Capítulo 17 #3
Tenía una esposa. Una esposa de mentira, sí. Una fecha de caducidad colgaba sobre sus cabezas. Cuando la hermana y la prima se casaran, ellos se divorciarían. Esa era la promesa. Ese era el trato.
Pero hasta entonces, él jugaría sus cartas. No iba a desaprovechar otra oportunidad que el destino, y sus chismosos criados, le estaban sirviendo en bandeja de plata. Iba a usar cada día, cada hora de ese matrimonio falso para ganarse el corazón de Joyce Grigg.
Si algo había aprendido durante aquellos años de negocios era que, en ocasiones, había que estar dispuesto a arriesgarse para conseguir aquello que uno deseaba.
Y Joyce era, con diferencia, lo que más había deseado nunca.
Había límites, por supuesto. No haría nada que ella no quisiera ni intentaría forzarla bajo ninguna circunstancia.
Pero respetar esos límites no significaba quedarse de brazos cruzados y confiarlo todo al azar.
Estrategia, planificación y trabajo duro. En los negocios o en el amor. Ya vería si se le daba tan bien lo segundo como lo primero.
—Bueno —dijo Wilfred. Rompió el silencio con falsa inocencia—. Es una verdadera lástima. No hay camas. No hay agua. No hay cuartos libres.
—Dormiré en el sofá del despacho —ofreció Brett. Quería ver hasta dónde llegaban.
—El tapicero se llevó el sofá esta tarde para cambiarle las muelles —respondió Melissa sin pestañear.
Joyce soltó un bufido de frustración.
—¡Esto es absurdo! —exclamó Joyce.
—Milord, tengo una sugerencia —intervino Wilfred. Se frotó la muñeca «herida» con dramatismo—. Muchos matrimonios modernos comparten alcoba. Es la última moda en París. Usted podría dormir en la habitación de su esposa.
El pasillo se sumió en un silencio mortal.
Joyce se paralizó. Los ojos se le abrieron de par en par. Miró a Wilfred como si el hombre acabara de sugerir prenderle fuego a la casa. Luego miró a Brett.
Ella esperaba que él interviniera. Esperaba que el siempre noble, racional y respetuoso Lord Kinloss rechazara la idea de plano. Brett protegería su virtud. Brett pondría límites. Diría que dormir en el suelo del pasillo era preferible a comprometer la intimidad de su amiga.
Su esposo la miró fijamente. Sus ojos oscuros brillaban con una determinación nueva.
—Me parece una excelente idea —respondió. Su voz sonó firme, clara, sin rastro de duda.
Melissa ahogó un grito de victoria. Wilfred sonrió con satisfacción.
Joyce dejó caer la mandíbula. Parpadeó varias veces. Creyó haber escuchado mal.
—¿Qué? —preguntó Joyce. La voz le tembló.
—Lo que escuchaste. —Brett dio un paso hacia ella. Invadió su espacio personal de una forma que nunca antes se había atrevido a hacer—. Dormiremos en tu habitación. Somos un matrimonio, al fin y al cabo. Hay que mantener las apariencias —agregó en un susurro.
Joyce retrocedió un paso por inercia. Chocó contra la pared del pasillo. El corazón le latía desbocado contra las costillas.
Este no era su Brett. No era el muchacho serio que la seguía en sus locuras para evitar que saliera herida. Ahora era un hombre que, al parecer, estaba dispuesto a proponer las suyas y arrastrarla con él.
¡Alguien tenía que mantener la cabeza fría o ambos acabarían lastimados!, ¿o no?
—Pero... pero mi cama no es tan grande —logró excusarse Joyce. Fue un intento patético de defensa.
—Nos acomodaremos —resolvió Brett. Le dedicó aquella nueva sonrisa socarrona. El hoyuelo hizo su aparición estelar—. Prometo no ocupar mucho espacio, esposa.
Joyce se quedó sin palabras y sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.
El juego había cambiado.
Hasta entonces, siempre había sido quien desafiaba a Brett a seguirla. Pero había algo nuevo en la forma en que él la miraba, una intención apenas disimulada que no necesitaba palabras.
Esta vez era Brett quien lanzaba el desafío.
Y ella ya no estaba tan segura de poder resistirse a seguirlo.
