Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 17 #2
62%

Capítulo 17 #2

Joyce conocía aquella voz. La había escuchado cientos de veces y, sin embargo, algo en ella hizo que la percibiera distinta: más grave, más profunda de lo que recordaba. Un escalofrío le recorrió la nuca.

El vizconde saludó a Alice con un asentimiento cortés. Luego le dio una palmada amistosa a Wilfred en el hombro. El ayuda de cámara casi trastabilla por la fuerza del gesto. Finalmente, Brett alzó la vista. Sus ojos se clavaron en la cima de la escalinata.

Joyce seguía allí. Parecía una estatua de sal. Quería moverse. Quería bajar los escalones y saludar a su amigo como siempre lo hacía. Quería burlarse de su cabello largo y desordenado.

No pudo hacer nada de eso. El cerebro le ordenaba avanzar, pero sus pies se negaban a cooperar.

Brett subió los escalones con calma. Cada paso resonaba en la piedra. Se detuvo frente a ella. La miró de arriba abajo. El silencio se estiró entre los dos. Joyce esperó que él se sonrojara, que bajara la vista con timidez, como solía hacer cuando ella lo ponía nervioso.

Brett no bajó la mirada. Tampoco se sonrojó.

Una sonrisa lenta y cargada de picardía se dibujó en sus labios. Le mostró el característico hoyuelo, pero esta vez no tenía nada de infantil.

—Esposa —saludó Brett. Su tono arrastraba una burla cómplice y algo más. Algo que hizo que el estómago de Joyce diera una voltereta.

—Esposo —logró articular ella. Su voz sonó aguda. Carraspeó para aclararse la garganta—. Has vuelto.

—Eso parece. —Brett se inclinó hacia adelante. Atrapó una de las manos de Joyce y depositó un beso en sus nudillos. Sus labios estaban cálidos.

Joyce retiró la mano con rapidez. Sentía que los nudillos le ardían.

—Pasemos al salón —intervino Melissa. La mujer observaba la interacción con ojos de halcón—. Debes estar agotado.

—Un poco —admitió Brett. Ofreció su brazo a Joyce.

Ella lo aceptó con rigidez. Caminaron juntos hacia el interior de la mansión. El aroma de Brett la invadió por completo. Ya no era solo el recuerdo en el despacho. Estaba allí. La situación se le estaba yendo de las manos y Brett apenas llevaba cinco minutos a su lado.

Se sentaron en el salón principal. Alice sirvió el té. Wilfred permaneció de pie junto a la puerta con las manos en la espalda. Parecía un guardia real, pero Joyce sabía que estaba allí para no perderse ni un detalle del chisme.

—Cuéntanos del viaje —pidió Melissa. Se acomodó en su sillón.

—Fue un éxito rotundo —anunció Brett. Se reclinó en el sofá. Cruzó una pierna sobre la otra con absoluta naturalidad—. China es un mundo completamente distinto. Los proveedores de porcelana son negociadores duros, pero conseguimos tratos excelentes.

—¿La fusión de las compañías sigue en pie? —preguntó Joyce. Intentó sonar casual, no mirar cómo la tela de los pantalones se estiraba sobre los muslos del vizconde.

Quizá Brett no hubiese cambiado demasiado durante esos meses. Sin embargo, Joyce tuvo la desconcertante impresión de estar viéndolo de otra manera. Antes podía ignorar ciertos detalles. Ahora parecía incapaz de hacerlo.

Encontrarlo apuesto unos meses atrás parecía ser una simple observación objetiva, algo que una persona comentaría a otra al pasar.

«Oh, sí, además de un título y una fortuna, es guapo.

El candidato perfecto para su sobrina, Lady Suertuda».

Pero ahora no dejaba de asociar esa imagen al rol de esposo.

¿Lo más curioso? Nadie en Londres lo había puesto en dudas o había dicho algo respecto a la juventud de Brett. En general, se hablaba de la edad de ella.

¿Acaso era Joyce la única que lo seguía considerando un niño?

Ya no. Ni siquiera ella lo hacía. ¡Vaya problema! Una cosa era fingir estar casada con Brett cuando solo conseguía verlo como su amigo. Y otra...

—Viento en popa —confirmó Brett. Clavó sus ojos en ella—. Roderick y yo tenemos todo controlado. Monroe Poe según sabemos, sigue en América y renunciará al negocio en Inglaterra. Nuestras líneas de importación dominarán el mercado antes de fin de año.

—Has resultado ser muy bueno en esto —lo alabó Melissa.

—Tuve buenos maestros. —Brett sonrió hacia su tía. Luego se pasó una mano por el cabello largo—. Aunque confieso que el viaje de regreso fue agotador. El polvo del camino desde el puerto se me ha metido hasta en los huesos. Me gustaría tomar un baño antes de la cena.

—Por supuesto —dijo Joyce. Se puso de pie de un salto. Necesitaba distancia. Necesitaba aire—. Hice preparar tu alcoba. Tienes sábanas limpias y la tina lista.

—Y necesito un corte de pelo. —Brett miró a Wilfred—. Wilfred, prepara las tijeras. Parezco un náufrago.

—Enseguida, milord. —El ayuda de cámara hizo una reverencia rápida. Salió del salón a paso apresurado.

Brett se levantó. Se disculpó con las damas y subió las escaleras.

Joyce soltó el aire retenido. Se abanicó el rostro con la mano.

—Hace calor hoy, ¿verdad? —comentó.

Melissa la miró con una ceja arqueada.

—Estamos en octubre, Joyce. Hace frío.

Joyce ignoró el comentario y salió hacia el comedor. Necesitaba revisar la tarta de queso, ocuparse en algo antes de volverse loca.

