Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

—¿Q ué haremos? —preguntó Melissa en un suspiro. Wilfred y Alice estaban a la par y observaban el ir y venir de Lady Joyce?

—¿Decirle? —propuso Alice.

—Oh, no. No, no. Que él me lo ha dicho a mí en confidencialidad —dijo Wilfred.

—¡Y tú se lo has dicho a todos los criados! —lo reprendió Alice.

—Pero también en confidencialidad.

—Esa no es la definición de confidencialidad, Wilfred.

—Chitón. —Melissa contuvo la sonrisa—. De todas maneras, no es que no nos hayamos dado cuenta ya.

—Yo creo que mi señor lo ha disimulado muy bien —lo defendió Wilfred.

—¿Ah, sí? —A Melissa ya le dolían las mejillas de contener la sonrisa—. ¿En qué parte lo ha disimulado?, ¿en la de ayudar a escapar a Joyce de su boda…?

—En la de casarse con ella —agregó Alice.

—Oh, ya sé, en la de escapar con un «viaje ya organizado» para poner distancia entre su esposa y lo que siente —completó Melissa.

—Bueno, lo de la distancia podía interpretarse como desinterés.

Las dos mujeres lo miraron y Wilfred se rindió a la lógica femenina.

—Tal vez tengamos que decirle y ya —insistió Alice. La mujer había sido la doncella de las Plageman desde que habían llegado a Londres y en esos momentos cumplía ese rol para Melissa y Joyce, era la persona indicada para poner al corriente a la Lady de la casa de la noticia del día.

Del mes.

¡Del año!

«Tu esposo te ama en secreto».

Bueno, tan en secreto no era, porque lo sabían todos los criados del vizcondado, y los vecinos, y posiblemente hasta los animales de corral de esas tierras estaban al tanto de que Brett Grenville llevaba años fascinado con Lady Joyce.

Y que esa fascinación se había tornado cariño, y luego se sumó el deseo, y el cariño con el deseo tuvieron una boda, de la cual nació un bebé llamado: «Estoy tan enamorado de ti que necesito de un par de continentes de por medio para no besarte».

El problema allí era… ¿Existía un problema o esos dos zoquetes se lo habían inventado?

—Creo que Joyce no está lista para afrontarlo aún —dijo Melissa al fin—. Ya saben…

—Piensa que es muy mayor para él —corearon Wilfred y Alice.

Joyce se lo había dicho a Alice en confidencialidad. Aunque no había confesado su atracción o que su cariño fuera mayor que el que demandaba una amistad, sí dejó entrever que Brett sería el esposo ideal «con unos años más».

Como la confidencialidad en el vizcondado de Kinloss era un tema que concernía a todos… tenían una concepción muy amplia del secreto, allí estaban los tres analizando cómo actuar.

Lord Brett arribaría de regreso a Londres en unas horas.

Tras su regreso, podían darse dos escenarios.

El de la tragedia, en el que Joyce y Brett decidían poner fin a la unión y terminaban los dos con el corazón roto, o el preferido por los criados y Melissa, que ya habían vivido tres bodas dichosas, el de vivieron felices para siempre.

—Pide a la cocinera que haga perdices —anunció Melissa y ese fue su veredicto. Los criados complotarían a favor del segundo final. Era hora de que Brett dejara de intentar poner extensiones de agua y tierra entre los dos y que Joyce… que ella viera lo que siempre estuvo delante de sus narices.

Joyce iba de un lado a otro de la mansión. Irradiaba la energía de un general, Alice estaba segura de que en Waterloo habían empleado menos ímpetu.

—¿Están listas las moras para la tarta de queso? —preguntó a una criada que pasaba corriendo con un plumero en la mano—. Puedo ir a recoger más si hace falta.

Melissa, recostada en el marco de la puerta del salón principal, la observaba con los brazos cruzados y una sonrisa que amenazaba con convertirse en una carcajada.

—Melissa, ¿crees que las cortinas del despacho están bien así o las abro un poco más para que entre la luz de la tarde? —inquirió Joyce, con las manos en las caderas y el ceño fruncido en un gesto de absoluta concentración.

—Querida, si abres más las cortinas, vas a desteñir las alfombras —respondió con calma, se aproximó a ella a paso lento—. Relájate. Cualquiera diría que esperas a la Reina Victoria y no a mi sobrino.

—Solo quiero que la casa esté perfecta para su regreso. Ha estado meses en el mar. En China. Rodeado de... de cosas chinas. —Joyce se alisó la falda de forma nerviosa—. Necesita sentir que vuelve a su hogar.

Melissa soltó un suspiro divertido y, con un gesto maternal, le acomodó un rizo rubio que se le había escapado del peinado.

—Ay, los hombres —murmuró con un tono algo socarrón—. Tienen una suerte increíble. Se casan única y exclusivamente para pasar de tener una mujer que los críe a tener una que los malcríe. Y por lo visto, Brett ha dado en el clavo contigo.

—¡Yo no lo estoy malcriando! —El rubor subió por las mejillas de Joyce, traicionero—. Es mi… mi esposo. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que su postre favorito no sea un desastre.