El pasillo quedó atrás. Brett abrió la puerta de la habitación de Joyce y la dejó pasar primero.
El cuarto olía a vainilla, era el perfume preferido de ella.
Combinaba bien con el sándalo, que era su aroma favorito.
Hasta en eso parecían encajar a la perfección.
La gran cama matrimonial dominaba el espacio, intacta y con sábanas limpias.
A un costado, la tina esperaba vacía pero reluciente.
Wilfred apareció un minuto después. Llevaba una toalla blanca sobre el brazo y unas tijeras de plata en la mano sana. Dejó los objetos sobre el tocador. Hizo una pequeña reverencia y se marchó con rapidez.
Joyce se quedó cerca de la puerta. Mantuvo una distancia prudente.
—Podemos esperar —dijo ella. Cruzó los brazos sobre el pecho a modo de escudo—. Dado que es una urgencia inventada, podemos dejarlo para otro día. Si Wilfred tiene la mano incapacitada, el corte de cabello tendrá que ser en otro momento.
Brett negó con la cabeza. Se alejó de la puerta y se paró en el centro de la alcoba.
—No, no necesitamos esperar. —Brett paseó la mirada por el cuarto—. Acá tu tina sí tiene tapón. Tus sábanas están perfectas. Me puedo higienizar sin problemas. Y tú me puedes cortar el pelo, de seguro se te da mejor que a Wilfred.
—¿Yo? —La voz le salió aguda.
—Tú. Confío en tu pulso.
Brett no esperó respuesta. Empezó a desvestirse con una calma exasperante. Se quitó la chaqueta de viaje y la arrojó sobre un sillón cercano. Luego desabrochó su chaleco oscuro y lo dejó junto a la chaqueta.
Joyce apretó los labios. Quiso mirar hacia la ventana, contar las flores del tapizado. No pudo hacerlo. Sus ojos se clavaron en él.
Brett llevó las manos al cuello de su camisa de lino.
Deslizó los botones fuera de los ojales uno por uno.
El lino blanco se abrió. La tela dejó al descubierto un pecho amplio, firme y bronceado.
Joyce notó la línea de vello oscuro que descendía hacia su abdomen.
Vio la clavícula marcada y cómo los músculos de sus brazos se tensaban bajo las mangas holgadas.
La garganta se le secó de golpe.
Brett no se quitó la camisa del todo. La dejó abierta, suelta sobre sus hombros. Tomó asiento en la banqueta del tocador de espaldas al espejo. Separó las piernas y apoyó las manos en las rodillas.
—Acércate —pidió él. Su voz sonó ronca y grave.
Joyce obedeció. Sus pies se movieron por voluntad propia. Tomó la toalla del tocador y la sacudió con un movimiento rápido. Se paró detrás de él y le colocó la tela blanca sobre los hombros. Sus dedos rozaron la piel desnuda de su nuca.
Brett no se inmutó. No bajó la mirada con timidez. Tampoco hizo ningún chiste para aliviar la tensión. Permaneció inmóvil. Se dejó tocar.
Joyce tomó las tijeras de plata y el peine de carey. Las manos le temblaban un poco.
—Si te dejo calvo, será culpa tuya —advirtió ella.
—Correré el riesgo.
Joyce humedeció el cabello con agua de la jofaina y, luego, hundió el peine en los rizos rebeldes.
El cabello de Brett era suave, grueso y abundante, aunque las puntas, castigadas por el largo viaje, se sentían algo más ásperas.Trazó una línea desde la coronilla hasta la nuca.
El roce hizo que un leve estremecimiento le recorriera los dedos.
El silencio invadió la habitación. Solo se escuchaba el chasquido metálico de las tijeras.
El sonido rítmico llenó el vacío. Los mechones castaños cayeron sobre la toalla blanca. Joyce se movió a su alrededor. Necesitaba un mejor ángulo para cortar los laterales. Se paró frente a él, un poco de lado. La proximidad la obligó a rozar la rodilla de Brett con la pesada falda de su vestido.
Brett levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de ella. La mirada del vizconde era intensa, directa y abrasadora.
Joder, cuánto la había extrañado. Joyce tampoco había cambiado en esos meses, la distancia solo había servido para recordarle a Brett que su falsa esposa era la mujer más hermosa que hubiera conocido.