambiado, y todavía no sabía si eso le parecía una pésima idea o el mejor golpe de suerte de su vida.