Arriba, Brett empujó la puerta de su alcoba. Esperaba encontrar el refugio familiar de siempre. En cambio, encontró un desastre.

El colchón de la cama estaba a la vista. No había sábanas. Ni mantas. Ni almohadas. En una esquina de la habitación, la tina de cobre relucía, impecable, pero completamente vacía.

Wilfred estaba de pie junto a la ventana. Miraba el techo con interés fingido.

—Wilfred —llamó Brett. Cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Se puede saber qué pasó con mi cama?

—Oh, un desastre, milord. —Wilfred negó con la cabeza—. Polillas.

Brett frunció el ceño.

—¿Polillas?

—Una plaga terrible. Devoraron el algodón egipcio en cuestión de minutos. Tuvimos que quemar las sábanas por precaución.

—¿Y no hay más sábanas en toda la casa? —inquirió Brett.

—La lavandera tuvo un contratiempo. El jabón estaba defectuoso. Todo quedó manchado. Un drama absoluto.

Brett suspiró. Se frotó el puente de la nariz.

—Bien. Dormiré sobre el colchón. Pero después de tantos días de viaje, necesito un baño. Prepáralo.

—Ese es otro problema, milord. —Wilfred señaló la tina—. No podemos llenarla.

—¿Por qué no? ¿También hay plaga de polillas en el agua?

—No, milord. Desapareció el tapón.

Brett miró la tina. Luego miró a Wilfred.

—¿Desapareció el tapón de bronce? ¿El que pesa medio kilo y está atado con una cadena?

—Sí. Un misterio. Seguro fue un ratón. Los ratones de Londres están cada día más fuertes.

Brett apretó los labios para no reír. Era evidente. Su servicio estaba boicoteando su habitación. Y no necesitaba pensar mucho para adivinar quién era la autora intelectual del crimen.

—De acuerdo. Sin cama y sin baño. —Brett se acercó a un sillón. Se dejó caer en él—. Al menos córtame este cabello. Me pica la nuca.

Wilfred retrocedió un paso. Se agarró la muñeca derecha con la mano izquierda. Su rostro adoptó una máscara de agonía exagerada.

—¡Ay! —gimió—. ¡El dolor!

—¿Y ahora qué te pasa? —preguntó Brett. La paciencia se le estaba agotando, pero la diversión ganaba terreno.

—Me torcí la muñeca esta mañana, milord. Estaba batiendo crema para la tarta de queso. Un movimiento brusco. El doctor dice que no podré usar las tijeras por al menos un mes.

—Bates la crema con mucha violencia, Wilfred.

—Es que la receta exige firmeza, milord. Por eso lo hice yo y no la cocinera.

En ese momento, Melissa y Joyce aparecieron en la puerta. Joyce miró la habitación desierta de sábanas y abrió los ojos con desmesura.

—¿Qué significa esto? —exigió Joyce. Miró a Wilfred con furia—. ¡Yo misma ordené arreglar esta alcoba hace tres horas!

—Fueron los ratones y las polillas, milady —respondió Wilfred. No sonaba arrepentido en lo absoluto.

Brett se levantó del sillón. Se acercó a las dos mujeres.

—No te preocupes, Joyce. —La voz de Brett era suave. Demasiado suave—. No haré un escándalo por esto. Wilfred tiene la mano incapacitada y la casa sufre una invasión bíblica. Simplemente me cambiaré de habitación. Usaré la alcoba de invitados del ala este.

Melissa se aclaró la garganta. Dio un paso al frente y bloqueó el pasillo de forma casual.

—Ese es un problema, querido —dijo la tía. Sonrió con inocencia—. Perdí la llave maestra.

Brett arqueó una ceja.

—¿Perdiste la llave maestra? ¿La que llevas colgada en la cintura desde hace diez años?

—Sí. Un despiste. Y por desgracia, todas las puertas de las habitaciones vacías están cerradas con llave. Por seguridad. Ya sabes, con tantos ratones fuertes sueltos por ahí.

Brett guardó silencio. Miró a Wilfred. Luego miró a su tía. El complot era descarado, ridículo y brillante.

Se volvió hacia Joyce. Ella estaba roja de furia o de vergüenza, Brett no estaba seguro.

Él se inclinó hacia ella. Acortó la distancia hasta que su boca quedó a escasos centímetros de la oreja de su esposa.

—¿Saben? —susurró Brett. Su aliento rozó la piel del cuello de Joyce. Era la única explicación posible, conocía a su tía muy bien. Si ella había decidido intervenir en aquel matrimonio, haría lo que fuera para obligarlos a acercarse.

Ella se estremeció. Su respiración se volvió errática.

—Ellos... ellos no saben la verdad —balbuceó Joyce. Lo miró a los ojos. Había pánico en su mirada—. Que yo sepa, no.

—Lo sospechan —afirmó Brett. Mantuvo la voz baja. Solo para ella.

Brett se enderezó. Observó el rostro confundido de Joyce.

Meses atrás, él habría huido de esta situación.

Habría buscado una excusa para dormir en su club.

Habría puesto un océano de distancia para no enfrentarse al tormento de estar cerca de la mujer que amaba en secreto.

Había viajado a China para olvidar. Había trabajado hasta el cansancio para no pensar en ella.

No había funcionado.

La distancia solo había avivado el fuego. Extrañarla se había convertido en una segunda naturaleza. Y ahora, al verla allí, con ese vestido sencillo, preocupada por él, nerviosa por su presencia, Brett tomó una decisión.

Se acabó el niño que ella se empeñaba en recordar. Se acabó el amigo prudente.