Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Joyce descendió los escalones repasando mentalmente todo lo que había hecho colocar en el carruaje.

—Las cestas con pan, harina y conservas están dentro. También las mantas, las prendas de abrigo y el jabón.

—¿Los vendajes?

—También.

—¿Y los ungüentos que envió el boticario?

—En una caja aparte para que el vicario pueda entregarlos a quienes los necesiten.

Melissa asintió, satisfecha.

—Entonces creo que podemos marcharnos.

Joyce, que estaba a punto de subir al carruaje, vio aproximarse a un hombre por el camino. Era el repartidor del correo.

Sus pasos se detuvieron al instante, solo para cambiar de dirección y encaminarse hacia él.

—¿Joyce? —la llamó Melissa, sorprendida.

—Un momento —respondió ella con un gesto de la mano.

—Ya vamos tarde.

—Solo será un momento.

El hombre del correo apenas había llegado frente a la casa cuando Joyce lo interceptó.

—¿Correspondencia para Kinloss?

—Sí, milady.

Ni siquiera le permitió comenzar a separarla. Tomó el pequeño montón que le ofrecía y empezó a revisar los sobres.

Uno.

Otro.

Una invitación.

Una carta dirigida a Melissa.

Correspondencia comercial para Brett que tendría que quedar a cargo del administrador.

Otra invitación.

Nada.

Joyce volvió a pasar los sobres entre los dedos.

—Lady Joyce —la llamó Melissa desde el carruaje—, por favor. El vicario terminará creyendo que hemos decidido ayudar a los necesitados el próximo invierno.

—Sí, sí. Ya voy.

Conservó la correspondencia entre las manos y regresó junto a ella. No tenía sentido volver a entrar en la casa para dejarla. Ya se ocuparía de repartirla cuando regresaran.

Subió al carruaje y se sentó frente a Melissa.

—Podemos marcharnos.

Melissa dio dos golpes suaves en el techo con el mango de su sombrilla. El carruaje se puso en movimiento.

—No había carta de Brett, ¿verdad?

Joyce levantó la mirada. El brillo chispeante de unos segundos atrás ya no estaba.

—No —respondió, con un deje de tristeza que intentó disimular. Acomodó los sobres sobre su regazo—. Ha pasado bastante tiempo desde la última. Pensé que quizá llegaría otra, pero no.

—Tu esposo está viajando al otro lado del mundo. No puede enviarte una carta cada semana.

Joyce pasó distraídamente los dedos por los sobres.

Tu esposo.

Resultaba curioso. Semanas atrás, esas palabras todavía le habrían sonado como algo prestado, parte de una mentira que ambos habían acordado sostener durante un tiempo.

Ahora no le resultaban tan extrañas.

—Lo sé —respondió finalmente.

Volvió la mirada hacia la ventanilla y contempló el paisaje durante el resto del camino.

Dos meses y dieciocho días después de su partida.

Dos meses, dieciocho días, once horas y cincuenta minutos, para ser más exactos.

Y, posiblemente, treinta y un segundos.

Aunque Joyce no estaba contando.

¡Claro que no!

El jardín de invierno era uno de los rincones más agradables de Kinloss.

Incluso cuando el frío comenzaba a hacerse sentir en el exterior, los grandes ventanales conservaban el calor y permitían que helechos, pequeñas palmeras y algunas plantas de flor decorativa aportaran color al lugar.

Sin embargo, Lady Tracie Kensington parecía mucho más interesada en lo que había sobre la mesa: scones, pequeños pasteles, macarones, conservas y una tetera humeante ocupaban toda la superficie.

—Así da gusto realizar visitas —declaró, contemplando el despliegue—. Te agradezco las atenciones. Quizá sea la última que pueda hacer durante un tiempo.

—¿Hayden ha decidido encerrarte?

—Todavía no. Pero deja que esto crezca un par de centímetros más. —Tracie señaló su vientre—. Pronto mi marido decidirá que ha llegado el momento de tomar el control de mí y de mi barriga.

—Por eso te he recibido con todos los honores.

—Qué considerada. —Tracie cogió un pequeño pastel—. Por fin alguien comprende mis necesidades.