—Por supuesto, querida. La tarta de queso es un asunto de Estado —concedió Melissa, se volvió para ir a inspeccionar que el resto del servicio tuviera el comedor en orden—. Tú encárgate de los postres y de su despacho. Yo me aseguraré del resto.

Se contuvo de guiñar el ojo y reír por lo bajo. El resto era, en efecto, el boicot perfecto. Joyce había ordenado que le prepararan la alcoba principal con sábanas limpias, una tina y perfume de sándalo, su preferido.

Les tocaba ahora arruinar las sábanas, perder el tapón de la tina e… ¿incendiar con el sándalo? Tal vez eso sería ir muy lejos. Ya se les ocurriría.

Sola de nuevo, Joyce dejó salir el aire que no sabía que estaba conteniendo y caminó a paso rápido hacia el despacho de Brett. Era, sin lugar a dudas, la habitación más importante de la casa.

Al cruzar el umbral, el olor a madera pulida, cuero y cera de abejas la envolvió como un abrazo familiar.

Joyce se detuvo en el centro de la estancia y cerró los ojos un instante.

Wilfred le había contado que, cuando Brett era un niño, se refugiaba allí durante horas.

En aquel entonces, el despacho aún olía a su difunto padre; era un santuario de memorias en el que el muchacho buscaba consuelo y presencia.

Pero con el paso del tiempo, Brett había ido apropiándose del espacio.

Había cambiado los tinteros, reorganizado los libros, llenado los cajones de mapas comerciales y documentos.

Sustituyó el aroma del viejo vizconde por el suyo propio: una mezcla limpia de jabón de afeitar, tinta fresca y ese toque a aire libre que siempre parecía acompañarlo a todas partes.

Y ahora... ahora la que se refugiaba allí era ella.

Joyce abrió los ojos y paseó las yemas de los dedos por el borde del escritorio.

Durante los meses que él había estado al otro lado del mundo, ella se había escabullido en aquel despacho infinidad de veces.

Al principio, se decía a sí misma que lo hacía para buscar un libro o un abrecartas.

Luego dejó de mentirse. Iba allí cuando lo extrañaba.

Se sentaba en su silla de cuero y, algunas veces, abría el segundo cajón del escritorio para sacar aquel corbatín que había dejado olvidado antes de partir.

Lo sostenía entre las manos durante unos minutos, deslizaba los dedos por la tela buscando sentirlo cerca para acallar el vacío ensordecedor que había dejado su partida.

Una punzada de pánico, cálida y extrañamente dulce, le atravesó el estómago. Eso no era lo que hacía una simple amiga. Una amiga no contaba los días marcando un calendario en su cabeza. Una amiga no se acurrucaba en la silla de su «esposo de mentira» solo para sentirse envuelta por su aroma.

¿Qué le sucedía? Brett era el primo pequeño de su amiga, el niño serio que se sumaba a sus aventuras de modo protector.

No podía pensarlo de otra manera, ¿verdad?

Ella tenía veinticinco años, era, si no contaba su matrimonio falso, una solterona para la sociedad.

Brett apenas entraba en la edad que ella consideraba apropiada para un candidato.

—¡Lady Joyce! ¡Milady! —El grito ahogado de Alice rompió el silencio de la casa, seguido por el estruendo de pasos apresurados en el vestíbulo—. ¡El carruaje! ¡Acaba de entrar por el portón principal!

El corazón de Joyce se aceleró. Se alisó el vestido con ambas manos, comprobó por puro instinto que no tuviera polvo en los dedos y salió del despacho, olvidando por completo cualquier atisbo de decoro aristocrático.

Llegó a la puerta principal justo en el momento en que los lacayos la abrían de par en par.

El ruido de los cascos de los caballos y el crujir de la gravilla resonaban en el exterior.

Joyce se quedó en lo alto de las escalinatas de piedra, con la respiración entrecortada y las manos apretadas en puños a los costados de la falda para evitar que se notara cómo le temblaban los dedos.

La puerta del carruaje se abrió.

Un zapato de cuero oscuro pisó el estribo. Y luego, Brett descendió.

Joyce dejó de respirar.

Se quedó de piedra. Absolutamente paralizada en el escalón.

El largo viaje parecía haber dejado algunas huellas en él.

Su piel lucía un bronceado dorado que hacía resaltar sus ojos color chocolate de una manera que debería ser considerada ilegal.

Sus rizos rebeldes estaban más largos de lo que dictaba la moda inglesa y algunas puntas parecían haberse aclarado.

La ropa de viaje, aunque de excelente corte, hacía todavía más evidente cuánto había cambiado su cuerpo. Joyce no recordaba aquellos hombros tan anchos ni aquella solidez en el pecho. O quizá sí habían estado allí antes y ella, sencillamente, no los había mirado de aquel modo.

Niñito, desde luego, ya no era. Y tampoco un hombrecito.

Brett Grenville era un hombre… Y era su falso esposo.

Melissa rompió el hechizo. La mujer corrió escaleras abajo con los brazos abiertos.

—¡Tía! —exclamó Brett.

Melissa lo envolvió en un abrazo y él correspondió con la misma fuerza. Hundió por un instante el rostro en su hombro y, cuando se separó, le dejó un beso en la frente.

—Te he extrañado.