Capítulo 16 #4
Aquella vez no había ninguna broma sobre Melissa. Ninguna instrucción para la vizcondesa. Ni siquiera un «esposa» escrito con el tono burlón de las cartas anteriores.
Solo ella.
Joyce permaneció unos segundos contemplando esas palabras.
Después volvió al principio de la carta.
Y comenzó a leerla otra vez... y otra vez... y otra... otra.
Tres meses y nueve días después de su partida.
—Entonces son seis —dijo Joyce.
La señora Fincher consultó sus anotaciones.
—Seis tazas y cuatro platillos, milady.
Joyce sostuvo uno de los platillos frente a ella y examinó la pequeña grieta que atravesaba el borde.
—Cinco platillos. Este tampoco sobrevivirá mucho tiempo.
—Cinco platillos —repitió la señora Fincher, corrigiendo la cifra.
Unos pasos se aproximaron por el corredor. Una doncella apareció en la puerta.
—Milady.
Joyce volvió la cabeza.
—¿Sí?
—Ha llegado un telegrama.
El platillo escapó de sus dedos. Se hizo añicos contra el suelo.
La señora Fincher dio un pequeño respingo.
—¡Milady!
Joyce ni siquiera miró los pedazos de porcelana. Durante una fracción de segundo, no consiguió moverse.
No permitas que esa imaginación tuya invente ninguna catástrofe.
Accidente.
Enfermedad.
Un barco hundido en alta mar.
¡Dios santo!
Melissa apareció en el corredor atraída por el estrépito.
—¿Qué ha ocurrido?
La señora Fincher señaló los restos del platillo. Luego le informó el motivo del incidente:
—Ha llegado un telegrama para Lady Kinloss.
Los ojos de Melissa buscaron los de Joyce.
Ella seguía inmóvil, con la mirada fija en el sobre que la doncella sostenía entre las manos. Al parecer, no estaba dispuesta a descubrir qué pretendía comunicar aquel telegrama.
Melissa se acercó hasta quedar a escasos centímetros de ella.
—Ábrelo —ordenó, alzando la voz.
Joyce pareció reaccionar finalmente. Tomó el sobre, pero sus dedos torpes apenas consiguieron aferrarlo. Intentó rasgar uno de los extremos. No pudo.
—Joyce... —Melissa se lo quitó de las manos—. Yo lo abriré. —Rasgó el sobre y volvió a entregárselo—. Lee.
Joyce leyó en silencio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Melissa, ya tan preocupada como ella—. ¿Es sobre Brett?
Unos segundos después, Joyce soltó todo el aire que parecía haber estado conteniendo.
—Está bien.
Melissa cerró los ojos un instante, como si también ella hubiese elevado una plegaria en esos interminables segundos.
—¡Gracias a Dios!
—Dice que las negociaciones han concluido y que ya han emprendido el viaje de regreso a casa.
—¿Ya vuelve a casa?
Joyce levantó la mirada hacia ella.
—Sí, Melissa. Ya vuelve a casa.
***
¡Vaya susto se había pegado! Por suerte, la infusión de manzanilla había ayudado. Aunque fuese un poco.
Joyce dejó la taza vacía sobre la mesa de noche y contempló la habitación de Brett.
No sabía exactamente por qué había terminado allí.
Podría haber regresado a su alcoba. De hecho, debería haberlo hecho.
Pero después del telegrama, después de esas terribles milésimas de segundo durante las que su imaginación había conseguido hacer todo lo que Brett le había pedido que no hiciera, había sentido la necesidad de entrar allí.
Miró alrededor.
Todo permanecía como él lo había dejado meses atrás. Los libros. Algunos objetos personales. La cama preparada aguardando a un dueño que llevaba demasiado tiempo lejos de ella. Joyce se sentó en el borde.
Había sido absurdo asustarse de esa manera, ¿no? Se llevó una mano al pecho y dejó escapar lentamente el aire.
Por supuesto que tenía que ser un telegrama.
Era mucho más rápido que enviar una carta desde el otro lado del mundo para comunicar que habían emprendido el regreso a casa.
El telegrama no tenía la culpa de que su mente hubiese encontrado tiempo suficiente para hundir barcos, provocar accidentes y matar a Brett de unas seis maneras diferentes antes siquiera de que ella pudiera leerlo.
—Idiota —murmuró.
No estaba segura de si se refería a él o a sí misma.
Apoyó una mano sobre el colchón. Después, la otra. La cama parecía cómoda.
Se inclinó un poco hacia atrás. Solo para descansar.
Había sido un día largo. Muy largo.
Terminó apoyando la cabeza sobre la almohada y respiró profundamente. Sí... Podría jurar que todavía olía a él. A su perfume, a su jabón de afeitar, a ese aroma tan familiar que, de pronto, parecía haberse quedado atrapado entre las sábanas y la almohada.
Cerró los ojos.
Solo un momento, se dijo. Descansaría solo un momento.
—Milady...
Joyce parpadeó.
—Milady...
La voz parecía llegar desde muy lejos. Parpadeó una vez más hasta que sus ojos consiguieron acostumbrarse a la luz.
Alice estaba inclinada sobre ella.
—Buenos días —dijo.
¿Buenos días?
Joyce se incorporó de golpe. La luz de la mañana se colaba por las ventanas.
—¿Qué hago aquí?
Alice sonrió y se encogió de hombros.
—Lo que hace cualquier esposa cuando su marido está lejos, supongo... Extrañarlo.
Joyce abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.
Alice pareció considerar que ya había dicho suficiente.
—Haré preparar su baño, milady.
Joyce volvió a mirar la habitación. Dejó escapar un suspiro.
Quizá Alice tuviera razón.
Había extrañado a Brett... Mucho más de lo que se había propuesto extrañarlo.