Unos pasos apresurados interrumpieron la conversación.

Alice apareció en la entrada del jardín de invierno casi al trote. Se detuvo junto a la puerta y trató de recuperar el aliento.

Tracie dejó el pastel sobre el plato.

—¡Dios santo! ¿Te encuentras bien? ¿Ha sucedido algo?

—Ha llegado...

Joyce se incorporó y fue hacia ella.

—¿Joyce? —Tracie volvió la cabeza cuando pasó a su lado.

—...la correspondencia —consiguió terminar Alice—. Hay una carta de Lord Kinloss.

Para cuando Alice terminó de hablar, Joyce ya había atravesado la puerta.

La doncella hizo una rápida reverencia a Tracie y salió tras ella. El silencio se instaló en el jardín de invierno.

Tracie contempló la puerta. Después, la mesa repleta de dulces.

—Así que era eso... —Tomó nuevamente su pastel—. Quién iba a pensar que llegaría el día en que un esposo tendría más importancia que una amiga.

Miró la tetera.

—¿Quieres más té, Tracie?

Se respondió a sí misma:

—Sí, gracias. Y ya que insistes, también tomaré otro pastel.

Se sirvió en el plato un pequeño pastel de fresas.

—Eres una anfitriona excelente, Joyce.

La carta era más larga que las anteriores.

Joyce había buscado la privacidad del despacho para leerla. Se acomodó en la silla de Brett, desplegó las hojas sobre el escritorio y comenzó por el lugar y la fecha escritos en la parte superior.

« Hong Kong » .

Habían llegado sin contratiempos y las primeras reuniones con los posibles socios comerciales habían resultado más prometedoras de lo esperado.

Todavía quedaban condiciones que discutir, acuerdos que revisar y demasiadas conversaciones que, según Brett, parecían necesitar tres horas para resolver asuntos que cualquier persona razonable podría despachar en treinta minutos.

Joyce sonrió y continuó leyendo.

Hace dos noches no tuvimos más alternativa que asistir a una reunión social organizada por uno de los comerciantes con los que estamos negociando.

Te habría resultado fascinante. Había personas llegadas de distintos lugares de China y también comerciantes y familias procedentes de otros puntos de Asia y de Europa.

Las mujeres llevaban vestidos, colores y adornos muy diferentes de los que acostumbramos a ver en Londres.

Creo que habrías pasado la mitad de la velada observándolos y la otra mitad haciéndome preguntas que yo habría sido incapaz de responder.

La sonrisa de Joyce se detuvo apenas.

¿Mujeres?

Mujeres jóvenes, quizá.

Joyce levantó la vista y encontró su propio reflejo en el espejo situado al otro lado del despacho.

Sus rasgos eran agradables, pero no había nada extraordinario ni exótico en ellos.

Frunció el ceño.

¡Qué pensamiento tan absurdo!

Brett podía conocer a cuantas mujeres quisiera. De hecho, tarde o temprano tendría que hacerlo. Su matrimonio no era más que una solución temporal y ambos habían dejado las condiciones bien claras desde el principio. Si él conocía a una mujer de la que pudiera enamorarse...

Joyce volvió la mirada hacia la carta. No supo por qué esa posibilidad acababa de estropearle un poco la tarde.

Continuó leyendo.

La comida también te habría interesado, aunque sospecho que habrías mirado algunos platos durante un buen rato antes de atreverte a probarlos. Yo lo hice. Puedes burlarte cuando regrese.

Los labios de Joyce volvieron a curvarse.

Si todo continúa como hasta ahora, espero que podamos concluir las negociaciones en una semana, quizá diez días, y comenzar entonces el regreso.

No estoy seguro de que tenga demasiado sentido escribirte otra vez.

Para cuando una nueva carta consiguiera llegar hasta Kinloss, nosotros ya llevaríamos bastante camino recorrido en dirección contraria.

Joyce enderezó la espalda. ¡Volvía a casa!

Así que, si no recibes más noticias mías durante un tiempo, no permitas que esa imaginación tuya invente ninguna catástrofe. Estaré viajando.

Hizo una pausa antes de continuar.

Espero que estés a gusto en Kinloss, Joyce.